Era innegable que tenían una imagen de grupo de culto. Dos de ellos lucían boina negra, y otro llevaba barba y el pelo largo por debajo de la nuca. Pero el cuarto no aparecía. Tres cuartas partes del Bear Quartet estaban allí sentadas sobre el escenario: el batería, el bajo y el saxo tenor, pero faltaba el pianista. Debía de estar en algún lugar del club, pero nadie sabía exactamente dónde.
De pronto el saxo tenor, que era bastante alto, se levantó y empezó a avanzar entre las mesas y el público, y se dirigió directamente hacia Henry, que se estaba tomando una cerveza Kornett para apagar su sed tras la actuación.
– Tú eres Henry Morgan, ¿verdad? -preguntó el tipo desde detrás de sus gafas de sol.
– Sí, soy yo -dijo Henry.
– Conocí a tu padre. Habíamos pensado dedicarle una canción a su memoria esta noche. Era muy bueno. Uno de los mejores.
Henry no sabía muy bien qué decir. Tampoco sabía muy bien qué hacer cuando poco después volvió a subir al escenario para tocar con el grupo.
– Bueno -dijo el saxo tenor al público-, el caso es que nuestro pianista acaba de ponerse indispuesto en el bar y ha tenido que marcharse. No sabemos bien adónde -continuó-, pero por suerte hemos encontrado a alguien para cubrir su hueco, alguien a quien ya habéis visto antes. -Al parecer, era el único miembro del Bear Quartet que se dirigía al público. El batería jugueteaba con las baquetas por encima de la cabeza, mientras que el bajo se apoyaba con aire meditativo en su contrabajo. Henry estaba nervioso, pensando que se olvidaría de los acordes garabateados en un trozo de papel que descansaba sobre el piano-. Esto va a ser un poco ad lib -dijo el tenor al público-. Ya saben, improvisado. Vamos a empezar con una pieza titulada «The Baron», que está dedicada al Barón del Jazz.
El saxofonista dio la entrada al cuarteto, y empezaron a tocar. Era un tema suave y elegante, justo como Henry quería que sonara, y solo se perdió en una ocasión. Tras un largo solo de saxo, volvió a entrar y lo hizo realmente bien. El público vibraba y aplaudió con ganas. Henry continuó tocando toda la noche con el Bear Quartet, tomándose todo aquello como la gran oportunidad que en realidad era.
La velada llegó a su fin a eso de las dos de la madrugada. Solo quedaba un puñado de auténticos entusiastas cuando el saxofonista con boina y gafas de sol tocó el último solo, al más puro estilo vanguardista.
A Henry le invitaron a una Kornett, y se sentó a una mesa con un cigarrillo para relajarse un poco. Se sentía exhausto, y aún no comprendía muy bien el alcance de todo aquello.
– Ha salido condenadamente bien, muchacho -dijo el saxo tenor sentándose a su mesa-. Me llamo Bill.
Se estrecharon la mano, y el saxofonista llamado Bill se echó a reír, revelando una gran dentadura blanca en medio de su cara sin afeitar. Fue en ese momento, lejos de las luces del escenario, cuando se quitó las gafas de sol para apoyar un momento la fría botella de cerveza contra sus párpados.
– Una gran noche, Bill -dijo una chica en la oscuridad-. Una gran noche.
– Claro -dijo Bill-. Creo que no conocéis a Henry Morgan -continuó, señalando a Henry con la cabeza-. Ha sido nuestro ángel de la guarda esta noche. Te presento a Eva y a Maud.
La chica llamada Eva se acercó a la mesa de los músicos llevando consigo a la llamada Maud. Las dos parecían tener la edad de Henry, auténticas chicas dixieland con pantalón elástico negro y jersey islandés. Seguro que también llevan trencas con capucha cuando hace frío, pensó Henry.
– Se te ve muy gracioso con esa corbata -dijo Eva. Henry se sintió un tanto avergonzado y ofendido, y ella lo notó inmediatamente-. No te lo tomes a mal. Bill no tiene mucho mejor aspecto.
– Bueno… ¿qué hacemos ahora? -dijo Bill.
– Podemos ir a mi casa, si queréis -dijo la chica llamada Eva mirando a los que estaban en la mesa.
– Pues claro que queremos -dijo Bill-. ¿Tú qué dices, Henry?
– Muy bien -contestó Henry-. Pero antes tengo que comprar cigarrillos.
Se acercaron a los otros miembros del cuarteto, que estaban bebiendo una botella de vino con un aspecto aún más introspectivo si cabe, y Bill estableció la hora del siguiente ensayo. Después dijo algo sobre Henry que este no pudo oír.
Aquella madrugada de principios de marzo hacía un frío desapacible y opresivo. Eva y Maud, efectivamente, llevaban trencas con capucha, pero aun así tenían frío. A aquellas horas no había autobuses ni tranvías, pero por suerte Eva vivía en Odenplan, así que solo tuvieron que subir por la calle Drottning. Estaban hablando de París; todos habían estado allí… salvo Henry.
– París es la ciudad, sin duda -decía Bill tiritando-. Allí nunca hace este jodido frío. Y si hace una noche fría, siempre hay un montón de bares para entrar en calor. Mucho calor…
– El pasado otoño vi una noche a Sartre -dijo Eva-. Era muy bajito y encantador.
– Sartre es lo más fuerte -dijo Bill-. Las manos sucias, ¡joder, menuda obra! Tan poderosa…
– ¿Has leído algo de Sartre? -preguntó la chica llamada Maud, cogiendo a Henry del brazo.
– Leo muy poco -dijo-. Bueno… Damon Runyon, quizá. Ellos y ellas, ese me gusta.
Comprendió que Bill y aquellas chicas no eran como la gente con la que estaba acostumbrado a tratar. Eran gente muy puesta, que había leído a aquel francés pelmazo del que siempre hablaban los profesores en el instituto. Henry leyó Ellos y ellas y le pareció bueno, pero nunca había abierto un libro de Sartre. Y tampoco pensaba que fuera a hacerlo nunca.
– Ellos y ellas no está mal -dijo Bill-. Pero tienes que leer a Sartre. Las manos sucias. Si lees a Sartre, entenderás mejor de qué va el jazz.
– ¿Y eso? -dijo Henry un tanto molesto.
– Bueno… trata de los temas fundamentales. Como el jazz auténtico. No el dixieland. ¿Sabes?, sientes que tienes que elegir una cosa u otra. Te enfrentas a una elección con varios caminos que pueden ser el correcto, y te sientes angustiado porque justo en ese momento no sabes qué camino tomar. El que parece bueno hoy puede ser erróneo mañana, y te quedas allí plantado como un idiota, desconcertado. Siempre y cuando no creas en Dios, claro está.
– Me duele el estómago -dijo Eva-. Me duele el maldito estómago.
– Es por el frío -dijo Bill metiendo una mano por dentro de su trenca-. Ojalá estuviéramos en París.
El apartamento de Eva era frío y anticuado. Encendieron inmediatamente la estufa, usando cajas de azúcar vacías. Bill empezó a hojear uno de los muchos libros que había de Dostoievski, y Henry echó un vistazo a los discos. Enseguida se sintió como en casa.
La chica llamada Maud trajo una bandeja con tazas de té y panecillos suecos y la colocó enfrente de la estufa.
– ¿Qué haces cuando no estás tocando? -le preguntó a Henry.
– Todavía voy al instituto -dijo Henry, irguiéndose un poco.
– ¿Cuántos años tienes? -preguntó ella un tanto sorprendida.
– En junio cumpliré dieciocho.
– ¡Un pipiolo! -gritó Bill-. Tienes toda la vida por delante.
– Y tú, ¿cuántos años tienes?
– Eso no se le pregunta a una señorita -dijo Maud.
– Estos vejestorios tienen veinticinco años -dijo Bill-. Ya están muy pasadas.
Maud sonrió y se fue a la cocina a decirle algo a Eva. Henry supuso que tenía que ver con él, porque ambas se echaron a reír. Se sintió definitivamente como un pipiolo dentro de aquel grupo. Pero también se sentía como en casa.
Al cabo de un rato, Bill puso un disco de absoluta novedad en el que, según dijo, tocaba un saxofonista tenor condenadamente bueno llamado John Coltrane. Era My Favourite Things, y sonaba como algo que nunca hubiera escuchado. Los cuatro se tumbaron en el suelo delante del fuego de la estufa y cerraron los ojos para impregnarse del nuevo John Coltrane, que soplaba de forma tan elegante y vaporosa como era posible a aquellas horas de la madrugada. Bill dijo que sonaba como en París. Henry se quedó adormilado. Sintió que una mano le acariciaba el pelo, pero no se preocupó en saber de quién era. Se quedó mirando el paisaje que las llamas formaban en la estufa. Era un paisaje oscuro y ardiente de lava que latía de forma constante y cambiante. Y el aire del instrumento de Coltrane insuflaba vida a las brasas hasta llegar a ese calor blanco que convierte las ascuas en nada, en cenizas.