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Después me puse a trabajar como si estuviera poseído, al menos unas veinte horas al día con ocasionales pausas para comer y descansar. Me fumé prácticamente los cinco cartones de Camel sin filtro, sin ningún remordimiento.

Narré todo lo que sabía y había logrado averiguar acerca de los hermanos Henry y Leo Morgan porque sentía que era mi deber hacerlo. Se puede decir que pertenezco a una generación que tiene un concepto bastante inapropiado del sentido del deber: es una noción tan terriblemente abstracta que debe aplicarse casi siempre al ámbito individual y privado para que sea tangible y comprensible. Como mucho, una persona puede cumplir su deber para consigo mismo. Pero, en este caso, sentía que era un deber imperioso y absoluto explicar la verdad sobre Henry y Leo Morgan. Tal vez fuera también una especie de terapia para poder seguir adelante, la única manera que tenía de soportar toda aquella espera y angustia, signos inequívocos de nuestro tiempo.

Ahora no sé más de lo que ya he narrado, quizá incluso menos, ya que a veces me he visto obligado a extrapolar y a recurrir a la imaginación para intentar rellenar algunas lagunas narrativas. El resultado de mis esfuerzos han sido más de seiscientas páginas que están sobre el escritorio de la biblioteca. Nadie me había molestado, el resto del mundo había desaparecido, las palabras simplemente brotaron y los hermanos tenían ya el monumento que merecían. Ahora ya no importaba lo que ocurriera: eran invulnerables.

Ahora ya estaba totalmente preparado para leer cualquier día en los periódicos algo relacionado con Henry y Leo Morgan. Algo como que los cuerpos de dos hombres de treinta y cinco y treinta años, respectivamente, habían sido encontrados en la cuneta de alguna carretera del país; o que los cadáveres desfigurados de dos individuos de sexo masculino, imposibles de identificar, habían emergido tras el deshielo de algún maldito riachuelo en algún rincón de Suecia. O tal vez el Estanquero, que se leía todas las publicaciones semanales de cabo a rabo, irrumpiera agitando una revista con un amplio reportaje en el que Henry el idiota explicara ingenuamente sus múltiples aventuras en los bajos fondos desde la seguridad que le brindaba una remota isla del Caribe. Siempre había deseado ir allí, y ahora por fin lo habría logrado gracias a las ingentes cantidades de dinero que había obtenido por vías poco convencionales.

Pero también era probable que hubiera escrito todo aquello en razón de otra posibilidad: la de que ambos se encontraran en serios apuros y Henry se hubiera visto obligado a utilizar aquel viejo fusil. Quizá había hecho por fin lo que siempre había querido hacer contra la ilimitada Maldad que tenía a Leo preso en sus garras. Quizá todo esto fuera un discurso en defensa de un crimen que ya se había cometido, que iba a cometerse o que simplemente debería haberse cometido. No lo sabía a ciencia cierta, pero existía la posibilidad de que tuviera que presentar ante un tribunal mis más de seiscientas páginas como un plaidoyer d’un fou et son frère, un testimonio de la defensa de los hermanos Henry y Leo Morgan, porque era más que probable que debieran rendir cuentas ante algún tipo de jurado.

Así estaban las cosas el día en que, incapaz de saber en qué fecha vivía, tuve que rebuscar entre los periódicos amontonados para averiguar cuál había sido el último en llegar. En el diario me enteré de que faltaba poco para el solsticio de verano y que Suecia estaba sufriendo los efectos de una ola de calor. Pero todo aquello me traía sin cuidado.

De pronto, llamaron a la puerta. Aquel maldito timbrazo rompió el denso y compacto silencio que había reinado en la casa durante más de un mes. Al oírlo, un estremecimiento recorrió mi espina dorsal.

La puerta de la entrada estaba parapetada con un pesado armario de caoba, y no lograba entender como había tenido fuerzas para arrastrarlo hasta allí. A través de la barricada y la puerta cerrada, grité preguntando quién era. Mi voz sonó rota y quejumbrosa después de tanto tiempo sin ser utilizada.

– Lavandería, lavandería Egon… -se oyó en el rellano.

Haciendo acopio de todas mis fuerzas y de algunas más, conseguí retirar el armario de caoba para poder abrir la puerta. El chico de la lavandería dio un respingo cuando vio aparecer mi cabeza con la gorra puesta, y me dirigió una mirada larga y recelosa, como si nunca nos hubiéramos visto. Tampoco hablamos mucho. Metí la caja en el recibidor, fui a buscar dinero y le pagué. Acepté titubeante el bolígrafo que me ofrecía para firmar el albarán, y lo sostuve apoyado contra la puerta. En ese momento no estaba seguro de qué nombre debía escribir. Finalmente acudió a mi mente mi propio nombre y sentí como si lo hubiese recuperado. Lo garabateé y me despedí del recadero.

En cuanto cerré la puerta, me detuve frente al espejo dorado de cuerpo entero del recibidor para examinar mi aspecto. Hacía mucho que no me afeitaba, y nunca había tenido una barba tan espesa. Tal vez el golpe hubiera alterado mi equilibrio hormonal; quizá estuviera haciéndome por fin más hombre, más maduro.

Para entonces el cabello ya me había crecido lo bastante como para deshacerme de la gorra, que lancé sobre el estante de los sombreros. La cara se me veía completamente demacrada bajo aquella barba, y además sufría unos ridículos espasmos, como tics, debajo de los ojos. Las sacudidas eran constantes, aunque tan leves que resultaban casi imperceptibles. Aun así, me parecía que los tics desfiguraban todo mi rostro, y eso me irritaba. Pero seguramente aquel era el precio que debía pagar por todo aquel asunto, un defecto que debía aprender a soportar. Tal vez los espasmos tuvieran el grado justo de exasperación y me darían un aire más interesante, más experimentado y maduro. Era el tipo de cosas que las mujeres solían apreciar.

Tras el examen general de mi estado físico en el espejo del recibidor, fui al baño, me quité el apestoso mono azul y me metí en la ducha. Después me afeité con dedicación casi devota, sintiéndome liberado, iluminado y bautizado.

A continuación me dirigí hacia el ropero para ponerme ropa limpia y decente. Encontré una camisa en la caja de la lavandería. Era de finas rayas azules y blancas, con las iniciales W.S. bordadas por dentro bajo la etiqueta del fabricante. Me quedaba perfecta. Extrañamente, en aquel período mi cuello también parecía haberse hecho más grueso y recio. Nunca había tenido esa talla de cuello. Como no tenía ninguna corbata a juego con la camisa, fui a la habitación de Henry y abrí su armario. Encontré una corbata fina de color burdeos que quedaba muy bien sobre la pechera de la camisa, debajo de la cual mi corazón libraba una batalla bastante más dura de lo habitual.

Para mí ya no quedaba más que un profundo silencio y una larga espera, o eso es lo que creía. Mi principal interés volvió a centrarse en el espejo dorado con querubines de la entrada. Podía pasarme horas examinando mi propia imagen, tratando de averiguar lo que había ocurrido. Mi pelo había recuperado su aspecto habitual, mis mejillas se veían hundidas, aunque dentro de los límites de lo aceptable, mi piel estaba muy pálida y cetrina, y seguía teniendo aquellos tics bajo los ojos.

Pronto cumpliría veinticinco años, había pasado un cuarto de siglo en esta tierra y tal vez permaneciera otro cuarto de siglo más. Parecía mucho tiempo, pero yo no lo sentía de ese modo. Era como si no hubiera aprendido nada durante todo ese período, nada durante estos veinticinco dramáticos años entre la guerra fría de los cincuenta y la revolución iraní de los setenta. Todavía me sentía ignorante e inexperto, aunque la imagen del espejo se empeñara en afirmar algo completamente distinto. Mostraba a un joven delgado de mirada algo estrábica que parecía haber atravesado el fuego aunque sin llegar a quemarse.

Practicaba anudándome la corbata una y otra vez, intentando aprender a hacer un nudo Windsor impecable como el que solía hacer Henry Morgan. Pensé que estaba haciendo progresos y que mi aspecto iba adecentándose. Me parecía lujoso y refinado ir todo el día vestido con traje y corbata sin tener nada que hacer. Fingía no darme cuenta de que estaba a punto de desmoronarme, de enfermar gravemente. Pero si me derrumbaba sería con dignidad; es algo que hubiera aprobado Henry Morgan.