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Por el tortuoso camino que llevaba a aquel particular trastero del ático -es de suponer que el muchacho fuera corriendo y con el pulso bastante acelerado-, cruzó por otros trasteros también vacíos y abandonados. A su paso vislumbró una franja de luz que penetraba a través de una fina grieta entre unos tablones de madera. Naturalmente le entró curiosidad, se paró de golpe y se acercó con cuidado hasta el lugar de donde procedía la luz. Oyó voces que no le resultó difícil identificar: eran Leo y Verner, el genio del ajedrez. Henry no podía imaginar qué hacían allí.

Abrió ligeramente la puerta del trastero, y los dos muchachos dieron un salto, asustados: habían sido cogidos con las manos en la masa.

Verner era un genio del ajedrez, pero ya no era tan genial. Henry había crecido, así que ahora Verner tenía que contentarse con la compañía de Leo. Todavía se entretenían con juegos infantiles, aunque de forma seria y concienzuda, no alocadamente como otros críos. Coleccionaban sellos, jugaban al ajedrez, inventaban cosas y hacían experimentos. Verner tenía la madre más estricta del barrio, que protegía a su hijo como si fuera hemofílico. Muy rara vez lo dejaba salir a jugar después de cenar, no le permitía pelearse y tenía que saberse las lecciones de carrerilla. Le obligaba a estudiar incluso los domingos, y todo aquello, incluso ahora de jovencito, lo había convertido en alguien un poco raro. Había fundado en el instituto un Club de Jóvenes Inventores, pero de momento no tenían ningún miembro ya que por lo general se le veía siempre solo, hurgándose la nariz. Era como si no pudiera estar junto a otros muchachos si no se constituía inmediatamente una asociación que identificara lo que estaban haciendo. Tenía que estar todo organizado, con un presidente, una junta directiva y carnets de socio, así como con reglas que previeran cualquier contratiempo que pudiera surgir. Si no estaba todo organizado, Verner no podía soportarlo. Era casi tan espontáneo como el líder de un partido político.

Aquel día de abril del cincuenta y nueve, cuando Henry entró en el trastero secreto de Leo y Verner en el ático, sufrió una ligera conmoción. Los chicos habían construido allá arriba un pequeño laboratorio científico. En las paredes habían puesto mantas y trapos clavados para amortiguar el ruido e impedir que la luz de sus linternas se filtrara fuera y revelara su presencia. Con unas cajas de azúcar habían hecho unas mesas que, de momento, parecían servir para las autopsias. En medio de una de las cajas había una cría de gato muerta que Verner había abierto con un escalpelo. Leo examinaba pequeños trozos de carne a través de un microscopio.

Henry no tardó mucho en sumar dos y dos: los pelos del gato en la centrifugadora eran, naturalmente, los restos de la última juerga de aquellos gamberros. Había una banda que robaba gatos en primavera y, tras colarse en las lavanderías comunitarias, los metían en la centrifugadora para matarlos entre gritos salvajes. Verner y Leo se quedaron paralizados, hasta que el primero recuperó el habla para proclamar su inocencia. Juró que habían encontrado al gato muerto, que ellos no lo habían matado.

Henry los creyó, aunque seguía pensando que estaban mal de la cabeza. Empezó a gritarles que estaban locos, sentados allí mirando el cadáver de un gato muerto. ¿Por qué hacían aquello? ¡Era repugnante!

Henry estaba realmente furioso. Verner y Leo, estupefactos. No podían decir palabra. No podían explicar por qué era tan extraordinario ver tejidos muertos a través del microscopio. Eso era todo.

Pero el caso es que Greta había encontrado sus sábanas llenas de pelos… Finalmente Henry empezó a tranquilizarse, y de pronto recordó el motivo por el que se encontraba en aquella parte del ático. Le pidió a Verner que le dejara un matraz, casi incapaz de aguantarse la risa. Verner se lo entregó, avergonzado, tras lo cual Henry se dirigió a su trastero secreto. Lleno de rabia mezclada con lujuria, empezó a hojear un viejo y gastado ejemplar de Pin-Up hasta que el momento más dulce del divino acto sexual recorrió entre escalofríos todo su cuerpo y, como confirmación tangible y mundanal de su triunfo, diseminó por el suelo del trastero una considerable cantidad de líquido blanco pegajoso y consistente, una secreción, una esencia, el enigma mismo de la vida. Por fortuna, una pequeña parte de aquel magnético fluido acabó cayendo en el matraz. Muy satisfecho, Henry salió corriendo de vuelta con el resultado, en un estado de ánimo considerablemente más amigable.

Apartó a Leo de un empujón del microscopio, quitó el trozo de carne de gato y colocó en su lugar su propia muestra temblorosa. Ajustó el instrumento y enseguida vio los diminutos y altivos espermatozoides que nadaban alegremente de aquí para allá en nuestro mundo, serpenteando y abriéndose paso por el mar Báltico y bajando por el mar del Norte, a través del canal de la Mancha y del estrecho de Gibraltar hasta las cálidas aguas saladas del Mediterráneo, al este por el canal de Suez hasta salir al mar Arábigo, directo hacia el océano Índico, rodeando el cabo de Buena Esperanza, a través del océano Atlántico, alrededor del cabo de Hornos y subiendo por el océano Pacífico hacia el mar de Bering, donde el frío imprimió cierta rigidez a sus colas.

Henry se divertía enormemente con aquella odisea vertiginosa a través de los mares del mundo. Unos cuantos camaradas se veían cansados y débiles ya desde el principio, otros parecían deformados y con las colas maltrechas, pero la mayoría eran grandes, gruesos y fuertes muchachos que se dirigían alegremente hacia una meta inexistente. Habían sido engañados, como tantas otras veces.

Les gritó a Verner y a Leo que ahí tenían algo que mirar. Que aquello era mucho más emocionante que ver gatos muertos. Pero, cuando apartó la vista de la lente del microscopio, vio que estaba solo en el laboratorio secreto. Verner y Leo se habían ido. Se perdieron la oportunidad de tomar parte en aquel notable descubrimiento realizado por Henry el científico.

Naturalmente, Greta nunca supo la razón de que hubieran aparecido aquellos extraños pelillos en sus sábanas. Henry no era de los que se callan las cosas, pero consideró que ella ya había tenido bastantes muertes y desgracias, y no quería preocuparla sin necesidad.

Por el contrario, yo pude escuchar la historia unos veinte años más tarde, y se parecía mucho a otras cosas que sabía de Leo. La historia procede de Henry, está contada desde su perspectiva, porque Leo era un tipo callado, un profesional del silencio. Tenía una forma de hablar inusual, realmente extraña. Leo hablaba muy despacio, saboreando las palabras como caramelos duros antes de escupirlas. Utilizaba las palabras como un niño pequeño que encuentra un chicle aplastado en la acera, lo rasca con el palo de un polo y se lo mete en la boca. Lo mastica con expresión pensativa hasta que se reblandece, solo para escupirlo una vez que el sabor ha despertado de nuevo a la vida de su sueño fosilizado. Había que tomarse su tiempo para escuchar a Leo, cuando por fin se decidía a hablar. Lo pude constatar ya la primera noche, cuando vino a la fiesta del ganso en el sótano. Sospecho que aquella manera de hablar se debía a una especie de relación deteriorada con el idioma y las palabras en general.

Es muy poco probable que muchos recuerden hoy día al poeta Leo Morgan, a excepción de los más entendidos en la materia. Nunca fue un Evert Taube, aun cuando en una época de su tierna juventud estuvo bastante cerca de Gösta Nordgren, más conocido como Snoddas.

Son tres los libros que le han valido un espacio en la eternidad de las bibliotecas, ahora que la memoria humana empieza a flaquear. Debutó con Herbario (1962), al que siguieron Vacas santurronas (1967) y, finalmente, Escalada de fachadas y otros hobbies (1970).

Por lo general, tres colecciones de poesía tan poderosa e impenetrable hubieran otorgado al poeta una notable reputación entre los iniciados, pero Leo no era de los tipos que hacen relaciones públicas en su trabajo, de los que acuden a todas las fiestas o se llevan especialmente bien con los críticos apropiados. Es cierto que hay bastantes ejemplos de esos lobos solitarios e inconformistas, aunque, lamentablemente, hay muchos más ejemplos de lo contrario.