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Del herbario cuidadosamente organizado por familias, géneros y especies -un sistema de clasificación minuciosa y primorosamente organizado por el joven Leo Morgan, quien, tras usar su método de examinación práctica, nunca dudó a la hora de determinar la pertenencia de la más extraña de las plantas-, surgió un magnífico ejemplar solitario cuya fuerza parecía brillar aún más tras días y semanas de secado en la prensa. Se trataba de la campana de la tormenta, el orgullo de la isla de Storm, una rara variedad de la gran campánula, Campanula persicifolia. Era la auténtica reina de los prados, una planta que se alzaba soberana por encima de las cretinas que siempre surgían allá abajo entre el humus y la maleza. Tanto en cuestión de color como de porte, la Campanula persicifolia era inmensamente superior a sus súbditas. La planta podía elevarse casi un metro y medio sobre el nivel del mar y su color era tan claro como el profundo azul del cielo. Desde tiempos inmemoriales, la gente de Storm sabía que esta rara especie de la gran campánula era algo realmente especial; después de todo, era en sus húmedos prados donde florecía mejor. Había venido a ellos para ampararlos: se decía que el azul celeste de la campana de la tormenta sonaba milagrosamente por toda la isla de Storm para avisar de los malignos vientos, el mal tiempo y el peligro. Muchos viejos del lugar aseguraban que se oía su repicar justo antes de las más terribles tormentas. Y, extrañamente, no solían equivocarse. Pero las alabanzas sobre las excelencias de la gran campánula no solo eran habladurías y alardes provincianos. Todo se confirmó cuando Häggdahl, el afamado botánico decimonónico, hizo su grand tour por el litoral del país para escribir su opus magnum, de orientación marítima, La flora a lo largo de las costas del Reino de Suecia. No pudo evitar fijar su atención en esta planta de Storm, «… una isla ventosa y escasamente poblada en el punto más oriental del archipiélago de Estocolmo, donde el clima parece especialmente propicio para la Campanula persicifolia, que allí crece hermosa y majestuosa en los prados algo cenagosos del centro de la isla, en un enorme y largo valle parecido a un cuenco que resguarda a la vegetación del viento, el cual azota libremente los arrecifes…».

Evidentemente, Leo Morgan había oído hablar de la leyenda de la campana de la tormenta y conocía la entusiasta descripción de Häggdahl. La primera vez que, embargado por un vergonzoso desconsuelo, cortó una de esas sagradas plantas, era casi tan alta como él. Pidió humildemente disculpas por su acto, pero por otra parte pudo prometer a aquella flor una forma de eterna belleza en su herbario. Por supuesto que había otras plantas hermosas en los ubérrimos prados de Storm. Entre sus favoritas estaban la atrapamoscas alemana de intenso color rosado y el orégano sueco, el nomeolvides azul y los dientes de perro, la amarilla jara y las violetas y, naturalmente, la más roja, bella, traicionera y mortalmente peligrosa de todas, la amapola del centeno. Los ejemplares coleccionados eran magníficos, cuidadosamente recogidos en plena floración y aplastados con todo el amor y la mayor piedad e insertados en su sistema linneo-darwinista. Los lugareños acudían a ver el herbario, aquel trabajo impresionante que documentaba toda la flora de Storm, desde el más simple hierbajo de la orilla de la playa hasta la monumental campana de la tormenta de los divinos prados que, del modo en que la había secado Leo, resplandecía con toda su fuerza, mientras que al decir de la gente desprendía un halo de magia y brujería. Aquel Leo Morgan era algo aparte.

La colección de poesía Herbario es también un homenaje a la vida en la isla de Storm, a los veranos de la niñez en una especie de paraíso alejado del archipiélago. No se pueden decir muchas cosas de Storm, aquellas rocas diseminadas en medio del mar Báltico, situadas aproximadamente en el ángulo recto del triángulo equilátero formado por Rödlöga, el archipiélago de Björkskärs y los Svenska Högarna. Quizá se podría hacer la observación puramente antropológica de que la isla -hasta el poco explotado siglo diecinueve- solo había servido como refugio para pasar la noche a los pescadores que vivían en el interior del archipiélago y que se dirigían hacia el este a la caza de la foca. Más tarde la isla fue habitada por unas cuantas familias; a principios de este siglo, alcanzó su mayor censo poblacional, que en nuestros días ha vuelto a disminuir hasta las cifras de población de la Edad Media, es decir, unos diecisiete habitantes.

Las familias vienen y se marchan. En 1920 nació en Storm una niña que recibió el nombre de Greta. Sus padres, tal vez no excesivamente entusiasmados -la niña era su séptimo hijo-, se apellidaban Jansson y descendían de lo que podría calificarse como población nativa. Una cierta endogamia había provisto a la isla de Storm de una desproporcionada cantidad de idiotas y bobos, aunque aquella niña no tenía defecto alguno. Creció bien, con la espalda fuerte, unos dientes bonitos y unos ojos de color azul claro. Nada se podía decir de ella salvo que era preciosa, y no solo por el nombre, que podía hacer volar la imaginación hacia Greta Gustafsson, que se había convertido en una gran estrella de Hollywood y cuyo esplendor recorría todo el globo terráqueo y llegaba incluso hasta la isla de Storm, en el archipiélago de Estocolmo.

Gracias a su mente abierta, Greta Jansson aprovechó los escasos conocimientos sobre el mundo que llegaban hasta aquella remota población, invariablemente bajo los auspicios de maestros siempre borrachos. Ya con dieciocho años se dio cuenta de que Storm se le había quedado pequeña; en aquellas rocas no iba a escribirse ningún capítulo de la historia de este siglo. Como la mayoría de sus hermanos mayores, un cálido día de mayo a finales de los años treinta fue llevada en barco de remo por la bahía hasta Kolholma, donde atracaba el barco de vapor. Allí embarcó hacia Estocolmo. Tras diversos y variados empleos, acabó como ayudante en la escuela de costura municipal de la plaza de María. Era el puesto de trabajo donde más a gusto se sentía. Con el tiempo sería ascendida a directora, y allí seguía trabajando hasta ese día.

Fue a esta costurera a la que el Barón del Jazz conoció en el Bal Tabarin una feliz noche de 1940. Era una noche tan feliz como podía serlo en aquel año, aunque el Barón del Jazz no consintió que aquello le preocupara. Él era un alma alegre y despreocupada. Y el hijo al que Greta dio a luz tres años más tarde parecía haber heredado toda aquella luz que el Barón del Jazz llevaba en su interior. Se trataba, naturalmente, de Henry.

Pero la vida que llevaron Greta y el Barón del Jazz en aquella primera época fue de todo menos despreocupada. Cuando el pianista de jazz se presentó como Gustav Morgonstjärna, la chica del archipiélago no creía lo que estaba oyendo: sonaba tan increíblemente noble… Y cuando el Barón del Jazz presentó más tarde a su prometida como Greta Jansson, de la isla de Storm, del archipiélago de Estocolmo, no era para nada lo que su muy esnob madre había previsto para su hijo. A sus ojos arios, el mismísimo Belcebú había puesto sus garras en su amado y único hijo. El muchacho que tocaba el piano había ido demasiado lejos, y nada estaba saliendo como esperaba. En aquellos días, a la señora Morgonstjärna le hubiera complacido ver aparecer a su hijo vestido como un elegante cadete; por el contrario, el muy descastado se presentó con una trenca desaliñada de cuyos bolsillos sobresalían hojas de pentagramas. Un músico para negros: en eso era en lo que se había convertido su hijo. Un mensajero del diablo que tocaba música que volvía loca a la gente. El señor Morgonstjärna, el antiguo dandi, libertino, vividor, trotamundos, así como secretario vitalicio del club MMM, era demasiado viajado, leído y mundano para que le importara un comino el tipo de chica que le gustara a su hijo y con la que quisiera casarse. Le bastaba con que fuera bonita y agradable, y que hubiera una saludable cantidad de amor entre ellos.