Maud regresó de la cocina llevando una bandeja con whisky, cubitos de hielo, soda, ginebra y grappa. Podía escoger lo que quisiera. Henry eligió whisky.
– Ahora quiero escuchar este -dijo Maud levantándose del sofá.
Había estado tumbada con la cabeza sobre las rodillas de Henry, escuchando a Sibelius, y casi se quedan dormidos los dos. Henry se había adormilado por el whisky, y olvidó preocuparse por lo que hacían sus manos. Cuando Maud se tumbó con la cabeza apoyada en su regazo, él no había sabido qué hacer con las manos. ¿Debería acariciarle el pelo, rozarle las mejillas, posarlas sobre su pecho? Pero entonces se había quedado casi dormido, sumido en la música y sintiéndose muy relajado.
– Esta es mi canción favorita -dijo Maud, y puso «Haz girar mi mundo», de Jan Malmsjö.
La canción era todo un éxito, pero a Henry nunca le había gustado demasiado; además, nunca había estado en ningún cabaret o teatro donde se tocara ese tipo de canciones francesas. Esos lugares eran frecuentados principalmente por intelectuales que hablaban de París y de Sartre, gente como Maud y Eva y Bill del Bear Quartet.
Maud se sabía la letra y la cantó bajito, mirando a Henry sin pestañear. Él encendió un cigarrillo y pensó que la canción no estaba mal.
En esta ocasión no estaba amaneciendo, sino anocheciendo. Se habían quedado dormidos en la cama, y Henry se despertó cuando empezaba a oscurecer. Apartó con cuidado a Maud, que se había quedado dormida sobre su brazo, encendió un cigarrillo y se quedó mirando por la ventana.
Debían de ser las cinco de la tarde. La gente volvía a su casa del trabajo. Maud y Henry habían almorzado, habían ido al apartamento, se habían tomado un par de copas, escuchado música y hablado un poco sobre saltarse las clases del instituto. Después habían hecho el amor. No habían tardado ni cuatro horas en hacerlo todo. Debe de ser mi récord, pensó Henry.
Exhaló el humo hacia el techo, sintiéndose más asocial que nunca. En una época había faltado mucho al instituto, pero había sido para trabajar, entrenar boxeo o ensayar con el grupo. De pronto, todo aquello le parecía banal e inocente comparado con esto. Hasta ahora nunca se había acostado con una mujer en pleno día, y aquello le hacía sentirse muy bohemio.
El lunar en la mejilla derecha de Maud no era auténtico. Henry se lo había quitado a besos.
– Tienes que irte -dijo Maud en cuanto se despertó, se levantó y se puso un albornoz.
– ¿Irme?
– Sí, irte -contestó secamente-. No preguntes tanto, ya te lo explicaré después. Tienes que irte. Ya es muy tarde.
Henry no entendía en absoluto lo que estaba pasando. Le parecía que aquella chica cambiaba de humor muy deprisa. ¡vete! Sonaba como una orden. ¡vete! Con un gran signo de exclamación.
– ¿Estás casada? -le preguntó mientras se ponía los pantalones.
Maud se echó a reír, no con una risa nerviosa ni maliciosa, sino con una risa franca y cálida.
– No me había dado cuenta antes -dijo sin dejar de reír-. No me había dado cuenta de que llevas una bragueta con botones.
Henry también rió y empezó a toquetearse la bragueta más de lo necesario.
– No, jovencito -dijo Maud-, no estoy casada. -Alzó su mano izquierda para mostrar que no llevaba anillo. Llevaba otros muy elegantes, pero ninguno de casada-. No estoy casada y tampoco pienso hacerlo, al menos de momento.
Henry se sentó en el borde de la cama y se puso la camiseta y la camisa, abrochándose los botones más despacio de lo necesario.
– ¿Estás enfadado? -preguntó Maud.
Él contempló su espalda mientras se peinaba sentada frente al tocador. Tenía un porte magnífico, como una amazona erguida de uno de los cuadros que había en casa del abuelo en la calle Horn.
– Claro que sí. No me gusta que me echen.
– Nadie te está echando, Henry, pero tienes que irte.
– ¿No puedes decirme por qué?
– Ahora no. No lo entenderías. Más adelante. En otro momento.
– Muy bien -dijo Henry, abatido-. Me voy, pero…
– ¿Pero…?
– Pero no pienso volver.
– ¡No digas tonterías! -dijo Maud, sin parecer preocupada en lo más mínimo.
La amenaza no cuajó, ya que Henry no logró que sonara convincente porque él mismo no estaba convencido.
– All right, he dicho una estupidez -reconoció.
Maud se volvió de espaldas al espejo del tocador cuando él empezó a hacerse el nudo de la corbata.
– Esa corbata… -empezó-. Puedo darte una nueva, si quieres.
– ¿Tienes corbatas en casa? ¿Y no estás casada? Realmente eres bastante excéntrica.
Maud se echó a reír de nuevo con su risa desenfadada.
– Mira en ese cajón -dijo señalando un cajón de la cómoda que había debajo de la ventana que daba a la iglesia.
Henry encontró que estaba lleno de corbatas, corbatas exclusivas de Morris & Silvander, así como de Inglaterra y de Francia. Corbatas caras, sin las arrugas ni los pliegues de los nudos que llevan hechos varios días.
– Debe de cambiarse de corbata cada día, como mínimo -dijo Henry-. Además, tiene muy buen gusto. Un buen sueldo, viaja mucho, y mide alrededor de un metro ochenta, descalzo.
– Perry Mason nunca se pone celoso -dijo Maud.
– Ni yo tampoco. Solo soy curioso por deformación profesional.
Era curioso por deformación profesional, y también un mentiroso de cuidado. Por supuesto que Henry estaba celoso, pero no sintió aquella punzada en el pecho que había experimentado anteriormente. Esa vez era diferente. Maud era una mujer adulta, de veinticinco años, aun cuando con unos suaves brochazos muy bien estudiados y calculados, unos cuantos toques de pintalabios y la ropa adecuada podía parecer una quinceañera. También podía comportarse como una señorita y una chiquilla al mismo tiempo. Henry no lograba entenderla, y tampoco podía comprender sus sentimientos hacia ella. El amor era odio y celos, pero él nunca había sido capaz de experimentar una pasión ciega hasta que se encontró en la misma cama con ella, la vio retorcerse debajo de él y la contempló asombrado como un niño. Ahora solo le quedaba su sabor en la boca. De repente, ella se había convertido de nuevo en una criatura práctica, racional y sin sentimientos.
– Bueno… ¿Quieres una corbata sí o no?
Henry se había sumido en una especie de compostura pragmática y mantuvo su actitud desinteresada.
– No quiero ninguna corbata. La mía ya sirve. No quiero ir por ahí con la ropa de otro. ¡Especialmente la de él!
– Pero si tu camisa está hecha polvo… -dijo Maud-. ¡Mírate los puños!
Henry se examinó los puños por encima de la muñeca. Efectivamente, estaban muy gastados.
– ¿Y qué? -preguntó enojado.
– Toma -contestó Maud sacando del armario una camisa que olía a recién planchada-. Ponte ésta.
Era una elegante camisa de algodón a rayas, y Henry no pudo resistirse. Siempre le habían gustado las camisas recién planchadas, y en este caso la prenda parecía algo menos personal que la corbata. Una corbata es como una firma, como una placa sobre la camisa. Una corbata dice más de su propietario que la pechera misma. Henry no se dio cuenta de que llevaba las iniciales W.S. bordadas bajo el cuello de la camisa, ni de que estaba confeccionada en Inglaterra y era una prenda muy exclusiva.
– Muy bien -dijo cuando estuvo completamente vestido-. Me voy.
Maud salió del cuarto de baño y le dio un abrazo, demasiado ligero y superficial. Él empezó a morderle el cuello, pero ella se liberó de sus brazos.
– ¿Puedes venir el domingo?