Henry se había pasado casi media noche tumbado delante de la grande y magnífica Philips de Leo. Leo se había quedado dormido antes de que empezara el combate porque el boxeo no le interesaba en absoluto. A Leo le gustaban las flores.
A pesar de la derrota de Ingo, los muchachos del Europa entrenaban como siempre. Se trataba de llegar a convertirse en un nuevo Ingo, como decían los carteles, y quizá aquello ahora adquiría un nuevo significado para algunos. Ahora había realmente un «viejo» Ingo.
– ¡Venga, vamos! -le urgía Willis mientras Henry se ponía los guantes-. Tienes que seguir con el programa. Últimamente no se te ha visto mucho el pelo por aquí.
– He estado estudiando -repuso Henry a modo de disculpa.
– Ya no me creo la excusa de los estudios -dijo Willis-. Tendrás que inventarte algo mejor.
– Lo haré -contestó Henry.
Sonrió entre orgulloso y avergonzado, y empezó a golpear las almohadillas que Willis sostenía en las manos. Willis dedicaba bastante tiempo a Henry Morgan porque ya desde el primer momento había visto algo muy especial en aquel granuja. Era como si Henry hubiera nacido para el boxeo. No era un boxeador bruto; tenía un cuello y unos hombros de constitución fuerte, pero eso no era un lastre. Poseía elasticidad, agilidad, brío y una apropiada dosis de fantasía: sin esas cualidades, se habría convertido simplemente en un toro, un bruto. Además, Henry tenía ritmo. Su padre, el Barón del Jazz, había sido amigo de Willis, porque la ayuda del antiguo campeón había sido requerida para mantener el orden en la entrada de algunos clubes y bares de baja estofa. El Barón del Jazz había actuado en todos los bares de la ciudad. Willis no era ningún experto en jazz, pero cuando el Barón tocaba no podía dejar de escuchar. Tenía algo realmente especial. Todo el mundo sabía que era de familia bien, pero él era muy sencillo, una persona muy normal. Su muerte supuso una gran conmoción. Los periódicos escribieron sobre un accidente, y no había razón alguna para pensar de otra manera.
Willis se hizo cargo de Henry y lo inició en el mundo del boxeo para ayudarle a superar la muerte de su padre. Cuando Henry se ponía los guantes, era casi como si tocara el piano: su estilo era totalmente armónico y sobrio. No había brusquedad, desesperación, sufrimiento o superfluidad en el estilo pugilístico de Henry. Willis nunca había tenido necesidad de ir detrás de él con las tijeras de podar, como solía decir. Cuando los novatos llegaban al Europa, siempre sacaba las tijeras. Tenía que podar y recortar como el jardinero hace con sus arbustos para que adquieran la forma adecuada.
Pero Henry Morgan ya estaba bien podado y recortado; los guantes le encajaban a la perfección, tal como debía ser. En su caso eran otros los motivos de preocupación, porque también era un pupilo problemático. El principal problema era que, en cuanto se programaba un combate con Henry, siempre tenía que haber alguien de reserva a mano. Entrenaba a fondo para la pelea, se preparaba como nunca y alcanzaba su mejor forma física, pero justo antes del combate simplemente desaparecía, se lo tragaba la tierra. Nadie sabía dónde estaba, y lo único que se podía hacer era sacar al mejor reserva disponible, que siempre perdía y sumaba otra derrota para el Club Atlético Europa.
Pero, en las ocasiones en que Henry había llegado hasta el final, lo había dado todo. De la docena de combates más o menos en que había participado, solo había perdido uno. Fue en Gotemburgo, contra un chaval de Redbergslid. Era un club muy esnob.
– ¡Venga, no pares! -gritaba Willis-. ¡Aún te queda un minuto!
En la pared había un asqueroso reloj de cocer huevos, que Willis ponía a tres minutos para que los muchachos entrenaran el tiempo que duraban los asaltos. En las pausas, Henry seguía saltando como impulsado por un muelle para mantener el ritmo cardíaco. Se sentía un poco pesado, pero no quería que se le notara porque había estado fumando y trasnochando demasiado, algo que a Willis no le haría mucha gracia escuchar. Henry no quería reconocer que no se encontraba bien porque no quería defraudar al viejo. Había otro combate en perspectiva.
– Tengo planes para ti, Hempa -dijo Willis-. Deberías volver a pelear en Gotemburgo.
– No me gusta esa gente de Gotemburgo -repuso Henry-. No pelean limpio.
– No quiero escuchar más lloriqueos, joder -dijo Willis enojado-. Hay una velada dentro de unas semanas. Podría conseguirte un buen sparring hacia el final. Y después vienen los campeonatos de Suecia. Ya estás apuntado, así que no hay nada más que hablar, ¿estamos?
– Supongo -dijo Henry suspirando.
Después del entrenamiento, se ató meticulosamente la corbata con su habitual y elegante nudo Windsor y examinó su imagen en el espejo. Tenía un pequeño arañazo en el cuello, que se extendía unos centímetros desde la oreja hacia abajo. Sabía que aquello no se lo había hecho ningún guante.
En la calle todo estaba oscuro y húmedo, y había empezado a helar de nuevo. La nieve caía pesada y sorda. Tranvías, coches y autobuses avanzaban a duras penas por la calle Långholm, donde el número cuatro enfilaba hacia el puente de Väster. Henry se caló la gorra sobre su pelo mojado y sacó una elegante pitillera de plata del bolsillo de la americana. Con un mechero Ronson igual de elegante, encendió una colilla color champán que desentonaba bastante con el sofisticado estuche. Este estaba destinado a acoger solo cigarrillos largos, frescos e inmaculados, como lo había estado mientras era propiedad del hombre que respondía a las iniciales W.S.
Henry fue dando un paseo por la calle Horn hasta Zinkensdamm, donde compró el periódico de la tarde, y después giró hacia la calle Brännkyrka. Delante de su edificio, cogió un puñado de nieve, hizo una bola y la tiró contra la ventana de Verner, en el segundo piso. Verner había cambiado mucho, se había vuelto muy raro, como decían algunos. Henry esperó un rato y al cabo vio aparecer la cabeza de Verner en la ventana. La estaba sacudiendo en gesto de reproche por haber sido molestado mientras realizaba concienzudamente sus deberes. Tendría que dejarlo. A Verner no le hizo ninguna gracia.
Henry y Verner habían sido amigos desde pequeños. Por aquel entonces, la habitación de Verner -tenía su propia habitación porque era hijo único y su madre también estaba sola- olía a pastillas Meta para máquinas de vapor. Un año, por Navidad, le regalaron una auténtica máquina de vapor. Inventor por naturaleza -aunque aquello fue mucho antes de que el jovenzuelo con granos Verner Hansson fundara el Club de Jóvenes Inventores en el instituto Södra Latin-, construyó una serie de accesorios que podían acoplarse al aparato de vapor. Se trataba de sierras, cepillos, cascabeles y toda una serie de aparatos carentes por completo de sentido, que lo único que hacían era básicamente moverse.
Henry no tenía ni de lejos el talento tecnológico de Verner, pero poseía un auténtico don para hacer chapuzas con cualquier cosa que se moviera. Por su parte, Verner y Leo podían pasarse días y semanas seguidas construyendo realistas maquetas de casas, aviones y automóviles -fue justamente aquella tenacidad fraternal y obstinada lo que los unió, aunque también fue lo que los separó de los chavales impacientes, distraídos y peleones del barrio-, para después colocar en estantes sus modelos meticulosamente montados y de vez en cuando lanzarles miradas satisfechas.
Henry no tenía paciencia para aquellas cosas. Sus maquetas siempre quedaban como desgarbadas, como monstruos a medio acabar. Los aviones debían ser inexorablemente probados, y los lanzaba desde la ventana del cuarto piso, de modo que acababan hechos añicos en la acera, siempre para gran sorpresa de Henry. Las maquetas de automóviles eran colocadas entre el tráfico, donde acababan pulverizadas bajo las ruedas de los auténticos vehículos, y en consecuencia Henry no poseía ninguna maqueta montada por él mismo. Por otra parte, no merecía la pena conservar ninguna de sus creaciones. Siempre creyó que se podía aplicar pintura sobre los ensamblajes mal hechos y otros fallos cometidos por haber cortado, serrado o limado con demasiada prisa y avidez. Pero eso solo conseguía empeorarlo. Extrañamente, la pintura y el barniz tenían el efecto de hacer resaltar el fallo de manera aún más evidente.