Quizá fuera precisamente en aquella noche de solsticio cuando Leo juró a la serpiente su devoción llena de odio, porque de golpe entendió que él mismo era inconsolable. De repente -sin aviso, sin que una sola campana de Storm sonara para advertir a la gente de la catástrofe-, aquella noche de verano se vio iluminada por una luz terriblemente brillante, diáfana y despiadada, como lo es siempre lo inconcebible. Leo acababa de llegar a casa desde los escollos cuando sonó la alarma. De pronto la gente empezó a gritar con voces estridentes pidiendo ayuda. Leo oyó un gran lamento distante procedente de la playa, y se dirigió corriendo hacia allí. Pudo ver el acordeón rojo y cromado de su padre brillar al sol de la mañana sobre una roca cerca de la orilla. Pudo ver a su abuelo, a Nils-Erik y a algunas mujeres que arrastraban algo fuera del agua. No se veía a Greta por ninguna parte, pero Leo oyó cómo todos pronunciaban su nombre. Alguien debería ir a buscarla. Cuando el abuelo vio a Leo le gritó que se detuviera, que se quedara quieto donde estaba, que se marchara a casa o a donde fuera. «Pobre muchacho», oyó decir a una de las mujeres que se dirigía corriendo hacia él y lo tomaba entre sus brazos sollozando y diciendo que aquello era tan horrible, tan espantoso, y Leo notó que la señora olía a café, café recién hecho. Lloraba apoyándose en el pequeño hombro de Leo, apretando su rostro contra el de él, y entre sollozos hablaba del padre de Leo, el Barón del Jazz, y decía que «había sido» tan buena persona, tan alegre y demás. Y después Leo ya no oyó nada más. Leo no oyó nada y no dijo nada, pero vio todo lo que no debería haber visto tan claramente como si se hubiera tratado de una ilustración de Los viajes de Gulliver.
Exactamente veinte años después, Henry Morgan y yo estábamos en el cementerio de Skog encendiendo velas por los muertos. Era el día de Todos los Santos, y Henry me explicaba que durante el entierro había aullado y gemido como un becerro. Había intentado comportarse como un hombre y aguantar el llanto, pero sin éxito. Era el final de un largo período de sufrimientos y pesares infernales. De golpe, la noche del solsticio se había hecho inexplicablemente clara mientras remaba de vuelta con aquella chica desde el islote, donde habían hecho uso de un paquete entero de condones tumbados en una vela extendida sobre las rocas. En cuanto puso el pie en tierra, notó que en Storm pasaba algo. Se despidió de la chica, que, con el maquillaje estropeado y algunas manchas en el vestido se fue corriendo hacia su casa. Poco después descubrió lo que había ocurrido mientras él hacía el amor en el islote. Henry se sintió tan avergonzado que perdió por completo los estribos. Se dirigió como una tromba hacia el cobertizo y allí empezó a destrozar a golpes de hacha el Arca, que permanecía allí como un fragmento de un sueño realizado. Si el abuelo no lo hubiera empujado y tirado al suelo y le hubiera quitado el arma, lo habría destrozado totalmente. Tras aquel intermezzo, Henry pareció cambiar por completo de actitud y se dedicó aún con mayor ahínco a reparar los daños. Se pasó un día entero dándole al hacha, a la sierra y al formón sin descanso, para reparar el barco lo mejor que pudo. Todo aquel tiempo estuvo llorando, con las lágrimas rodando por sus mejillas, por lo que las medidas, cortes y líneas tal vez no quedaron tan precisos como los realizados por el abuelo.
Leo, el pequeño de diez años, refrenó sus emociones e intentó consolar a su madre cuanto pudo. Ella lo llamaba su ángel; se abrazaba fuertemente al pequeño y lo llamaba su ángel. Aunque había estado en el mismo centro de la tragedia, parecía que se hubiera encontrado en el ojo del huracán. Era como si nada de aquello le hubiera afectado, como si hubiera ganado una porción de perfección en lugar de perder algo frágil y perecedero. Todos coincidían en que aquel chico de cara fina y avejentada, de mirada triste y solemne, era digno de admiración.
El duelo se extendió rápidamente por todo el país y Greta se convirtió en una viuda célebre: había muchas personas que compartían su pesar. Naturalmente surgieron ciertas especulaciones referentes a la repentina muerte del Barón del Jazz. Algunas lenguas maliciosas dieron a entender que su muerte no había sido en absoluto fortuita, pero solo eran habladurías. De hecho, el Barón del Jazz estaba en su mejor momento: había atisbado la luz del amanecer de su vida y no tenía motivo alguno para caer en la desesperación.
«HA MUERTO EL BARÓN DEL JAZZ», rezaba el titular del periódico matutino más importante, y su conocido crítico musical dedicó una columna de no menos de treinta centímetros acompañada de una fotografía a la memoria de Gus Morgan. En el artículo elogiaba «su característico tono cálido y lírico, que para muchos ha simbolizado la esencia del jazz sueco; un encuentro entre la violenta nación del oeste y nuestra serenidad nórdica… lo que demuestra tanto la potente originalidad del Barón como la universalidad de la música…». El crítico acababa con unas palabras tan reverentes como conmovedoras: «El parnaso del jazz sueco ha perdido a su barón, a su príncipe heredero».
El cortesano
(Henry Morgan, 1961-1963)
Todo el mundo hablaba del combate allí en el Club Atlético Europa. Todo Estocolmo, toda Suecia, tal vez el mundo entero, hablaba del combate aquel día. Henry, como de costumbre, silbaba «Putti Putti», que se encontraba en la zona intermedia del Top Ten, mientras se sacudía la nieve pesada, húmeda y resbaladiza de sus zapatos y saludaba a Willis, que estaba cambiando una bombilla que se había fundido.
– Ahora eres nuestra última esperanza -dijo Willis-. Tardaremos mucho en tener un nuevo campeón.
– Si es que alguna vez lo tenemos -dijo Henry-. Ingemar nunca se recuperará de ésta, never.
Todo el mundo había escuchado el combate por la radio, la tercera y definitiva pelea entre Ingo y Floyd: el «Momento Decisivo», como se anunciaba el espectáculo en Miami Beach. El KO en el séptimo asalto cayó como un rayo a través de un brillante cielo azul. Floyd había besado la lona en dos ocasiones en el primero, y había recibido bastante en el sexto y también en el último. Los periódicos hablaban de un cuarto combate, pero la gente del mundillo pugilístico sabía que no habría revancha por parte de Ingo. Era demasiado inteligente para ello.