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Así que Henry era un tramposo y un chapucero y, por lo que sé, con los años no mejoró apenas. Aunque cuando alguien lo pillaba y descubría el truco, ya fuera el profesor de trabajos manuales o algún jugador de póquer, siempre sabía salir del atolladero hablando: podía llegar a desquiciar a cualquiera. Ahí radicaba su gran talento. Tal vez el Arca -el gran barco que había empezado a construir junto a su abuelo en la isla de Storm, en el archipiélago- fuera la única excepción. Aunque tampoco llegaría a terminarla.

Es probable que Verner fuera la única persona totalmente inmune a los subterfugios y las excusas de Henry. Verner lo veía venir. Por eso nunca le perdonó que desmontara aquella impresionante máquina de vapor para una limpieza innecesaria e inútil, después de la cual nunca más volvió a funcionar. Verner se puso hecho una furia y dijo que jamás le perdonaría, pero eso poco preocupó a Henry. Siguió jugueteando con todo aquello que se moviera, y además había descubierto algo con movimiento mucho mejor que la máquina de vapor. Henry había comenzado a tocar dixieland. Formó un grupo en la escuela, que pronto se ganó bastantes admiradoras que se movían de forma considerablemente más excitante que una trivial y pueril máquina de vapor.

Henry llegó a casa justo para la cena. Leo salió de su habitación, dejando atrás los libros o la colección de sellos o el herbario, y no saludó a nadie. Tenía muchas cosas en la cabeza. Greta se quedó mirando a Henry cuando este se sentó a la mesa de la cocina. No necesitaba decir nada: él sabía exactamente lo que su madre quería escuchar, pero no pensaba complacerla. Greta solo quería escuchar unas pocas palabras acerca de dónde había pasado todas aquellas noches que no había ido a casa. La noche anterior había llegado justo a la hora del combate entre Ingo y Floyd, y al parecer era el único motivo que había tenido para ir a casa. Simplemente quería escuchar unas sucintas palabras para asegurarse de que no estaba haciendo nada malo por las noches. Últimamente se estaban cometiendo muchas fechorías nocturnas en la ciudad. Había leído en los periódicos acerca de la horrible banda de Spilt en Östermalm, cuyos miembros asaltaban y robaban a la gente, se drogaban, perpetraban atracos y toda suerte de delitos. En los jardines de Björn había otra banda, mientras que la banda del Metro centraba sus actividades delictivas en la red metropolitana. Parecía como si toda la ciudad hubiera sido tomada por gánsteres. La policía estaba desbordada y era incapaz de mantener el orden. La cosa estaba tan mal que incluso los rockeros tenían que reunirse en la iglesia de Liljeholmen.

Greta quería tener una mínima garantía de que Henry iba por el buen camino, porque no quería enterarse por terceros de posibles descarríos. Si estaba pasando algo, quería ser la primera en saberlo. Era lo menos que podía esperar, como solía decir una y otra vez desde que se había quedado sola con los chicos. Henry le había prometido que la mantendría informada. Y casi siempre lo hacía, pero de un tiempo a esta parte se había mostrado menos comunicativo y entre semana pasaba muchas noches fuera. Eso no le gustaba nada a Greta.

En los últimos tiempos algo había ocurrido con Henry: de repente, se había hecho muy mayor. De pronto parecía como si hubiera pasado mucho tiempo desde que fuera aquel chiquillo lleno de grandes ideas. Siempre había sido el que vendía más cupones para la rifa navideña de la Asociación Atlética, que empezaba ya en agosto. Era el que repartía más propaganda por los buzones y el que recogía más botellas vacías. Había organizado a los chicos del edificio para la recogida de cascos de una forma más eficiente. Les habían dejado un lugar en el sótano, donde guardaban cientos de botellas antes de llevarlas en cochecitos de bebé a la tienda estatal de bebidas para canjearlas por dinero.

Pero de aquello hacía ya mucho tiempo. Henry continuaba boxeando, pero lo que más le interesaba eran el dixieland y las chicas. Eso podía verlo Greta. De repente, Henry se había convertido en un hombrecito.

Pero aquella noche de invierno de finales 1961 estaba cenando en casa, comiendo como un animal, y eso era suficiente para tranquilizar un poco a cualquier madre preocupada. Henry se metió entre pecho y espalda cinco rollos de col con confitura de arándanos rojos y como mínimo otras tantas patatas. Leo se limitó a picar un poco, mientras Henry cortaba entre bufidos unas lonchas de queso Raket gruesas como listines telefónicos. Pero, por lo menos, Leo hacía los deberes. Era tan brillante que lo habían pasado a un curso superior en la escuela. «Imagina por un momento que esos dos hubieran sido un chico solo», solía decir el abuelo. Aquel horrible pensamiento encerraba mucho.

– Comed las hetwäggen, hijos -dijo Greta poniendo sobre el hule un par de platos con bollos rellenos de nata y unos vasos de leche caliente. Seguramente era la única en toda Suecia, aparte de los extranjeros y la familia que aún vivía en la isla de Storm, en el archipiélago, que decía hetwäggen en lugar de semla.

Henry se zampó las dos semlas con leche caliente mientras al mismo tiempo escuchaba la radio y leía el periódico vespertino. Todo el mundo comentaba el combate, y Henry se limitaba a cabecear. Ingo estaba acabado, para siempre. Y a Henry tampoco le iba mucho mejor. También se sentía acabado, y se acostó muy temprano. Leo se quedó haciendo sus deberes en la cocina, mientras Greta planchaba camisas. Encontró una que Henry afirmaba haber comprado. Llevaba las iniciales W.S. por dentro del cuello. Como estaba tan abstraída en sus pensamientos, aquella camisa quedó especialmente bien planchada. No me sorprendería que aquí o allá el algodón se hubiera humedecido con sus lágrimas, aunque pueda sonar demasiado empalagoso.

«Todo ocurría como aquí en la Tierra… Mi escritura era la misma a pesar de que mis manos no pesaban nada. Pero tenía que agarrar fuerte el cuaderno para que no saliera flotando», dijo Gagarin. Sucede lo mismo con los hermanos Morgan. Tienes que aferrarlos, fijarlos en escenas para que no se alejen flotando en la memoria y en el espacio eternamente helado de la mente… como en una terrible pesadilla de la que quieres liberarte, una y otra vez.

Tal vez fuera el extraordinario talento de Henry para vincular su vida con los grandes acontecimientos históricos lo que le llevó a asegurar que se encontraba tendido en el regazo de Maud la mañana en que el mundo supo que Yuri Alekséievich Gagarin había dado una órbita alrededor de la Tierra. En cualquier caso, a ninguno de ellos le importaba un carajo el tal Gagarin.

Maud se levantó y se dirigió a la ventana, subió la persiana y miró hacia la calle Östermalm y la iglesia de Engelbrekt, cuyas campanas daban las nueve. Vivía en un edificio de ladrillo inglés cubierto por la hiedra en la calle Frigga, en el barrio de Sånglärkan. Tenía un bonito apartamento, lleno de tallas de madera eróticas procedentes de Indonesia.

– Ya es primavera, Henry -dijo-. ¡Escucha! -Abrió la ventana. Los pájaros trinaban y los tejados y la acera olían exactamente como deben oler al ser calentados por el sol de abril-. Dentro de poco empezarán a caer los carámbanos -dijo mirando uno enorme que apuntaba como una lanza hacia la calle-. Me dan miedo los carámbanos…

– Es solo agua. Y están de muerte en las copas.

– Eres un tipo muy duro, ¿verdad?

– No puedo negar que tengo algunos músculos -dijo Henry masajeándose el bíceps derecho-. Al menos, no tengo miedo de los carámbanos. Pero a mi hermano Leo… a ese sí que le aterran. Tiene miedo de casi todo. A veces le dan auténticos ataques y tiene que meterse en cama, y se pasa delirando toda la noche. Mi madre tiene que ponerle toallas frías sobre los tobillos y la frente para calmarle.