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– ¿Henry Morgan? -preguntó el director-. ¿Henry Morgan? ¿A mediados de mayo, dice? -continuó, al parecer hojeando una agenda con la programación.

– Lamentablemente no recuerdo la fecha exacta. Pero la actuación se programó hace bastante tiempo…

– ¿Henry Morgan? -repitió el director-. Nunca he oído hablar de ningún Henry Morgan. Vamos a ver… mediados de mayo. Representación del ballet ruso… el doce y el trece… Alumnos de la Escuela Nacional de Arte Dramático… el quince… Ópera bufa… el dieciocho… ¿Por casualidad no formará parte del elenco de la ópera bufa?

– ¿Ópera bufa? No, que yo sepa…

– Mmm… bueno, veamos. Diecinueve… veinte… veintiuno… Representación benéfica por el aniversario del Höstsol… Veinticinco… -prosiguió el director de programación enérgicamente, enumerando los espectáculos previstos sin encontrar a ningún Henry Morgan.

– Creo que era un miércoles -dije algo confuso.

– Un miércoles, dice… No, aquí no aparece ningún Henry Morgan, y si estuviera programado ya lo habría encontrado. ¿Está completamente seguro de que era en el teatro Södra? Hay muchos teatros en la ciudad -añadió, como si yo fuera idiota.

Colgué sin despedirme, sin siquiera darle las gracias por su ayuda. Me he sentido estafado y engañado muchas veces, pero aquella fue la peor.

El fuego de la estufa proyectaba su vacilante luz en la penumbra de la habitación donde estaba la vieja cama de Göring, los grabados de cobre con motivos de varias obras de Shakespeare, las fotografías de mis familiares y una en la que estamos Henry, Leo y yo en la calle, y que ahora parecía pertenecer a un pasado remoto, así como otros objetos que de repente se me antojaban terriblemente extraños, como si los acabara de encontrar por ahí.

Hoja tras hoja, página a página, fui introduciéndolas en la estufa, y prendían bastante bien. La habitación roja ardía resplandeciente. Lo quemé todo, el esfuerzo y la dedicación de todo un invierno, como si estuviera sumido en un trance o en una especie de estupor, muy consciente de lo que estaba haciendo pero sintiéndome totalmente ajeno.

La habitación roja ardía resplandeciente, y de vez en cuando interrumpía mi actividad pirómana para salir al recibidor y mirarme en el espejo. Quería que me viera alguien, no importaba quién, yo mismo o cualquiera. Después regresaba y continuaba metiendo en la estufa hoja tras hoja, página a página, en perfecto orden secuencial. Ya no significaban nada para mí.

El editor Franzén no pareció muy sorprendido cuando lo llamé para decirle que no habría libro. La habitación roja había ardido hasta convertirse en cenizas. Si quería podía entregarle un saco de cenizas. Pero no quiso. Me dijo que haría correr el rumor de que me había vuelto loco, y le contesté que adelante. También dijo que me enviaría un contrato de cancelación de proyecto y que no quería volver a verme en la vida. Luego, de forma muy clara y directa, me mandó a la mierda.

La idea se había estado fraguando durante mucho tiempo en algún lugar recóndito de mi maltrecha cabeza, y por fin iba a hacerse realidad: iba a erigir un monumento a los hermanos Morgan.

Fuera soplaba un viento cálido y húmedo. La primavera había llegado al otro lado de los gruesos cortinajes que cubrían hasta los más pequeños resquicios del apartamento. En el transcurso de un solo día demostré una extremada eficacia y una gran frialdad en la planificación de mi gesta.

Fui al hospital de Söder a que me quitaran los dos puntos de la cabeza, intentando comportarme como un convaleciente normal. Después recibí algo más de mil coronas de la Seguridad Social y me acerqué a la tienda más cercana a comprar latas de comida como para una guerra corta: raviolis, albóndigas, salchichitas Bullen, hojas de col rellenas, sopa de guisantes, verduras, patatas y otras provisiones envasadas. Lo llevé todo al apartamento y guardé cada cosa en su sitio. Luego bajé a Muebles Man para seguir contándoles mentiras a Greger y Birger. Les dije que Henry me había llamado. Pensaba estar fuera todo el verano; después regresaría y todo seguiría como antes. Lo que teníamos que hacer era continuar excavando en la gruta de Greger según el camino que indicaba el mapa. Teníamos su bendición. Greger, Birger, el Botella, el Lobo Larsson y el Filatélico parecieron muy conformes con la noticia, y me marché de allí con el honor intacto, según lo planeado.

Luego fui a ver al Estanquero. Con aquel zorro resultaría más difícil.

– Bonita gorra -me dijo al verme, mientras la mujerona de detrás del mostrador me dedicaba su sonrisa más seductora-. Se han puesto muy de moda. Nidos de cuco las llaman, ¿verdad? Pero no parecen muy apropiadas con este calor, je, je.

– No creas -dije-, qué va.

– Bueno, bueno. ¿Y dónde se ha metido Morgan? Hace tiempo que no lo vemos por aquí.

– Está fuera. Ha vuelto a marcharse de viaje.

– Vaya, vaya… ¿Y adónde ha ido esta vez?

– De vuelta a París. París y Londres.

– Ah, ya veo… Allí está como pez en el agua -dijo el Estanquero entornando los ojos y dirigiéndome una sonrisa recelosa y repulsiva.

De pronto cambió totalmente de registro y dijo en tono serio y afectado:

– Una lástima lo de Leo…

– ¿El qué?

– Que tuvieran que encerrarlo otra vez -dijo el Estanquero trazando círculos con el índice en su sien-. Que no lograra salirse…

– Así son las cosas -repuse escuetamente-. En fin, quiero cinco cartones de Camel, sin filtro.

– Cinco cartones de Camel -repitió mecánicamente el Estanquero como si fuera algo muy normal-. ¡Cinco cartones!

– Eso es. Cinco cartones.

El Estanquero le hizo un guiño a la mujerona, que se apresuró a meterse en el almacén con su vestido largo y muy escotado. Regresó enseguida con los cinco cartones y el Estanquero me dirigió una mirada desconfiada.

No le di ningún tipo de explicación. Pagué los cinco cartones, sin filtro, le di las gracias y me marché. El Estanquero se quedó cabeceando, y estoy seguro de que en cuanto salí volvió a trazar círculos con el índice en la sien y empezó a correr el rumor de que me había vuelto loco y de que iba a fumar hasta matarme.

Pasó el tiempo, y los días se sucedieron sin apenas distinguirse entre sí, perdiendo sus contornos; basura y platos sucios se amontonaban en la cocina en pilas repugnantes, mohosas y pestilentes; el recibidor estaba inundado de periódicos matutinos sin leer y sin tocar; y, debajo de la gorra inglesa, el pelo me había crecido hasta alcanzar una longitud decente.

Me puse manos a la obra con el frenesí y la precisión que solo un monomaníaco primero traicionado, luego agredido y finalmente rapado puede alcanzar. Había cerrado y parapetado la puerta de entrada, había corrido todas las cortinas en el apartamento ya de por sí pobremente iluminado, había desconectado el teléfono y me había aislado del mundo en la biblioteca de la calle Horn en la ciudad de Estocolmo, a mediados de mayo del Año Internacional del Niño y de las elecciones de 1979.

Pude despejar el escritorio sin dificultad. Todo lo relacionado con mi ingenuo y moderno pastiche de La habitación roja había sido pasto de las llamas. Los libros y demás papeles garabateados los apilé en el suelo para quedarme sobre la mesa únicamente con mis talismanes: un cráneo de zorro que encontré en el bosque, el caparazón de un cangrejo que me dieron unos pescadores en las islas Lofoten, algunas rocas y un cenicero en forma de sátiro con la boca abierta, por donde se tiraba la ceniza. Necesitaba aquellos objetos para no perder el contacto con mi propio ser.