– ¿Se habrá ido ya?
– Déjate de tonterías -contestó ella irritada-. No pienses más en él.
– Así pues, el domingo por la mañana. Temprano.
– Temprano -repitió Maud-. Despiértame y desayunamos juntos.
Ya en la escalera, Henry descubrió que llevaba algo en uno de los bolsillos del abrigo. Se trataba de una estilizada pitillera oval de plata. Estaba llena de cigarrillos largos. En la tapa llevaba grabadas las iniciales W.S. Qué manía con lo de meterle cosas en los bolsillos, pensó Henry, mientras encendía un Pall Mall libre de impuestos. Sabía de maravilla.
Al salir a la calle, Henry tuvo la sensación de que algo extraño pasaba. Aquella mañana de domingo se había vestido rápidamente porque iba a desayunar con Maud, y procuró no despertar a Leo ni a su madre. No tenía ganas de que le bombardearan a preguntas, y se escabulló.
Pero en la calle flotaba una sensación extraña, y en la estación de metro de Slussen había bastante ajetreo. Familias enteras estaban en el andén con cestas de comida, periódicos matutinos, bolsas y mochilas; los críos gritaban y chillaban, sosteniendo pelotas de fútbol y cuerdas de saltar. Al principio Henry pensó que se trataba de gente normal que aprovechaba el domingo para irse de excursión, ya que ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que se había levantado tan temprano un domingo por la mañana.
Llegó el metro y los vagones se llenaron de gente bulliciosa. Henry se encontró arrinconado por una anciana sonriente que llevaba una gran cesta y sus cuatro nietos.
– Hemos salido bien de tiempo -dijo la anciana-. Escopeteados, como suele decirse -añadió, cabeceando conspiratoriamente.
El vagón entero parecía bullir en un aquelarre de complicidad. Henry no entendía en absoluto de qué iba todo aquello, por qué estaban todos tan excitados. Lo que él tenía era sueño, y a punto estuvo de quedarse dormido porque el tren permaneció bastante rato parado en la estación.
Por fin el tren empezó a traquetear a paso de tortuga sobre el puente hacia Gamla Stan, y entonces, de repente, sonó el disparo de salida, o la señal de inicio, o como quiera llamársele. Toda la ciudad empezó a gritar, bramar, chillar, silbar, y Henry se despertó de golpe. No entendía lo que estaba pasando. Se quedó jadeando como un bobo, mirando hacia Riddarfjärden completamente atónito.
Todas las alarmas de la ciudad, el sistema conocido como «Fredrik el Afónico», se pusieron en marcha de repente. Sirenas de ataque aéreo que gritaban de terror y anunciaban guerra y apagones y racionamiento. Un respetable padre de familia bajó una ventanilla y asomó la cabeza, porque el tren se había detenido en medio del puente.
– ¿Le ha despertado la alarma telefónica? -preguntó la anciana de la cesta de comida.
– ¿La alarma telefónica? -repitió Henry.
– Entonces deben de haber sido los altavoces de la furgoneta -dedujo la anciana, cabeceando de nuevo con aire conspiratorio.
Henry, muy lentamente, empezó a entender lo que estaba pasando. Aquello ocurrió mucho antes de Henri le boulevardier, el lector de periódicos, mundano, libertino y vividor. En esa época Henry estaba flotando en una nube de atracción y deseo por Maud, soñando despierto en el instituto y tocando el piano hasta bien entrada la noche. No estaba al tanto de lo que acontecía, y no sabía que justo aquel domingo era el día del gran simulacro de evacuación. Todos los habitantes de Estocolmo -tal como habían ideado y planificado el vicegobernador y sus ayudantes desde sus seguros cuarteles generales- debían salir en desbandada hacia los refugios, el metro y los autobuses para ser evacuados hasta la zona rural de Uppland. No se trataba de Si estalla la guerra. Era como si la guerra hubiera estallado de verdad, al menos para los dirigentes en el centro de operaciones para la evacuación. Sin embargo, el pánico y el miedo a la guerra no parecían especialmente evidentes entre los pasajeros del vagón: era más un ambiente de carnaval, de participar en un gran evento propagandístico o de asistir a una excursión de domingo gratuita. La gente se apretujaba con sus balones de fútbol, cestas de comida y termos, hablando y bromeando en un ambiente cordial.
Cuando el tren entró en la estación de Rådmansgatan, un murmullo se extendió desde el andén hasta el interior de los vagones. Empezó a correr el rumor de que el rey, Su Majestad el rey Gustavo Adolfo VI, así como embajadores, príncipes y princesas de tez oscura, estaban de camino. El vagón se llenó aún más, si es que aquello era posible. Henry estaba ahora apretujado en un rincón y, caballero como era, tenía la cesta de la señora mayor en los brazos. Había observado que todos los hombres, todos los varones cabales, se comportaban de forma atenta y caballerosa con las mujeres y los niños, interpretando el papel de héroes experimentados y criticando a los dirigentes del centro de operaciones para la evacuación por su mala planificación. Los hombres contaban historias sobre su servicio militar y les parecía que todo se estaba haciendo muy lentamente: aquello no funcionaría si la cosa iba alguna vez en serio.
– El rey -dijo la anciana, asombrada y con los ojos brillantes-. El rey…
– Solo es un rumor -dijo Henry.
– Seguro que nunca ha viajado antes en metro.
– Supongo que no. Pero yo tengo que bajar ahora -añadió intentando devolverle la cesta a la anciana.
– ¿Bajar? -dijo la señora de nuevo asombrada-. Pero este tren va hasta Hässelby. Desde allí tomaremos un autobús hasta el campo.
– Tengo que bajar en Odenplan -dijo Henry, porque había pensado ir andando por la calle Oden hasta Lärkstan, donde Maud vivía. No tenía ninguna intención de viajar hasta Hässelby.
Se abrieron las puertas y el andén estaba lleno de gente que empujaba, porque todos querían entrar y nadie salir. Henry no se podía mover. Intentó revolverse y avanzar, pero estaba atrapado en un amasijo de carne de evacuación.
– ¿Qué intentas hacer, muchacho? -preguntó uno de aquellos héroes, un padre de familia orgulloso de su voz de barítono.
– Quiero bajar aquí -repuso Henry tranquilo.
– ¿Bajar? -exclamó Voz de Barítono-. Maldita sea, chaval, vamos a Hässelby y después continuamos en autobús hasta el campo. ¡Aquí no se baja nadie!
Henry empezaba a desesperarse. La gente del andén seguía empujando hacia dentro y no pudo apearse allí. Cuando por fin comprendió que solo era un prisionero de unas maniobras de evacuación, volvió a cogerle la cesta de comida a la anciana y suspiró profundamente. Lo único que quería, lo único en que había estado pensando en los últimos días, era ver a Maud. Y justo cuando estaba a punto de bajar de aquel maldito vagón de metro, toda la ciudad se había puesto a jugar a la guerra, fingiendo que todo Estocolmo debía ser evacuado. Henry se echó a reír. Rió tanto que el sudor empezó a caerle por la frente, y la anciana lo miró desde abajo un tanto incómoda mientras Voz de Barítono lo observaba desde arriba cabeceando.
Henry viajó aprisionado en el vagón hasta llegar a Hässelby. Para entonces, la «guerra» ya estaba en pleno apogeo. En silencio, había pronunciado para sí todos los juramentos habidos y por haber, y estaba terminantemente decidido a coger el primer metro de regreso. En cuanto puso el pie en el andén, Voz de Barítono le agarró.
– Eh, muchacho, ¿puedes echarme una mano? ¿Te importa? -dijo señalando la maneta de un enorme baúl que había llevado consigo en el metro.
– ¿Qué hay dentro? -preguntó Henry.
– Ropa, utensilios de cocina, artículos de primera necesidad -dijo solemnemente Voz de Barítono-. Estoy haciendo una prueba.
– Vaya -dijo Henry.
Voz de Barítono parecía tan grave y serio que Henry no se atrevió a negarse. Juntos llevaron el pesado y aparatoso baúl hasta la plaza, donde había gran cantidad de autobuses esperando. Voz de Barítono dio a su mujer y a sus tres hijos unas breves y precisas instrucciones, izquierda y luego derecha, de lo que debían hacer para llegar a su autobús. Al parecer, le gustaba dar órdenes. Metieron el baúl en el portaequipajes del autobús y Voz de Barítono intercambió unas palabras con el chófer acerca de las características generales del vehículo y cuáles de estas no le parecían especialmente satisfactorias. A Voz de Barítono también le gustaban los autobuses.