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Maud se dirigió hacia el carrito del té con las bebidas que estaba apoyado en la pared, cerca de la ventana. Miró hacia fuera, pero solo vio lluvia, la lluvia del monzón que caía sin cesar desde hacía una semana. Claro que sabía algo de Wilhelm. Había ido a la Casa de Té con papá. Querían comprar porcelana, y regresarían sobre las tres.

La madre de Maud se sentía molesta. No sabía si era por la lluvia, pero suponía que debía de ser eso. Le dolían los hombros, lo cual se debía probablemente a la humedad. Se sentía molesta y también quería volver con ellos a Estocolmo. En Suecia era primavera, y podías comer alcachofas en las terrazas de los restaurantes. Echaba de menos las verduras suecas.

Su madre seguía parloteando, pero Maud no la escuchaba. Solo escuchaba la lluvia incesante, mientras intentaba discernir si se sentía nerviosa por el viaje y añoraba el «hogar» en Suecia, o si realmente echaba de menos algo de allí, pero no logró dar con lo que podía ser.

Aproximadamente al mismo tiempo que Maud colgaba su ropa en el gran baúl americano con la etiqueta «Suecia» y colocaba sus últimas cosas en las maletas, su padre, consejero de la embajada sueca en Yakarta, y su gran amigo Wilhelm Sterner estaban sentados en la Casa de Té charlando. La Casa de Té era el nombre de un pequeño refugio, o, mejor dicho, una cabaña de sencilla construcción, que habían alquilado para escapar de la ciudad de vez en cuando. Estaba ubicada en la ladera de una montaña a las afueras de un pequeño pueblo situado a unos treinta kilómetros al sudeste de Yakarta.

Las magníficas vistas daban a un extenso valle y a un antiguo y extinto volcán. El bosque tropical trepaba por las laderas del volcán en colores verdes apagados; densas nubes rodeaban la cima y ocultaban un monasterio budista. Más de una noche habían permanecido sentados allí, escuchando a los animales, bebiendo whisky y conversando.

Wilhelm Sterner y el consejero eran viejos compañeros de estudios. Los dos habían estudiado derecho y se habían especializado en derecho internacional, y ambos habían acabado en el cuerpo diplomático, la buena vida. Ahora, en el año 1956, Sterner había aceptado una propuesta para ocupar un alto cargo en el sector privado. Iba a dejar la buena vida diplomática y regresaba a casa, a Suecia. Pero el consejero pensaba seguir con su carrera.

Estaban sentados en la terraza de la Casa de Té, charlando acerca de la lluvia tropical. Sin duda duraría un par de semanas más, y Wilhelm Sterner no veía ninguna objeción en volver a casa. Prometió cuidar de Maud. El consejero se lamentaba: le parecía que se había alejado mucho de su familia y que las cosas no marchaban como deberían.

Wilhelm Sterner estaba algo incómodo. Nadie podría decir si el consejero sabía lo que los demás sabían: era, en cierto sentido, un idealista como Dag Hammarskjöld. El consejero y Hammarskjöld habían coincidido en Nueva York, y el padre de Maud se refería constantemente a aquel encuentro. Le costaba mucho explicar lo que había sentido en realidad. Se había sentido inferior y a la vez fortalecido, como si hubiera encontrado un hermano del alma en Hammarskjöld, como si sus visiones del mundo fueran exactamente la misma. El padre de Maud siempre había sido una persona abierta y cerrada a la vez, una figura pública pero muy celosa de su privacidad. De todos era sabido que su mujer no soportaba aquello. Ella había buscado sus propias vías de escape, y él parecía haber deseado y aceptado de buen grado la carga de esa cruz de Cristo tan pronto como tuvo la oportunidad de echársela al hombro.

Le confió a Wilhelm Sterner que estaba pensando en solicitar un puesto que se había anunciado para Hungría. Quería un cambio, y tal vez podría ser de utilidad en Hungría en ese momento.

Wilhelm Sterner intentó dirigir su atención hacia otros problemas, como las dificultades por las que atravesaba en su propio hogar. Lo primero y más importante era aclarar la situación con su familia. Y estaba claro que también podría resultar de gran utilidad en Yakarta. Se estaban produciendo movimientos en aquellas islas, aquellas tres mil islas volcánicas en ebullición que querían ver la cabeza de Sukarno en una bandeja. Entonces tendría la oportunidad de volver a interpretar el papel de héroe, si era eso lo que quería. Sterner había hablado con Maud y ella había llorado: no porque se marchaba, sino porque estaba asustada y preocupada.

Wilhelm Sterner percibió que el consejero oía lo que le estaba diciendo, pero no escuchaba. El padre de Maud parecía muy concentrado, y aun así totalmente ausente. Le recordaba a un animista que intentara escuchar la lluvia, escuchar a las gotas de lluvia hablar, cantar y predecir las cosechas.

El padre de Maud miraba obstinadamente la lluvia que caía afuera, asegurando que en Hungría sería de mayor utilidad. Iba a solicitar el puesto.

Ya era muy tarde, y debían volver a la ciudad. Maud y Wilhelm Sterner iban a tomar un vuelo que llegaría a Suecia hacia el mediodía. Sus dos coches estaban estacionados en la cuesta de delante de la Casa de Té. El del consejero era un potente vehículo inglés con grandes ruedas de tractor, mientras que Wilhelm Sterner había alquilado un jeep, un viejo jeep colonial con capota. Para conducir por aquellas pistas se requerían coches duros y pesados. La lluvia había penetrado en la tierra, totalmente anegada de agua, y en algunos lugares debían atravesar lagunillas de un metro de profundidad, mientras que en otros puntos se producían pequeños deslizamientos de lodo. El camino que conducía a la Casa de Té nunca era el mismo, cambiaba constantemente. No importaba las veces que se hubiera hecho: allí nunca se estaría completamente seguro.

El vehículo del padre de Maud iba lleno de porcelana de las Indias. Había comprado una partida a muy buen precio, y quería que Maud se llevara una caja a Suecia. Lo mejor era llevarse los objetos valiosos poco a poco.

El jeep de Wilhelm Sterner iba detrás, y estaba teniendo algunos problemas para seguir al consejero. Derrapaba y patinaba en las curvas, y Sterner estaba sorprendido al ver que el padre de Maud conducía a bastante velocidad. Los dos eran buenos conductores, pero en aquel terreno no se aplicaban las reglas habituales. El camino era totalmente imprevisible, y al salir de cualquier curva podían encontrarse con follaje colgando sobre la carretera, azotando el parabrisas, oscureciendo el camino, lo cual era suficiente para perder el control del coche.

Ocurrió como a unos diez kilómetros de Yakarta. Wilhelm Sterner se había quedado rezagado, avanzando muy lentamente, y al acercarse a una curva vio a gente gritando y haciendo aspavientos de forma angustiosa y alarmante. Algunos bajaban corriendo por una pendiente embarrizada y de maleza tupida, chillando, tirándose de los pelos, gimiendo y vociferando.

Wilhelm Sterner pisó los frenos con una ominosa sensación de lo ocurrido. Más tarde afirmaría que lo había presentido todo el tiempo. El padre de Maud conducía condenadamente rápido, innecesariamente rápido, porque en realidad no tenían tanta prisa.

El coche se había salido de la carretera y había rodado por la pendiente hasta quedar empotrado en el tronco de una palmera. El cuerpo del padre de Maud estaba cubierto por fragmentos ensangrentados de porcelana de las Indias.

Tras el ceremonioso entierro, como correspondía a un consejero diplomático, la madre permaneció ingresada el resto del verano en un sanatorio de la zona de Leksand, en Suecia. Se sentía culpable por lo ocurrido a su traicionado y enterrado marido. Su histeria, hasta entonces más o menos controlada, había evolucionado a una psicosis aguda ya en Indonesia, durante los frenéticos días en que prepararon su vuelta a casa. Maud tuvo que hacerse cargo de todo, además de controlar que su madre no tomara demasiadas pastillas.

Wilhelm Sterner se convirtió en alguien imprescindible. Fue él quien les dio la noticia de la muerte. También fue quien se encargó de la repatriación del cadáver, de todos los preparativos del servicio funerario, así como de alojarlas en Estocolmo.