Como consecuencia de esta aparición en El Rincón de Hyland, se reeditó el volumen de Herbario, un montón de estúpidos periodistas se presentaron en su casa de la calle Brännkyrka para entrevistar al joven poeta, e incluso un conocido compositor moderno puso música a varios de sus poemas, que fueron cantados por una gran diva de la ópera.
En otras palabras, había triunfado, aunque Leo Morgan no era de los que dejaban que la fama se les subiera a la cabeza. Mantuvo totalmente la serenidad. En ese sentido, ya antes en la escuela se había destacado como un auténtico ratón de biblioteca, a diferencia de su hermano, que apenas sabía escribir su nombre.
Pero Leo continuó siendo el muchacho que recogía plantas, incluso ahora que todas aquellas plantas se habían convertido en símbolos y palabras de un celebrado poemario. A pesar de mostrar lealtad a su propia infancia, el mero hecho de escribir aquello señalaba tanto su precocidad como una amarga despedida del «más banal de los tiempos». Leo se había dado cuenta de que nunca más recuperaría aquel tiempo. Era aquel amargo conocimiento el que le obligaba constantemente, mediante la magia de las palabras, a revivir lo que había perdido, porque sin duda había embrujo en las palabras. Tenía que ver con la creación del hombre, con el momento en que el niño se convierte en persona. En nuestra cultura, cuando llega el momento de la verdad, los niños no son considerados como personas. Los niños son enanos, criaturas, gnomos, misteriosos e inexplicables. Por esa precisa razón los adultos deben, a cualquier precio, hablar en esa artificial y desesperada especie de poliglotía prenatal, que se supone que tiene el efecto de congraciarse con los niños. Pero lo único que los niños quieren saber cuando hablan con los demás son nombres y datos, y por eso es importante darles a los niños esos nombres y datos para estimular su curiosidad: la adultez, al menos vista desde fuera, es una manera de ponerle un bozal a la curiosidad y a cualquier ansia de descubrimiento.
Leo había aprendido, quizá inconscientemente, a dominar su curiosidad, aunque aún le quedaba un largo trecho para dar el salto definitivo hasta lo completamente opuesto a la curiosidad: la indiferencia. Pero tarde o temprano Leo lo conseguiría, y tal vez eso servía para marcar aún más cuán diferente era de Henry, uno de los individuos más inquisitivos del mundo.
Herbario era solo un pequeño paso hacia la petrificación del mundo adulto, pero aun así era un paso. Leo había entrado en el mundo del lenguaje, en la esfera de los oyentes, y resultaba significativo que hubiese adquirido su propia radio unos años antes de que se editara Herbario.
Se trataba de una radio magnífica, una Philips con un lujoso panel frontal de roble y un montón de mandos y botones en baquelita blanco hueso. A Leo le encantaba sentarse en la cama por las noches, cuando todas las luces estaban apagadas, para mirar el dial iluminado con nombres de ciudades de todo el mundo: Lahti, Kalundborg, Oslo, Motala, Luleå, Moscú, Tromsö, Vasa, Åbo, Roma, Hilversum, Vigra, Bruselas, Irlanda del Norte, Londres, Praga, Athlone, Copenhague, Stuttgart, Munich, Riga, Stavanger, París, Varsovia, Bodö y Viena.
Su abuelo paterno le había regalado aquella maravillosa radio Philips. Aseguraba haber estado en casi todas aquellas ciudades porque era socio de un club llamado MMM -Muy viajado, Muy leído, Muy mundano-, el cual exigía a sus socios haber viajado por todas las partes del mundo que aparecieran en el dial radiofónico. Por la noche, Leo se quedaba allí sentado en la habitación a oscuras y hacía girar la rueda del dial con sus febriles dedos de chaval de once años, dejando que la aguja se desplazara hasta Hilversum -con un placentero deslizarse entre Roma y Vigra-, donde una mujer cantaba ópera. Siempre había una señora rolliza de voz nítida que cantaba ópera en Hilversum. Leo imaginaba que su abuelo había conocido a aquella oronda cantante de ópera de Hilversum y le había regalado flores por cantar tan bellamente. Todos los adultos creían que la ópera era hermosa. Al menos eso era lo que decían.
Los nombres del dial radiofónico sonaban mágicos, lejanos y exóticos. A lo largo de su vida, Leo ya nunca pudo ver aquellos nombres sin evitar pensar en su abuelo, en el club en largos y emocionantes viajes. Por extraño que parezca, Leo nunca saldría de Suecia, ni siquiera para poner un pie en la isla de Åland. Algunos de los nombres del dial, como Vigra o Moscú, sonaban a ruso, grises y tristes como Nikita Jruschov. Otros sonaban más festivos, como Copenhague y París. Allí había tocado el padre de Leo, el Barón del Jazz. Le había explicado muchas cosas de esas ciudades, del Tivoli, la torre Eiffel y los fantásticos castillos. Pero de eso hacía mucho tiempo, y Leo intentaba no pensar en su padre. Todos le decían que no pensara demasiado en su padre, y tal vez por eso le habían regalado aquella radio.
A veces la escuchaba hasta bien entrada la noche, y con frecuencia se quedaba dormido a la luz amarillenta y cálida del dial radiofónico. Henry tenía que levantarse a apagarla. Quizá Henry no estuviera lo que se dice celoso de Leo porque le habían regalado una radio Philips. Es más probable que sintiera una tremenda curiosidad por saber lo que contenía. Así que una tarde se le ocurrió la idea de convertirse en Henry el ingeniero, especialista en tecnología radiofónica, tan solo para impresionar a su hermano pequeño y para satisfacer su malsana curiosidad.
De improviso, Henry empezó a desmontar el magnífico aparato Philips con un destornillador. Afirmaba que solo quería echar un pequeño vistazo a su interior. Solo le quitaría el panel frontal de roble y echaría un vistazo. Leo estaba muy preocupado, por supuesto, pero sabía que ni por asomo tenía la más mínima posibilidad de detener a Henry.
El ingeniero se sentó allí, silbando, y empezó a quitar un montón de tornillos, tuercas y arandelas. Parecía mentira lo que podía haber dentro de una radio: tubos, cables, resistencias, circuitos soldados, altavoces, más resistencias y cables y tubos, hasta acabar finalmente con un amasijo de piezas sueltas. Henry estuvo al menos tres horas desatornillando, reajustando, chapuceando, examinando y extrayendo piezas para acabar descubriendo que una radio, al igual que un caja china, tenía cada vez más y más partes ocultas.
Leo sollozaba sentado en la habitación que compartía con su hermano. Lloraba en silencio, porque no quería que Henry se diera cuenta. Leo tenía su orgullo. Se guardó las lágrimas para sí, enterrándolas cada vez más en su interior y dejando un gran charco de baba en la almohada de Henry.
Cuando Greta volvió de su trabajo en la escuela de costura municipal de la plaza de María y encontró a Henry sentado a la mesa de la cocina, rodeado de cientos de piezas de lo que una vez fue una radio de la casa holandesa Philips, se puso hecha una furia. No dudó en echarle una tremenda bronca al muchacho, pero, cuando encontró a Leo en su cama deshecho en llanto, estuvo a punto de perder la compostura. Henry prometió que iba a montar la radio inmediatamente. En realidad solo había querido ajustarla un poco para que se oyera mejor. Las radios buenas siempre necesitaban una revisión. Pero estaba claro que el ingeniero estaba bastante perdido desde hacía un buen rato. Cuando Henry, el fracasado técnico de radio -después de que se hubiera hecho la hora de ir a dormir sin ni siquiera pensar en la cena-, finalmente hubo vuelto a meter todas las piezas en la caja y enchufado el aparato a la corriente, la magnífica radio Philips de Leo no emitió el más mínimo murmullo. Costó más de cien coronas repararla.