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En la escuela primaria la natación formaba parte de la enseñanza. Así había sido durante muchos años, todos los semestres, hasta que los chicos consiguieran nadar diez metros debajo del agua. Se trataba de una norma sin carácter oficial ni preceptivo, simplemente dispuesta por un profesor de natación fascistoide, con el pelo rapado y zuecos de madera blancos perforados, llamado Aggeborn. No se daba por satisfecho hasta que todos los chicos hubieran superado la prueba y les hubieran salido pelos en la entrepierna. El programa era una tortura terrible, incluso para los granujas de la clase. En las desapacibles, gélidas y tediosas tardes de invierno tenían que ir a la piscina, donde eran obligados a bañarse en un agua cuya temperatura rara vez superaba los quince grados. El proceso era tan despreciable como ritual. Después de desnudarse completamente en una sala enorme llena de bañeras diminutas, tenían que restregarse los flacuchos y tiritantes cuerpos hasta quedar limpios. Tras el momentáneo alivio del agua caliente de la bañera, los chicos debían ponerse en fila para rascarse la espalda unos a otros con cepillos de gruesas cerdas y un jabón que olía a animales. Leo siempre tenía la mala suerte de ponerse delante de uno de los chicos más gamberros de la clase, que le frotaba tan fuerte que le quedaba toda la espalda marcada durante días. La sala estaba fría y había corriente de aire, y los críos temblaban y solo querían irse a casa. Pero después eran conducidos en manada afuera hasta la piscina, con los pies sobre el frío suelo de afiladas baldosas que cortaban la piel, mientras el cruel profesor de natación controlaba los movimientos de las piernas. Los que lo hacían mal, los que no apoyaban bien la planta de los pies, recibían una patada de los zuecos de madera blancos. Durante toda su vida Leo relacionaría aquellos cuerpos tiernos y calientes de niños pequeños en habitaciones frías y alicatadas con las imágenes que por aquella misma época empezó a ver de los campos de exterminio nazis de Polonia. El patrón era exactamente el mismo: gente desnuda, privada de cualquier vestigio de dignidad, expuesta a los arbitrarios experimentos de sus presuntos superiores. En un poema, probablemente de mediados de los años sesenta, Leo Morgan escribió con su más cruel humor: «En alguna parte hay una radio/que solo emite cifras / quemadas en la piel / desde las claras salas / donde los nazis escriben a máquina/las actas inmaculadas del exterminio/del último baño de toda la raza…». Era lo que la desnudez y los baños significaban. Estar desnudo significaba ser vulnerable. Leo quería permanecer vestido. Necesitaba protección en este descarnado mundo.

«Parece que va a llover, dijo el chico metiéndose bajo su falda.» Ese era uno de los innumerables proverbios con que las mujeres de Storm afrontaban el mundo. Podría ser el epitafio para la lápida de Leo Morgan: prácticamente se pasó toda su vida al calor del hogar, inclinado sobre gruesos libros. El chico leía de todo. Ya con diez años dejó a un lado los cuentos y los libros juveniles rebosantes de suspense y aventuras que llenaban de asombro a Henry. Leo leía libros de ciencia. Quería saber cómo era el mundo, cómo era el espacio, cómo era el fondo del mar. Leyó a Brehm, astronomía, relatos de las expediciones de Heyerdahl, Bergman y Danielsson. Eran las cosas que interesaban a un botánico, filatélico y ángel divino como Leo Morgan.

Con Henry era peor. Por lo que respecta a la natación, ya se ha dicho que era el mejor de la región. Henry se movía como pez en el agua, incluso mejor que los lugareños acostumbrados a ella. En 1953 fue seleccionado por una compañía cinematográfica para protagonizar una película divulgativa sobre natación, Calle aprende el estilo crawl, una actuación que probablemente marcó el resto de su vida.

En cuanto empezaba a llover -en otoño podía llover en la isla de Storm durante semanas seguidas-, Henry el naturista salía en mangas de camisa a buscar lombrices para sus cañas de pescar y era necesaria más de una reprimenda para conseguir que volviera a entrar en casa. Tenía una especie de sistema camaleónico para regular su temperatura corporal, al igual que su abuelo, el constructor de barcos, que podía estar en pleno invierno cepillando tablas y cuadernas en el cobertizo de los botes sin guantes y solo con un gastado chaleco térmico sobre la camisa.

Henry era el protegido de su abuelo. Siempre había sido así. Era su ayudante en el cobertizo de los botes. Nos les afectaban en absoluto ni el viento ni el mal tiempo. Eran hombres, y el hogar de un hombre era el mar. Todos los veranos Henry salía a mecerse sobre las olas en el barco de vela que su abuelo el constructor de barcos había hecho. Nunca se sintió solo, nunca tuvo miedo ni se sintió perdido. Decía que, cuando estaba en el mar una semana seguida sin tocar tierra, siempre se encontraba con un montón de gente. En medio del mar abierto podía encontrarse con un remolcador de troncos o con una canoa rumbo al archipiélago finlandés. En una ocasión, aseguraba, había navegado tan lejos hacia el este que ya no sabía dónde se encontraba ni cómo orientarse. De pronto se encontró con un solitario pescador de arenques que hablaba ruso. Entonces tuvo que dar la vuelta. Lo peor de todo fue cuando Henry el navegante, sentado solo en uno de los arrecifes más alejados del archipiélago, vio una sirena nadando hacia una roca para limpiarse las escamas. Eso era lo que intentó hacerle creer a su hermano pequeño por la noche cuando debían estar durmiendo, después de que Henry regresase de surcar los anchos e infinitos mares.

Ya hacía tiempo que Henry y su abuelo habían decidido construir juntos un gran barco. Siempre estaban hablando de ello, y las pocas cartas que Henry redactó en su vida las escribió en invierno en su casa de la ciudad para explicarle a su abuelo las ideas que tenía para la construcción. Durante el verano se pasaban el día fantaseando con aquel maravilloso barco, diseñando detalles, ideando soluciones prácticas y planeando ambiciosas rutas para navegar por mares exóticos.

El abuelo no recibía muchos encargos en aquella época, básicamente sencillos botes de remos para los veraneantes. De vez en cuando construía pequeños esquifes para yates. Los grandes encargos habían desaparecido.

El abuelo esperaba tranquilamente a que llegara su jubilación, y aquel sería el momento en que él y Henry llevarían a cabo sus planes de construir el maravilloso velero. Los bocetos y dibujos iban convirtiéndose poco a poco en auténticos planos. Hacia finales de los años cincuenta los planos empezaron a adoptar la forma de un magnífico barco de quilla cuyas cuadernas se levantaban, una tras otra, con el rigor consumado de todo un experto constructor de barcos. La gente de la isla empezó a hablar de Jansson y su Arca. Pero para el abuelo no había nada de religioso en todo aquel asunto, sino más bien en su jubilación. Para Henry, por su parte, aquello era una especie de visión.

Herbario sería, no obstante, una especie de despedida de aquel idílico lugar llamado isla de Storm en el que Henry y Leo Morgan habían pasado los largos veranos. La ingenua dulzura de la infancia -que, en el caso de Leo, no había sido exactamente dulce- iba a ser reemplazada abruptamente en el verano de 1958 por la salobre amargura de la Vida.

Era la noche del solsticio, y en Storm se celebraba aquella fiesta pagana como en todas partes, con bailes y juegos alrededor de un tronco cubierto de hojas formando una cruz, de cuyos extremos, en lugar de las habituales coronas, colgaban dos peces hechos con hojas. Aquella era una tradición local a la que la gente de la costa no pensaba renunciar.

Contados a todos los veraneantes, en el prado habría cerca de un centenar de personas ataviadas para la fiesta, animadas y alegres. En varios puestos se vendían zumos, bollos y salchichas calientes, y los muchachos competían para ver quién podía engullir más salchichas. Leo no participaba nunca en esas pruebas de fuerza. No tenía ninguna posibilidad, ni tampoco le importaba. Estaba más interesado en el baile de los retrasados mentales. La población de Storm se había visto afectada por la endogamia y, cuando llegó el momento del baile de las ranas, un par de chicos retrasados empezaron a dar saltos frenéticamente, como si tuvieran que desfogarse de golpe de las ganas de jugar reprimidas durante todo un largo invierno. A los chicos se les caía la baba, locos de contento, y nadie interfería en su divertimento: podían disfrutar a su antojo. La noche del solsticio era su gran festival.