– ¿Por qué no? -dijo Maud-. Ahora vamos a estar un tiempo sin vernos, tú y yo. Tal vez ya hayas encontrado a otra cuando yo regrese.
– No cuentes con ello. ¿Y qué opina él de mí?
– Dice que me comprende. Y quiere saberlo todo de ti, hasta el último detalle.
– ¿Y tú se lo cuentas?
– Por supuesto. ¿Tendría que mentirle?
– No -dijo Henry-, eso no.
Maud encendió su último cigarrillo de la noche, y en cierto modo parecía aliviada, como si hubiera despejado el ambiente.
– Ahora ya sabes todo lo que querías saber de mí. Después de esto, tal vez ya no me quieras.
Henry le cogió el cigarrillo de la mano y lo apagó escrupulosamente en el cenicero.
– Claro que sí, más que nunca.
Una vez más, Willis y el Club Atlético Europa fueron su salvación de la perdición total. Henry ahogó sus penas y sus anhelos en sudor y linimento. Consagró el verano a entrenarse para el combate con el que Willis llevaba insistiéndole tanto tiempo. Se trataba de los campeonatos nacionales en Estocolmo, y Henry había peleado en un par de combates preparatorios y lo cierto es que lo había hecho bastante bien. El amargo verano le había traído también un trabajito extra en la línea de tranvías, además de los largos y ascéticos entrenamientos en el Europa. Durante este período de total abstinencia, Henry había alcanzado un óptimo estado de forma. El campeonato nacional tendría lugar justo cuando empezaran las clases, e incluso había obtenido un permiso para poder entrenar de forma apropiada y sin presiones hasta el último momento. El director del Södra Latin no era un gran entusiasta del boxeo, pero no podía dejar que un alumno tan popular como Henry Morgan perdiera la oportunidad de triunfar. Tampoco le haría ningún mal al instituto tener a un campeón sueco andando por sus pasillos. Willis había llamado personalmente al centro docente para agradecer la exención y había hablado en términos muy elogiosos de Henry, prácticamente garantizando que les devolverían a un campeón nacional junior de peso wélter.
Solo alguien que haya entrenado o preparado a un púgil para una competición tan importante como el campeonato nacional puede entender cómo esa tensión afecta a la mente. Willis le animó a que por las mañanas y por las noches saliera a correr, y Henry así lo hizo, ejercitándose a lo largo del Söder dos veces al día. Cumplió rigurosamente con todo el programa de entrenamiento hasta el último momento.
Sin embargo, nunca llegó «el último momento». El primer combate debía tener lugar una noche a finales de agosto, y justo aquella tarde, cuando Henry estaba en casa haciendo una comida apropiada y con tiempo suficiente antes del combate, sonó el teléfono. Henry se encontraba solo en casa. Greta estaba trabajando en las clases municipales de costura y Leo había ido a la escuela. Y la fortuna quiso que fuese Maud la que llamaba. Había regresado.
Henry había recibido muchos golpes aquel verano, golpes muy fuertes de algunos sparrings de sucias tácticas, pero en su lucha incansable los había olvidado rápidamente. Pero aquel golpe era demasiado fuerte para él. Una hora más tarde estaba tendido en la cama de Maud en Lärkstaden, y todo quedó perdonado.
Cuando el gong sonó, Willis estaba allí plantado, maldiciendo.
El último año de Henry Morgan en el instituto estuvo marcado por el signo de la indignación. Los profesores llevaban los periódicos del día a las clases, y eso solo podía significar que algo histórico estaba sucediendo. No se trataba solo de que las chicas fueran admitidas en el Södra Latin, sino de algo mucho más extraordinario que eso: se estaba construyendo un muro en Berlín. Kilómetros y kilómetros de alambrada en grandes cantidades -¿o era una forma de densidad extremadamente cargada?- que habían alcanzado una magnitud propia: un muro infranqueable, el muro de Berlín, Die Mauer. Había una extrema tensión en las relaciones diplomáticas, los agentes realizaban labores de espionaje como nunca antes y los comunicados hablaban de graves altercados, refugiados y tragedias. El ambiente se volvía cada vez más tenso y menos diplomático, y nadie sabía a ciencia cierta cuál era la potencia del ejército ruso, que estaba tras el Telón de Acero.
Los profesores del instituto hablaban del Die Mauer desde sus distintas perspectivas docentes. Se podía ver el Muro como un ejemplo matemático: ¿cuántos ladrillos serían necesarios para su construcción? Se podía ver el Muro como un paralelismo histórico con la Gran Muralla China: ¿qué tenía en común Ulbricht con Shi Huang-Ti o con el terror de los antiguos césares a los hunos? Se podía ver el Muro desde un punto de vista puramente filosófico: como un símbolo de la eterna escisión occidental entre el bien y el mal, el cuerpo y el alma.
El profesor que se lo tomó más en serio fue el de filosofía, el señor Lans. Solo podía contemplar el Muro desde una perspectiva: la moral. Había perdido por completo el oremus y no conseguía ver ninguna pequeña grieta, ningún rayo de luz a través del Muro. Convertía cada clase en una larga e incoherente arenga basada en los artículos de la prensa de Berlín y en el Muro. Al parecer, le costaba enormemente comprender el concepto de la división de una entidad orgánica como una ciudad en dos partes, dado que ambas partes se presuponen entre sí y, una vez separadas, se convierten inevitablemente en simples mitades, incompletas. Y, en consecuencia, los habitantes de una ciudad cuyo flujo natural de comunicación se ve cortado se encuentran con obstáculos constantes, confrontados con una frontera artificial que los hace sentirse también cortados por la mitad, como individuos incompletos.
Los alumnos estaban de acuerdo y maldecían a los rusos. Henry también coincidía absolutamente, porque él mismo se había sentido como una mitad, como una persona incompleta todo el verano. Maud había estado fuera, en Río de Janeiro, donde vivía su madre, que había vuelto a casarse. Henry había estado trabajando para la compañía de tranvías y había entrenado en el Europa, lleno de una añoranza como nunca pensó que podría sentir. Esa fue la razón de lo que ocurrió en el campeonato nacional.
La añoranza había acabado convirtiéndose en unos celos terribles. Le resultaba totalmente imposible aceptar a W.S., y Henry aún seguía viendo la imagen de aquel viril, enérgico y, a su especial manera, imponente hombre en la cumbre de su carrera. Y supuso que él, a su vez, veía a Henry como a un mequetrefe, un muchacho al que le permitía jugar con la caprichosa Maud mientras él quisiera, porque era él quien tenía el dinero y el impagable poder paternal sobre Maud. Era a W.S. a quien ella acudía cuando se sentía débil y desgraciada, porque él era un hombre experimentado con los pies sobre la tierra, un hombre tanto con futuro como con pasado.
Henry se ponía furioso solo de pensar por lo que tenía que pasar. No le entraba en la cabeza por qué no exigía algo más que aquello, por qué parecía aceptar el hecho de compartir una mujer con otro hombre: era como si un muro de Berlín pasara justo a través de Maud, como si ella tuviera sus propias secciones este y oeste en las cuales estaban confinados los hombres de su vida, sin que se les permitiera mirar por encima del muro al otro lado.
A lo largo del verano Maud le había escrito algunas cartas desde los parajes de infinita belleza de Río de Janeiro; en ellas decía que le echaba de menos y que volvería hacia finales de agosto. Regresó a casa el mismo día en que Henry tenía previsto convertirse en campeón sueco de pesos wélter, en el punto culminante de la crisis de Berlín, cuando la balanza del terror parecía inclinarse hacia el desmoronamiento de Europa una vez más. Y Europa se desmoronó… o, más bien, el Club Atlético Europa de Hornstull. Willis hizo saber a Henry que a partir de ese momento se mantuviera alejado tanto del Europa como del boxeo. Willis estaba realmente indignado, y Henry también. Pero en la vida había cosas más importantes que el boxeo.