No había pasado ni siquiera un año desde que conocí a Henry, y a Leo apenas seis meses. Todo había ocurrido tan rápido que sentía como si hubiéramos sido hermanos toda la vida. Un simple y miserable año, pensé. Hacía justo un año yo era una persona completamente distinta, mucho más joven, mucho más ingenuo y notablemente más crédulo. Había aceptado aquel trabajo en el campo de golf que me había conseguido mi amigo Errol Hansen, de la embajada danesa. Había pasado todo un verano montado sobre diversas máquinas cortacésped y tractores, y por las noches alternaba con el barman Rocks en el bar del club de campo. Me había embarcado en grandes proyectos que eran tan dignos como ampulosos, al igual que cualquier joven y airado agitador literario. Pero me vi obligado a reconocer con amargura que el arte y la historia podrían sobrevivir perfectamente sin mí.
Cuando más tarde conocí al editor Franzén, consiguió convencerme de lo contrario. Me aseguró que tenía un gran talento como escritor satírico y me encargó la elaboración de un gran pastiche basado en La habitación roja de Strindberg, con motivo del centenario de la publicación de la novela. Mi obra también había atravesado el fuego, pero había quedado reducida a cenizas. Parecía que había sido ayer, aquella noche de finales de verano junto a la piscina del campo de golf cuando el editor Franzén y yo llegamos a un acuerdo tomando unas copas. Estuvimos trazando grandes planes de futuro mientras contemplábamos al magnate Wilhelm Sterner, el secreto benefactor del club de campo -Non videre sed esse-, que luciendo su impecable traje de verano surcaba el espacio de la gran fiesta como una especie de zepelín irreal, sin contacto con el suelo. A su lado, en la sombra, la cortesana Maud mostraba una soberana indiferencia. Nunca tuve la oportunidad de examinarla más de cerca.
Y luego empezó mi gran desgracia: robaron en mi apartamento. Durante el concierto de Bob Dylan en Gotemburgo, los ladrones aprovecharon para llevarse prácticamente todas mis pertenencias, excepto mis dos máquinas de escribir y algunos objetos de escaso valor. Y a partir de ahí empezó todo. Fui al Club Atlético Europa para desfogarme y quitarme la depresión boxeando, y allí conocí al fabuloso Henry Morgan y me mudé a su apartamento en la calle Horn. Apenas un año más tarde me encontraba envuelto en una gran tragedia, un escándalo de gran alcance. Había pagado un precio muy alto: había desarrollado extrañas manías, sufría espasmos bajo los ojos y había escrito una especie de testamento de más de seiscientas páginas mecanografiadas con el que intentaba desagraviar a los hermanos Morgan y erigir un monumento a la Verdad. Aquello se había convertido en una bomba, y permitir que saliera a la luz equivaldría a cometer un suicidio público.
El secreto permanecería sin duda encerrado entre las lúgubres paredes de este enorme apartamento, al menos de momento. Por mi parte, solo quedaba un profundo silencio y una larga espera, o eso pensaba yo.
La espera resultó no ser tan larga, fuera lo que fuese lo que estaba esperando. Me encontraba frente al espejo con querubines, examinando los tics debajo de mis ojos, cuando sonó el timbre. Me recorrió un escalofrío. A través de la barricada y de la puerta cerrada, grité preguntando quién era. No hubo respuesta, así que arrastré un poco el enorme armario de caoba para ver el rellano a través de las puertas acristaladas. Parecía tratarse de una mujer, así que me aventuré a abrir sin ir armado.
En ese momento se produjo uno de esos silencios largos y eternos, en los que te da tiempo de pensar en muchas cosas: formular tus últimos deseos en verso, contar hasta diez mil o comerte todas las uñas, si es lo que quieres. Yo me quedé en el umbral, agarrando el pomo de la puerta. Ella estaba quieta en el rellano, sin decir nada.
Supe al momento quién era ella, y ella supo al momento quién era yo. La odiaba, y se me ocurrió que debería matarla. Hubiera sido la única venganza justa. Pero la muerte era imposible. Me bastó con una simple mirada superficial para entender que aquella mujer era absolutamente invulnerable. No importaba cuánto pudieras odiarla, tenías que estar dispuesto a perdonarla y nunca te atreverías a tocar un pelo de su resplandeciente cabellera.
Seguía teniendo el mismo aspecto con que la recordaba, una hembra de bandera ya algo madura a la que había visto de lejos en el club de campo y en un par de fotografías muy gastadas que Henry llevaba siempre en la cartera. Realmente había algo en su aspecto que le daba un aire oriental. Con toda probabilidad era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Llevaba sus cuarenta años con la elegancia madura que haría a un rey renunciar a su trono. Su larga melena de color castaño, con algunas mechas más claras, el arco de las cejas, la nariz, la boca, la barbilla: todos sus rasgos parecían haber sido esbozados por un Dios y Creador en un momento de suprema inspiración. Aquel era Su homenaje a la humanidad. El traje negro con dos cerezas rojas realzaba su intenso bronceado, bastante inusual en aquella época del año, sin por ello resultar vulgar o exagerado. Había en sus ojos un brillo de desazón, de ardor y pasión reprimidos, que confería a su perfección una humanidad delicada y conmovedora. Olía a pachuli, y su aspecto resultaba tan equilibrado y elegante como requería su papel. Los zapatos y el bolso lucían el anagrama de un diseñador de fama mundial, y era evidente que en el vestuario de aquella citoyenne du monde solo había diseños exclusivos adquiridos en los lugares pertinentes. Se la veía familiarizada con las grandes metrópolis del mundo, ya que prácticamente había crecido en las embajadas de Nueva York, Londres, París, Viena, Munich, Tokio, Yakarta, etcétera.
Es probable que estuviéramos varios minutos en la puerta observándonos en completo silencio, como dos pesos pesados sobre la báscula antes del combate, evaluando el menor movimiento del adversario. Pero allí no iba a librarse ningún combate, al menos entre nosotros. Nadie se atrevería nunca a tocar un solo cabello de aquella melena. Yo ya estaba completamente perdido, noqueado.
Fue ella la primera en hablar, rompiendo el tenso silencio.
– Tú debes de ser Klas -dijo con voz profunda, probablemente de contralto.
– Así es. Y tú debes de ser Maud.
Le di la mano y noté la suya algo flácida y húmeda. Por lo visto, estaba nerviosa.
– No podemos quedarnos aquí todo el día. ¿Quieres pasar?
– Si no molesto…
– ¿Cómo ibas a molestarme?
– Pensé que podrías estar trabajando. Como eres escritor…
– En este momento no. Ahora mismo no tengo trabajo.
– Parece como si te dispusieras a celebrar algo especial, vestido con ese traje. ¡Oh… así que este es el lugar!
– ¿Es que no habías estado aquí antes?
– Nunca -dijo Maud-. Henry quería guardárselo para sí mismo.
El perfume de Maud desprendió su fragante aroma por el vestíbulo, lleno de basura y realmente apestoso.
– ¿Tenías miedo? -preguntó Maud, señalando con la cabeza el imponente armario de caoba que hacía de barricada en la puerta de entrada.
– ¿Miedo? Oh, solo estaba limpiando, como puedes ver…
– ¿Te importaría enseñarme la casa? Siempre he tenido curiosidad por saber cómo es.
La conduje hacia el oscuro salón y de pronto me encontré hablando como un poseso, como una especie de maníaco o un vigilante de museo bajo el efecto de las drogas, sin pensar realmente en lo que decía. No había hablado con nadie desde hacía más de un mes, y Maud escuchaba educadamente. Pasamos por el salón con las butacas, el mobiliario Chippendale que el viejo Morgonstjärna le ganó al póquer a Ernst Rolf en los años treinta, la chimenea con la pareja de esculturas de la Verdad y la Mentira, las alfombras persas, las lámparas con pantallas agrietadas y largos flecos ondulantes, la mesita de ajedrez de Leo, el cenicero con pie, las mesas con el sobre de mármol africano giallo antico, las palmeras en sus pedestales y todo cuanto llenaba la estancia confiriéndole cierta cualidad de museo.