En la tienda del Estanquero también trabajaba una ayudante muy interesante. Era una mujerona de muy buen ver, de unos treinta y cinco años, y cuando menos tan elegante como él. Llevaba vestido largo, una gruesa capa de maquillaje, rímel y lápiz de labios rojo pasión. Por lo que yo sabía, nunca le había dirigido la palabra a un cliente, y nadie tenía claro si estaba permitido dirigirle la palabra a ella. En cualquier caso, escuchaba lo que se decía en la tienda y salía disparada como un rayo hacia el almacén en cuanto faltaba algo. Fruncía los labios cuando te veía triste. No cabía duda de que su misión principal era básicamente estar impresionante. Y tal vez también la de dirigir los pensamientos de los clientes hacia el completísimo surtido de revistas pornográficas y eróticas, desde El Marqués hasta Amor 1 y demás, que el Estanquero tenía en venta. Así pues, había bastantes motivos para mantenerse alejado del estanco, a no ser que tuvieras un gran sentido de la curiosidad o fueras muy aficionado a los cotilleos. Por desgracia, yo nunca he sido de ese tipo de personas.
Evidentemente, el Estanquero me tenía al tanto de todo lo que ocurría en el vecindario.
– Puedo ver -dijo confidencialmente inclinándose sobre el mostrador- que eres un muchacho cabal. No creo que Morgan dejara vivir en su casa a cualquiera. Es un auténtico caballero. Pero esos túneles… Atraen a un montón de… bueno, ya sabes, gente rara, no sé si me entiendes.
No le entendía en absoluto, y lancé una rápida mirada hacia la mujer, que me dedicó una amplia sonrisa.
– Pero deberías pasarte por Muebles Man. Son buena gente. Deberías pasarte para conocerlos.
– Supongo que sí -contesté, sin decir una palabra del miedo que tenía de encontrarme mis muebles y pertenencias en cuanto me acercara a cualquier tienda de segunda mano.
Un hombre al que llamaban el Botella pasó por la acera y saludó a través del escaparate. El Botella también era un buen tipo, según el Estanquero. El Botella tenía la jubilación anticipada por problemas de espalda y complementaba su pensión recogiendo botellas vacías por los parques.
– Y mira… -dijo el Estanquero bajando la voz-. Creo que tiene… -añadió mojándose el índice y el pulgar con la lengua, frotándoselos y guiñándome un ojo.
– ¿De los envases vacíos? -pregunté incrédulo.
– ¡Oh, sí! ¡Claro que sí! Lleva un pequeño remolque en su bicicleta, y después de pasarse un día al sol vuelve a casa con botellas por las que se saca unas doscientas coronas. Libres de impuestos. Ese tiene dinero bajo el colchón, eso te lo aseguro. Pero no es el tipo de gente con la que te gustaría vértelas… más vale no interponerse en su camino.
– Te creo.
– Sí, ten cuidado, muchacho. Un día entraron aquí dos drogadictos y empezaron a juguetear con una pistola, y esa de ahí -dijo señalando con el pulgar a la sexy mujer, que le sonrió de inmediato- se escondió debajo del mostrador completamente aterrada. Alguien tenía que intentar tranquilizar a aquellos locos, porque estaba claro que querían llevarse la caja del día. Y entonces él entró caminando por esa puerta, justo así -dijo, dirigiéndose hacia la puerta, cruzándola e intentando sacar pecho como el Botella-. Y, como te lo digo, se lanzó sobre ellos hecho una furia y los sacó por la puerta uno tras otro gritándoles que se fueran al infierno. ¡Y creo que eso es lo que hicieron! ¡Ja, ja, ja!
– Menuda historia. Seguro que te han pasado unas cuantas como esa…
– Puedes jurarlo -dijo el Estanquero, satisfecho-. Y luego está el Lobo Larsson. ¿Le conoces?
– No. Tampoco conozco al Lobo Larsson.
– Fue Morgan quien le puso el apodo. Es todo un personaje, ya lo verás. Si sales una noche de bares te puedes apostar un billete de mil a que te encuentras al Lobo Larsson. Siempre sale con su pastor alemán, un ejemplar magnífico. La verdad es que parece un lobo…
– Morning, boys! -dijo Henry entrando por la puerta.
– Hola, hola -dije estrechándole la mano.
Henry me guiñó un ojo. Parecía satisfecho y descansado.
– Hello, Dolly! -dijo Henry a la mujer de detrás del mostrador, y ella le sonrió como siempre, con una sonrisa casta y santa, llena de piedad.
Henry había ido a echar la quiniela. Jugaba regularmente junto con Greger y Birger, de Muebles Man. Se gastaban unas veinte coronas por cabeza.
– Ese tipo es el mismísimo diablo -me dijo Henry cuando subíamos en el ascensor-. Ándate con cuidado con él. Cualquier cosa que le digas al Estanquero lo sabrá media ciudad al cabo de una hora. Es como un megáfono. Tiene línea directa con la TT, la agencia central de información.
– Yo no tengo secretos -contesté.
– Tú no, pero yo sí -dijo Henry-. Aunque ella está muy buena, la novia.
Henry había estado en casa de Maud, en la calle Frigga, y aún no había desayunado. Tenía hambre y necesitaba comer. No pensaba preguntarle nada. Debíamos respetar nuestra vida privada, ese era el plan.
Lo menos que se puede decir de los desayunos de Henry es que eran sustanciosos. Los fanáticos de la comida sana, los que cuentan calorías y los vegetarianos seguidores de Are Waerland se quedarían estupefactos y calcularían durante horas con largas fórmulas para llegar finalmente a dar con una receta nueva para suicidarse con alimentos. Por lo general uno se imagina que un soltero de la edad de Henry se tomaría una taza de Nescafé hecha con agua del grifo templada, de pie y fumando un cigarrillo rápido. Pero decididamente no era ese el estilo de Henry le gourmand. De joven, se había acostumbrado a tales ágapes en sus largos viajes por el continente. No sé si su desayuno podía calificarse de continental -y, en tal caso, si era danés, inglés, alemán o francés-, pero, en cualquier caso, era monumental.
Henry se puso un vistoso y grasiento delantal y, a un ritmo furioso, sus brazos de camarero se movieron por la cocina como baquetas, siguiendo la música de la radio, sacando a la luz lo que podía quedar en su siempre paupérrima despensa: primero, un par de vasos de zumo de guayaba espeso y nutritivo para apagar la necesidad más imperiosa; después, un par de rebanadas de pan francés casero, tostado para que la mantequilla salada se untara bien, el queso Emmental se fundiera y la mermelada de grosella Wilkin & Sons se extendiera; luego, un vaso de zumo de zanahoria, medio paquete de beicon y un huevo frito con ketchup alemán de canela, regado todo con mucho zumo de naranja para ayudar a tragar; después de todo aquello, engulló un plato de leche fermentada con un poco de nata agria y muesli; y, como colofón, una taza de café soluble Chicorée mezclado con leche entera caliente. El café era tan fuerte que muchos vendedores decían en tono vulgar que era «abortivo». Tras una visita rápida al cuarto de baño, estaba de nuevo en la mesa leyendo los dos diarios matutinos, no para obtener una información contrastada e imparcial, sino por el puro placer de hacerlo.
Probablemente yo solo podría haberme comido una cuarta parte de todo aquello, pero en cambio compartíamos la misma pasión por la lectura de la prensa. Henry y yo leíamos como mínimo cuatro diarios y unos cuantos semanarios en la tienda del estanquero. La lectura asidua de prensa -y el café Chicorée que compraba en alguno de los puestos del mercado- era una costumbre adquirida en el tiempo que estuvo en París. En aquella época era el joven Henri le boulevardier, rondando por los cafés siempre a la búsqueda de nuevos descubrimientos. En cierta manera seguía siendo el mismo, y nunca dejaron de sorprenderme su constante indignación o las oleadas de emoción que le embargaban en cuanto abría un periódico. Henry se conmovía fácilmente, y permanecía en silencio cuando el periódico traía alguna noticia deprimente. No tenía por qué tratarse del inevitable fin del mundo o de la fría constatación por parte del Instituto de Futurología de que a la humanidad le quedaban solo veinticinco años antes de la catástrofe final. Podía ser un artículo acerca de un simple asesino de gatos o de una nueva epidemia de gripe procedente de Extremo Oriente. Henry se deprimía de inmediato y llamaba a Zeus y a Spinks para tranquilizarse, o se tomaba la temperatura con una extraña cinta con cristales flotantes, que se presionaba sobre la frente y cuyo resultado se leía en el espejo.