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Los ciudadanos con buena memoria probablemente recordarán a Leo Morgan como el niño prodigio que leía poemas en El Rincón de Hyland. Tuvo que ser en el otoño de 1962, porque Henry aseguraba haber visto el programa por televisión cuando estaba haciendo la mili y se sintió tremendamente orgulloso. No se sabe quién «descubrió» a Leo, pero acababa de publicar su primer libro con apenas catorce años, la colección de poemas Herbario, y se había convertido en una pequeña celebridad. Muchos críticos se declaraban asombrados ante la manera en que un adolescente conseguía hacer esas rimas tan delicadas y sensuales, porque el muchacho se empecinaba, como otros muchos «amateurs», en escribir versos rimados. Nada de modernismo subversivo. Un crítico incluso había mencionado al también pueril Rimbaud, sin hacer mayores comparaciones, pero aun así… Tal vez fuera un tanto exagerado, aunque había en Herbario algo intangible e inclasificable que, a falta de una palabra mejor, podría calificarse como genial. Quizá se debiera a que a menudo había algunos defectos en los versos, un desliz, una ambigüedad que hacían que el lector se sintiera inseguro y vacilante: se cuestionaban si el muchacho conocía realmente todos los significados y connotaciones de las palabras.

En cualquier caso, las críticas eran muy favorables y quizá fue precisamente su éxito entre los críticos, así como la sorprendente corta edad del poeta, lo que hizo que el niño prodigio fuera invitado al famoso programa El Rincón de Hyland para un recitado en televisión. Las estrellas infantiles siempre han tenido mucho predicamento en el mundo del espectáculo.

En los ensayos antes de la retransmisión de El Rincón, Leo se comportó perfectamente. Iba muy bien arreglado y estaba muy concentrado, tal vez incluso demasiado correcto. Pero el equipo del estudio eran muy considerados, y cuidaron muy bien de su descubrimiento asegurándose de que estrechara las manos de las célebres estrellas televisivas Lill-Babs, Lasse Lönndahl y Gunnar Wiklund. Guardó sus autógrafos en la cartera, y se la metió en el bolsillo detrás del pequeño peine de baquelita.

Pero después de cenar, cuando llegó la hora de salir a escena y Leo se encontraba entre bastidores oyendo cómo Lennart Hyland vociferaba su nombre y presentaba al precoz descubrimiento como el hijo del Barón del Jazz, el popular pianista de jazz e invitado habitual en muchos programas de El Rincón, el muchacho se echó a temblar. Un tipo del estudio, de dientes enormes y luciendo una chaqueta blanca, le dio una palmada en la espalda y le deseó buena suerte. Y de golpe Leo se encontró allí en medio, deslumbrado por los focos, con las rodillas temblorosas y la boca seca. Greta estaba sentada en algún lugar entre el público y en sus casas había millones de personas mirándole fijamente. Verner, sus compañeros de clase, los maestros y otros conocidos de Leo estaban mirándole ahora mismo, en ese preciso instante, justo a él. No consiguió entender ni una sola palabra de lo que el Tío Hyland parloteaba allá en su butaca. Dijo algo, gesticuló con la cabeza y levantó un gran aplauso entre el público -seguramente dirigido a Leo- y, justo cuando se disponía a empezar a leer, el muñeco sorpresa saltó de nuevo y la gente volvió a aplaudir. Sin embargo, después se hizo el silencio, las cámaras se deslizaron por sus raíles y Leo entendió que había llegado el momento. Con manos temblorosas cogió el libro y pasó sus hojas varias veces, como si fuera la primera vez que lo veía o como si estuviera buscando una palabra en un diccionario. El público no parecía notar en absoluto el nerviosismo del chico -los periódicos del día siguiente destacarían «las elegantes pausas de Leo Morgan, su increíble dominio de la escena»-, quien, por fin, empezó a leer el poema «Tantas flores».

He elegido algunos extractos que considero las mejores estrofas del poema. Se trata de una balada muy larga y que adolece de cierta irregularidad.

Tantas flores he recogido que nadie puede contarlas. Eran medallones de junio, el más primoroso de los tiempos.
La más bella de las flores florece para la eternidad. La más fuerte de las bellas crece en la soledad.
Tantas flores he entregado a aquellos que las guardan. Eran mis amigos de infancia, del más cruel de los tiempos.
La más bella…
Tantas canciones he escrito a aquellos que las cantan. Ya no queda nadie que conozca del más banal de los tiempos.

El resto del poema se recrea en el mismo tema, que es también el de todo el poemario. No es más que un aparente panegírico de las flores, de la naturaleza. Bajo este esplendor floral subyacen los pensamientos del Artista, el protector de la naturaleza, el que enseña a la gente lo realmente hermoso que es el mundo. De acuerdo con el joven Leo Morgan, esas experiencias deben ser transformadas, recreadas por el artista para que la gente sea capaz de ver la realidad subyacente. Seguro que a cualquier erudito le viene a la mente una cita de Nietzsche: «El arte no es una mera imitación de la realidad de la naturaleza, sino en verdad un complemento metafísico de la realidad de la naturaleza, erigido a su lado para conquistarla». Que la cita fuera conocida por el joven Morgan era harto improbable, pero tal vez habría comprendido de forma completamente intuitiva que se trataba de una conquista: él debía conquistarla.

Así pues, el tema recurrente del poemario es la vegetación seca, el herbario que el joven había recogido en su cajita de lata durante sus largos paseos por los prados florecientes en las primeras horas de la mañana del mes de junio, «el más primoroso de los tiempos», cuando las flores son más bellas, el rocío cubre los campos y las plantas son más hermosas y frescas. Pero el bardo no disfruta nunca tanto de la belleza de la naturaleza como cuando ha aplastado y secado las plantas, ha determinado su especie y su nombre y las ha puesto en su herbario, organizado según el sistema de Carl von Linné.

La vida es más hermosa cuando se ha aplastado y secado hasta convertirse en un signo pálido y frágil sobre un basto papel. Cuando la vida acaba en un herbario es cuando adquiere sentido y significado; entonces se cataloga y registra como un lenguaje: las plantas se convierten en símbolos, caligrafía, palabras impresas.

Herbario es, por tanto, un poemario lleno de palabras en latín, observaciones precisas y apuntes que atestiguan un profundo conocimiento de la naturaleza. Lo extraño es cómo ese rigor, esa forma constreñidora y austera no se convierten en una prisión para la rima de un bardo tan joven e inexperto. Leo Morgan se mueve libremente por la sintaxis como un poeta avezado. Uno tiene que rendirse ante su encanto juvenil.

Por cierto, habría que añadir que las mágicas reiteraciones de «el más brutal», «el más banal», «el más primoroso» de los tiempos, etcétera, constituyen un rasgo estilístico que aparece a lo largo de toda la producción de Leo Morgan. Parece poseído por la magia de las palabras, las reiteraciones y las ambigüedades del mismo modo que algunas personas maníacas.

Pero retomemos la escena de El Rincón de Hyland… Leo Morgan recitó verso a verso «Tantas flores» con un convincente dominio del fraseo y de las pausas y con una hermosa dicción. El público del estudio estaba visiblemente encantado. Los ojos de Hyland centelleaban, mostrando todo su repertorio expresivo y lanzando gritos de júbilo como nunca. «¡Ha sido fan-tás-ti-co! ¡Leo Morgan, el niño prodigio!» Hyland gritaba, resplandecía y gorjeaba de satisfacción. Entre bastidores, el tipo de la chaqueta blanca le dio a Leo una palmada en la espalda y le dijo que había dado el gran salto. El hecho es que el hombre del estudio tenía razón: la aparición de Leo constituyó un gran éxito de audiencia. Suecia tenía un nuevo niño al que adorar, al que las revistas mimarían durante un par de semanas hasta que la gente se cansara de él, encontrara a alguien nuevo y arrojara al viejo ídolo a la basura.