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El otro sobre era si cabe aún más sorprendente. Llevaba escritas con tinta las palabras «El Equipo», y debajo, a lápiz: «Para Henry Morgan». Quizá el anciano no estuvo seguro hasta el último momento de a quién dirigiría el contenido tan especial de aquel sobre.

Al abrirlo, Henry encontró un montón de papeles amarillentos, uno de ellos especialmente deteriorado: descolorido, manoseado y lleno de manchas. Se trataba de un viejo mapa. Leyó la historia de cómo una noche el viejo dandi -un jugador empedernido que había ganado muchas cosas a lo largo de su vida, entre ellas el lujoso mobiliario Chippendale de Ernst Rolf- estaba jugando al póquer con unos caballeros del club MMM. -Muy viajado, Muy leído, Muy mundano-. Eran «gente de formación universitaria, eruditos». Uno de aquellos caballeros por lo visto era historiador y había hecho investigaciones acerca del barrio del Gran Rosendal, donde vivía Morgonstjärna. El historiador había realizado descubrimientos sorprendentes. Había reconstruido las misteriosas galerías subterráneas de Bellman y, gracias a unos dibujos de la época, había localizado el lugar donde se escondía un tesoro.

Existían numerosos mitos sobre los túneles de Bellman. Todo el mundo en el barrio del Gran Rosendal conocía a alguien cuyo hermano había bajado a los pasadizos subterráneos para desvelar sus misterios. Y cuando preguntabas dónde estaba en la actualidad aquel hermano, aquel testigo, te podías encontrar con una mirada llena de horror, un suspiro, un silencio total o una escurridiza evasiva. Se decía que, en los años cuarenta, un aventurero había explorado los pasadizos y penetrado en el viejo edificio, hoy derribado, de la calle Bellman. Llevado por una malsana sed de conocimiento, fue adentrándose cada vez más y más abajo hasta que finalmente la tierra se lo tragó. Al cabo de una semana, sus colaboradores en la superficie empezaron a preocuparse y enviaron en su búsqueda a un médico y a una enfermera, pero ambos corrieron la misma suerte. En tiempos más recientes, cuando el denominado edificio Bellman ya estaba completamente abandonado, sus sótanos fueron utilizados como santuario por adoradores del diablo, cuyos sanguinarios ritos propagaron el terror por todo Söder. Más adelante, los subterráneos sirvieron de refugio a indigentes y gentes de mal vivir hasta que el edificio fue finalmente derribado a mediados de los años setenta.

No obstante, el socio historiador del club MMM tenía otra teoría acerca de las galerías subterráneas de Bellman. Según sus fuentes, la historia era la siguiente: el rey Adolfo Federico había ordenado que se construyera una ruta de huida para él y su familia desde el Palacio Real. En previsión de un asedio a la ciudad de Estocolmo, aunque no se supiera quién pudiera ser el enemigo, el monarca había hecho excavar un pasadizo subterráneo bajo la Ciudad Vieja. Esta vía de escapatoria estaría conectada con un túnel bajo Södra Malmen, lo cual aún no se había podido determinar a ciencia cierta; el historiador suponía que la construcción del metro había hecho imposible la investigación que lo verificara.

Sin embargo -y era aquí donde entraba el barrio del Gran Rosendal en toda aquella historia-, el pasadizo tenía necesariamente que llevar hasta la zona en torno a la iglesia de María y la actual plaza de María, donde antaño había habido un almacén y un establo bajo custodia permanente, completamente equipado con caballos, carros y demás suministros civiles y militares. Aquel era el barrio donde vivía el viejo Morgonstjärna, y donde Henry Morgan y yo residíamos ahora.

Esa noche el jugador y también historiador apostó una gran cantidad de dinero, y finalmente también su mapa secreto pasó a formar parte de la apuesta. Y después lo perdió todo, nunca mejor dicho. Al parecer había estado investigando todo aquel asunto a modo de hobby, pero nadie encontró ninguna razón para cuestionar sus afirmaciones. Examinándolo de cerca, todo aquello parecía una especie de sueño de críos, pero el hecho de que el erudito y perdedor se suicidara tras entregar muy honorablemente el mapa y sus notas otorgaba ciertas garantías de veracidad. Por lo visto había pensado hacer una gran fortuna con aquel asunto.

Así pues, en un determinado lugar bajo tierra a lo largo de la ruta de escape, probablemente vuelta a cubrir por el lodo, se supone que había una gruta donde el rey había depositado una enorme cantidad de objetos de gran valor. El soberano no habría podido huir del palacio con algo más que sus insignes pertenencias personales, por lo que había almacenado con anticipación una serie de cofres llenos de oro y riquezas.

Desde el momento en que el jugador Morgonstjärna tuvo en su poder el valiosísimo mapa, empezó, de forma lenta pero segura, a formar un equipo de buscadores de tesoros para trabajar en el edificio. En el sótano había muchas salas sin utilizar, y en especial una en cuyos cimientos se distinguía un portal tapiado cuyo origen podía remontarse al siglo diecisiete. Al golpear el portal se comprobó que detrás había un espacio hueco. Así pues, una noche de octubre de 1961, el señor Morgonstjärna empezó a derribar la pared y, para su gran satisfacción, encontró una galería que se adentraba en las profundidades. No resulta difícil establecer un paralelismo con el muro de Berlín: en épocas de inestabilidad, la gente suele interesarse por muros de los más diversos tipos.

Pero por entonces, en 1961, el señor Morgonstjärna era ya un hombre viejo y bastante cansado. Necesitaba ayuda, y de hecho consiguió involucrar en el proyecto a una serie de colaboradores. Mediante una especie de sociedad limitada y un voto de silencio total pudieron comprar parte del presunto botín, el dorado tesoro de varios siglos de antiguedad. El capital que invirtieron fue su propio trabajo.

Siete años más tarde, cuando el abuelo de Henry abandonó este mundo dejando tras de sí su extraño testamento, ya estaba formado el «Equipo», compuesto por una media docena de personas. Además del propio dandi, estaban el Filatélico, Greger y Birger de Muebles Man, el Botella y el Lobo Larsson. Ya habían excavado unos cinco metros hacia el sur y unos siete metros hacia el este, donde el túnel daba un giro de ciento ochenta grados y continuaba hacia el oeste. No se había encontrado oro alguno, pero ninguno de ellos dudaba de que estuvieran en el buen camino, ya que no habían faltado señales favorables.

– No esperarás que me crea todo eso -le dije a Henry cuando acabó de explicarme lo del Tesoro, emocionado como un pequeño boy scout.

Era un día de otoño húmedo y ventoso y estábamos tomando nuestro café de la tarde en el salón. Henry había hablado de forma entusiasta sobre la expedición de la caza del tesoro y me dijo que lo que acababa de escuchar era estrictamente confidencial, no debía salir de aquellas cuatro paredes, era solo para nuestros oídos, de hombre a hombre, o como quisiera llamarlo. Me había hecho una extraordinaria confidencia, sí, pero también me había dado una nueva oportunidad para preguntarme si el tal Henry Morgan estaría bien de la azotea. Aquello sonaba, sin ninguna duda, a una mala novela para niños.

– No puedes esperar que te crea -repetí.

– Si quieres te dejaré ver el mapa -dijo Henry, enojado-. Aunque no me gusta enseñárselo a nadie.

Se fue algo más que ofendido a su habitación y volvió enseguida con el mapa. Se trataba de una ilustración extremadamente detallada de toda el área, que mostraba los distintos sótanos, tanto los auténticos como los hipotéticos, así como los túneles que los conectaban formando toda una red subterránea. En alguna parte de aquel laberinto tenía que estar el acceso al pasadizo correcto, la ruta de escape del rey con su ingente tesoro oculto.