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Ella no notó que había estado llorando cuando él se le acercó por detrás. Estaba tumbada sobre la moqueta frente al televisor con la vista fija en el buque real Wasa, mientras Henry descubría cuidadosamente su cuerpo, del modo en que solo puede descubrirse el mascarón de proa de un viejo balandro hundido.

Henry iba al instituto Södra Latin. Había ingresado como un joven pupilo varios años después del suicidio de su famoso alumno Stig Dagerman, y el pánico que le habían producido la película Hets y el libro La serpiente aún acechaba en las sombras terroríficas que la barandilla de hierro forjado proyectaba sobre las paredes. Henry había crecido en sus filas de muchachos sometidos a la rígida disciplina docente, en las colas de gruesos jerséis y cazadoras de gamuza y cuellos bien restregados, muchachos que con los años se van haciendo más grandes y fuertes, sus cazadoras son reemplazadas por abrigos y juegan a ser hombres jóvenes que van a los bares y fuman. Rondaban por los alrededores de la escuela para señoritas de la calle Göt, a la que asistían las muchachas de las zonas residenciales al sur de Söder, que se asomaban y se reían detrás de las cortinas a la espera de ser invitadas al baile del Södra Latin. Era este un instituto lleno de disciplina y rituales masculinos, e imagino que a Henry le fue bastante bien allí. Era pianista y boxeador, pero también fue uno de los que más ruidosamente celebró la llegada, gracias a la nueva ordenanza docente asistida por el derecho parlamentario, de la primera jovencita que cruzaría con sus delicados pies las macizas puertas de aquel instituto para recibir una enseñanza que hasta entonces solo estaba reservada a varones. Aquello fue en el otoño de 1961.

Pero en la primavera de aquel último año de instituto exclusivamente masculino, Henry deambulaba por los pasillos silbando «Tutti Tutti», y se dormía más profundamente de lo habitual durante las clases. El joven Morgan estaba disfrutando de una vida azarosa con una mujer madura.

Su cuarteto, claro está, debía actuar en las fiestas de graduación. Morgan no quería ni pensar en cómo podría soportar otro año más allí cuando aquellos vocingleros recién graduados atravesaron corriendo las pesadas puertas y descendieron al trote las escaleras que había bajo el reloj del instituto, borrachos y alegres, con las lágrimas mezclándose con polvos de tocador, perfume y ponche. Los orgullosos padres daban instrucciones al cuarteto sobre cómo debían sentarse en el tradicional camión que, a modo de carroza, llevaría a los homenajeados por la ciudad, y también que no empezaran a tocar antes de tal o cual momento, pero Henry se pasaba todo aquello por el forro. Tenía que tocar la guitarra porque nadie se atrevía a subir el piano a la caja del camión, y eso lo había puesto de muy mal humor. Por eso le traía sin cuidado si la actuación gustaba o no a quienes la pagaban. Había decidido que esa noche comería y bebería cuanto pudiera, completamente gratis, y después se dirigiría a casa de Maud. Ella se marchaba. Había llorado y había hecho llorar también a Henry. Maud se marchaba y estaría fuera todo el verano.

El cuarteto de Henry tocó todo el repertorio previsto de canciones estudiantiles, y nadie notó lo desafinados que sonaron ni le importó a nadie. Uno de los graduados, un anodino muchacho de Enskede, dio una gran fiesta en su casa. El grupo tocó en ella, y durante las pausas Henry engullía cuanto podía, siempre acompañado de una buena copa situada tras el atril del piano. Se trataba del típico piano de fabricación en serie, comprado para aparentar, que le habían prestado y estaba completamente desafinado.

Después del banquete habría un baile, y todos coincidieron en que querían bailar swing y foxtrot y Elvis, así que el cuarteto podía marcharse. Henry recibió cincuenta coronas del orgulloso padre que, lloroso, agradecido y solemne a la vez, intentó articular unas cuantas frases corteses de agradecimiento hacia los músicos y les deseó buena suerte para el futuro.

Henry consiguió que lo llevaran hasta Hötorget en el coche de unos familiares igualmente llorosos y sentimentales, que llevaban sus birretes de graduación amarilleados por el tiempo. Tomaron por la carretera del túnel, y justo en su interior Henry empezó a silbar «Haz girar mi mundo». El eco hizo que sonara grandiosa, como anunciando una despedida final y definitiva.

Maud llevaba puesto un traje, un traje muy elegante, y un chaleco de polo. Al momento, Henry comprendió que «él» había estado allí. Henry estaba un poco borracho y desesperado, pero intentó ocultarlo. No quería estropear aquella noche, que sería la última durante un período indefinido.

– Pero no se trata de «un período de tiempo indefinido» -dijo Maud, imitando el tono enojado de Henry-. Volveré en agosto o septiembre.

– No me has dicho ni siquiera adónde vas -dijo Henry, hundiéndose en el sofá sin prestar atención al tocadiscos. Estaba harto de música, cansado, hastiado de cualquier tipo de sonido.

– Por cierto, ¿cómo ha ido la fiesta?

– ¿Qué más da? -gruñó Henry-. ¿Tienes algo de beber?

Maud fue a la cocina y regresó con una bandeja con ginebra y grappa.

– No bebas demasiado -dijo.

Henry cogió un paquete de John Silver, encendió un cigarrillo y se recostó en el sofá.

– No utilizas la pitillera… -dijo Maud-. ¿La has vendido?

– No la he vendido -dijo Henry, algo incomodado-. Pero la he empeñado. En cuanto consiga un poco de dinero la recuperaré.

– No importa -repuso Maud-. Tal vez tenía que ser así… De todos modos, ya lo sabe todo.

– ¿Y…?

– Le da igual. O al menos eso dice.

– ¿Te vas con él?

Maud asintió con la cabeza y se sirvió un trago corto. En el estado en que se encontraba, Henry no estaba especialmente inquisitivo. Solo sentía una leve y amortiguada sensación de celos, porque ya desde el principio había recibido un ultimátum y sabía que nunca conseguiría tenerla para él solo. W.S. estaría siempre allí como una sombra, una eminencia gris que nunca dejaría una tarjeta de visita completa. Henry había acabado por acostumbrarse a ello. No amaba a Maud de aquella forma apasionada con que imaginaba que debía hacerlo. La amaba de una manera completamente diferente, tal vez de un modo más serio y profundo que aún no lograba entender, y que tampoco quería entender.

Maud había decidido poner todas las cartas sobre la mesa, proporcionarle a Henry todos los datos sobre el caso, explicarle quién era W.S. y por qué ella los necesitaba a los dos.

Érase una vez, hace muchos años, un enorme baúl americano y un par de maletas en un sofocante vestíbulo, lejos, muy lejos. Maud había colocado con sumo cuidado las etiquetas con su nombre y después la palabra «Suecia». Durante mucho tiempo se estuvo preguntando por qué había escrito «Suecia», porque del mismo modo podría haber puesto «Yakarta» o «apátrida», porque así era como en realidad se sentía. Había vivido en tantos lugares que ya no se sentía sueca. Pero en ese momento el destino era «Suecia», justo en aquel fatídico día de hacía ya tanto tiempo.

Maud y todo el mundo sabían que su madre se olvidaba fácilmente de las cosas. Se debía a las pastillas que tomaba para los nervios. Si le decías algo por la mañana, a la hora de comer ya lo había olvidado. No siempre era así, pero casi. En ese momento no recordaba dónde estaba el padre de Maud. Esta le contestó que estaba en la Casa de Té.

Su madre se veía un tanto demacrada, aunque todavía conservaba gran parte de su encanto. Era la más hermosa de todas las esposas de los diplomáticos de Yakarta, incluidas las femmes fatales de la delegación francesa. De alguna manera, la madre de Maud había sido víctima de su propia belleza: la había hecho infeliz.

Le pidió a Maud que le sirviera una copa, una suave, porque ya habían dado las dos de la tarde. Le preguntó a su hija si sabía algo de Wilhelm.