Sin embargo, el caso Hogarth se diferencia de otros casos por el hecho de no haber salido aún a la luz, y de haberse silenciado una y otra vez. Y, según algunas sospechas de las que he tenido conocimiento, el secreto se ha mantenido al coste de tres vidas humanas, un par de millones de coronas suecas en sobornos, y al menos un caso de enfermedad mental. Es ahí donde Leo Morgan aparece en escena, aunque, como ya he dicho, él estuviera en la periferia de todo el asunto.
Los principales protagonistas del caso Hogarth -que, por cierto, recibe su nombre de uno de los miembros del club Muy viajado, Muy leído, Muy mundano, el periodista Edvard Hogarth- son potentados y magnates del mundo de los negocios y la administración pública, algunos muertos y otros en plena actividad. Presumiblemente sería por ahí, por ese torbellino de corrupción y ocultación, por donde habría que empezar a buscar a las personas que intervinieron para censurar el informe médico de Leo Morgan. El rastro llevaría, sin ninguna duda, hasta el palacio de la Corporación Griffel, hasta la sala donde reina su presidente Wilhelm Sterner. Pero sería un trabajo para un periodista con mucho estómago y siete vidas; ciertamente, no para mí.
Lo que tengo que decir sobre mi amigo Leo Morgan empieza de un modo bastante inocente, como cualquier reverente biografía de un poeta. Pero la cosa se va reavivando, como diría un pirómano. Aunque también puede que todo sea solo un montón de mentiras.
Sarampión, escarlatina, rubeola, varicela, tos ferina, crup… interminables procesos de vacunación para las denominadas enfermedades infantiles, con sus alucinógenos picos de fiebre, sus irritantes erupciones, la comezón de las pústulas y sus devastadoras instrucciones… ¿No debería toda biografía empezar con una lista de todas estas enfermedades, cuando la pequeña criatura toma por primera vez contacto real con un estado diferente al que llamamos normal? La forma en que cada persona supera las enfermedades infantiles es sumamente individual. El paciente al que examinó el médico de cabecera -el sempiterno hombre de confianza de la familia, siempre resoplando y jadeando, el doctor Helmers-, es decir, Leo Morgan, presentaba exactamente los mismos síntomas para cada una de esas enfermedades: pulso irregular, debilidad extrema bordeando la muerte y una mínima voluntad de restablecimiento.
Por su parte, Henry requería correas y una camisa de fuerza para quedarse en cama; gritaba y aullaba como un loco durante exactamente veinticuatro horas hasta que la fiebre remitía, y después volvía a estar bien, no importa qué enfermedad hubiera padecido. Quería volver enseguida a la escuela, aunque nunca lograba recuperar las clases que había perdido.
Pero el pequeño Leo no tenía voluntad de sanar. Sin embargo, solía ir siempre dos semanas por delante de sus compañeros de clase en cuanto a tareas escolares, ya que era un niño prodigio extraordinariamente dotado. Sus ojos vítreos se encontraban con los del doctor Helmer sin atisbo de súplica, impaciencia o satisfacción. Simplemente era una mirada vacía y desolada, indiferente. Leo se encontraba en otro mundo, y ya con ocho años sabía lo que significaba la muerte. Diez años más tarde, en un célebre poema, definiría cada empresa y cada aliento humanos como «una guerra contra la muerte», en la que la muerte era tanto el fin como los medios. Entonces fue caricaturizado por un crítico como un «anarquista con bombas en los bolsillos», lo que probablemente constituiría el punto álgido en la carrera de aquel crítico.
Leo Morgan estaba marcado por la muerte, sentía fijación por la muerte, e indagaba en ella con un frenesí incansable que solo quien teme a la muerte puede exhibir. De hecho, el pequeño estaba asustado por el conocimiento que había tenido de ella. Toda su vida había sido un continuo esfuerzo para regresar del valle de sombras de la muerte, pero era un camino largo y a él le faltaba un buen mapa.
Una lluvia nostálgica, casi trágica, caía sobre la ciudad. Sonaba como un repiqueteo ausente y cauteloso, como si un pianista de gigantescas manos estuviera tocando las planchas del tejado.
Henry estaba sentado en la ventana de gablete de la lavandería comunitaria del ático. Greta tenía día libre de su trabajo municipal como profesora de costura en la plaza de María. Hoy le tocaba colada, y Henry le había prometido ayudarla a estirar las sábanas y tenderlas.
De las modernas lavadoras Husqvarna salía un vapor cálido y agradable. En invierno, los cristales de las ventanas se empañaban y podías conjurar la aparición de la calle de ahí abajo frotándolos con la mano, o escribir sobre el vaho de condensación letras, cifras, años. De haberlo hecho, Henry habría escrito probablemente el 7 de abril de 1959.
Fuera no hacía mucho frío, y Henry abrió hacia arriba la ventana para contemplar los tejados verdes, rojos y amarillos del distrito de la calle Brännkyrka, que se desplegaban como papel arrugado. Le gustaba la vista. Si se asomaba por la ventana podía ver más allá de los aleros y tener un atisbo de la calle. De pequeño le daba vértigo. Pero Henry ya no era pequeño, tenía dieciséis años, iba al instituto de Södra Latin, tocaba jazz estilo dixieland y era un boxeador decente.
En ese momento estaba sentado mirando por la ventana, silbando una canción que ensayaban con el grupo. Greta suspiró y preguntó qué había pasado con las sábanas. Las había metido en la centrifugadora y habían salido prácticamente secas pero llenas de diminutos pelos negros.
Preguntó en voz alta qué había pasado con las sábanas. Henry se acercó hasta la centrifugadora y miró dentro, con el debido respeto hacia la máquina. Nunca le habían gustado las centrifugadoras porque cuando era pequeño y miró dentro de una empezó a sentirse mareado, como ahora le pasaba cuando miraba hacia abajo, a la calle, a cinco pisos de altura.
Henry constató que dentro había unos pelos diminutos. Greta suspiró, pensando que aquello era muy extraño. Se puso a limpiar la centrifugadora.
Henry, de una forma casi embarazosa, tuvo conciencia de su virilidad allá arriba en la lavandería. No sabía qué había despertado en él aquella sensación, si había sido el aire tibio, húmedo y acariciador, o bien la fragancia de la ropa limpia. Fuera lo que fuese, se sintió lleno de lujuria. Le dijo a Greta que salía a la azotea a que le diera un poco el aire. Le prometió que volvería enseguida.
Henry había pensado encontrar algún rincón apartado para aliviar sus importunas apetencias. Había un lugar donde él y otros chicos del barrio, en el más absoluto secreto, habían escondido algunos ejemplares de revistas como Pin-Up, Top-Hat y Kavalkad. Se trataba de un rincón oscuro en un trastero vacío del ático, donde de forma individual o en grupo podían destrozarse el espinazo, debilitar sus sentidos y arruinar cualquier posibilidad de llevar una vida decente.
Sin duda aquel ático era uno de los más grandes de Estocolmo. Los corredores parecían abarcar todo el barrio, doblando ora a la derecha, ora a la izquierda, bifurcándose en varias direcciones y llegando hasta callejones sin salida y ramificaciones totalmente nuevas e infinitas. Casi necesitabas un mapa para orientarte en aquel laberinto si no lograbas seguir bien las flechas numeradas. Pero ya desde niño Henry odiaba los mapas; confiaba más en su instinto, en su intuición para los puntos cardinales. Había conseguido el primer puesto en el concurso de orientación, así que podría valerse perfectamente para guiarse a través de un simple ático.