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Por supuesto, nada ocurrió como Henry había imaginado. Después del encuentro con Maud, Henry se quedó totalmente extenuado, como si todas sus fuerzas y recursos hubieran caído por tierra. Maud estaba muy morena y ofrecía en conjunto un aspecto oscuro, casi irreal. De pronto se había convertido en una mulata, y tuvo que volver a reconocerla toda ella, explorarla y averiguar tanto como pudo. No montó ningún escándalo ni dio ningún ultimátum, como había planeado. Se limitó a rascar la puerta, y en cuanto lo dejaron entrar fue recompensado como un gran perro, húmedo y leal.

Así transcurrió aquel otoño, bajo el signo de la indignación. Al poco de regresar Maud y de que Henry recuperara su buena forma, al poco de que el muro de Berlín penetrara en la indignada conciencia de la gente como una realidad tangible de ladrillos y alambradas, la terrible desgracia de Hammarskjöld compuso su funesto titular.

De repente toda Suecia se sumió en un duelo nacional, y si Dan Waern, privado de ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma, había parecido hasta entonces un santo en desgracia, pasaba ahora a ser considerado como uno de segundo orden. Cuando el avión de Dag Hammarskjöld se estrelló y su cadáver reposaba en la iglesia de Ndola Free, en la jungla del África central, fue como si toda esperanza hubiera desaparecido del mundo. La única criatura de Cristo de cierta trascendencia, con una aureola suficientemente poderosa y las credenciales necesarias para ser secretario general de las Naciones Unidas, se estrelló de la forma más prosaica en los bosques africanos como cualquier músico popular, dejando tras sí un mundo cuya estupefacción inicial se convirtió pronto en la más profunda amargura y desamparo. ¿Hacia dónde podían encaminarse ahora las esperanzas de la gente cuando un espíritu tan bello, un genio, un alma entusiasta llena de pureza y honradez, un ejemplo de lo mejor de la humanidad, podía simplemente abandonarnos sin previo aviso?

El profesor de filosofía del instituto de Henry, el señor Lans, poseía un espíritu sensible. Como un sismógrafo programado en Weltschmerz, había sufrido todos los tormentos del infierno durante la crisis del muro de Berlín, hundiéndose cada vez más y más con cada ladrillo que se añadía al Muro, como si estuviera obligado, por una necesidad puramente mecánica, a reaccionar, a contestar, a responder, como él mismo formulaba en su total perplejidad. Estaba tan poco curtido como un poeta joven, y tampoco la guerra fría había logrado hacerle más fuerte. Al contrario, el hombre había profundizado aún más en la miserable condición de la humanidad, tan inocente como un liberal de buen corazón. Y, justo cuando se había lamido las peores heridas recibidas tras la construcción del Muro de la Vergüenza, Dag Hammaskjöld se sube a un avión con destino a Moise Tshombe y a una posible paz, y el aparato se estrella en la jungla como si hubiera estado pilotado por el mismísimo Satán. Aquello fue demasiado para el señor Lans. Ya no podía ver ningún atisbo de luz en la vida: no había misericordia, consuelo ni ayuda a la vista. Mientras los regentes, jefes de Estado, arzobispos y reyes se pusieron de luto, mientras los estudiantes y toda la población sueca iniciaron el período de duelo con las banderas a media asta y se colocaron en fila para guardar unos minutos de silencio para honrar la memoria del santo, el profesor Lans estaba de baja por enfermedad. Nadie sabía a ciencia cierta dónde se encontraba. Alguien afirmaba haberlo visto en la procesión de ciudadanos que iba hasta Gärdet, pero debía de haber sido solo un rumor. Apenas se habían dado sepultura a los restos de Hammarskjöld cuando en el instituto hubo que volver a bajar la bandera a media asta, esta vez para honrar la memoria del profesor Lans. Y el revuelo que aquello causó fue cuando menos similar. Se decía que se había quitado la vida, y los rumores apuntaban en varias direcciones, desde el haraquiri japonés -después de todo, hablaba mucho acerca de la filosofía del Lejano Oriente- hasta ahorcarse, cortarse las venas o una sobredosis de pastillas.

En el fondo, nadie quería saber la verdad. Muy pronto el profesor Lans fue canonizado como un santo local y se convirtió en una especie de héroe entre los estudiantes, la combinación perfecta de valor y debilidad. Había reaccionado con fuerza ante la maldad en el mundo, reconociendo su debilidad, y aun así había sido tan valiente como Hemingway, que recientemente se había colocado una escopeta debajo de la barbilla y había apretado el gatillo. En realidad nadie lo había explicado así, pero cualquiera con una pizca de fantasía podía leer entre líneas. Eso era lo que tenía que haber ocurrido. Un cazador como Hemingway no muere por un disparo fortuito de su propia escopeta. Lo mismo servía para el profesor Lans. Había sido «un matador gentil en la plaza de la vida», como escribió en su obituario el sensiblero poeta Henry Morgan.

Al joven Henry le afectó mucho la muerte de su profesor, pero no pensó en el suicidio durante aquel otoño de 1961. No le importaba no acabar convirtiéndose en un nuevo Ingo o un Lennart Risberg en el mundo del boxeo. Pero sí pensaba en el asesinato, simple y llanamente. De nuevo se veía a merced de los caprichos de Maud, quien le abría las puertas de su casa solo cuando les iba bien a ella y a su arreglo con W.S. Aquello era más de lo que Henry el cachorrillo podía soportar, aunque Maud, tanto por su credibilidad como por su integridad, aseguraba a su joven amante que las cosas no eran así en absoluto.

El otoño transcurrió marcado por aquella extraña suerte de pasión, y el invierno estaba ya a las puertas. En noviembre nevó, pero fue algo excepcional. Parecía como si aquella Navidad no fuera a haber nieve en las calles, pero por entonces Henry no era de los que andaban preocupándose por el tiempo que hacía. Henry estaba completamente bloqueado: se sentía incapaz de dar respuesta a su pregunta de si debía soportar la sombra constante de W.S. Había visto a aquel hombre en una fotografía -a veces, cuando estaba seguro de no ser descubierto, volvía a echar un vistazo al álbum de Maud-, y ella continuaba regalándole ropa y objetos de valor que, ineludiblemente, acababan en la casa de empeños. A aquellas alturas ya habían sido bastantes los obsequios, desde la elegante pitillera hasta gruesas pulseras de oro, gemelos y agujas de corbata con piedras preciosas. Sabía que todo aquello ascendía ya a una suma considerable, sin duda más de dos mil coronas, y empezaba a estar un poco preocupado. De alguna manera, había vendido su honor.

Henry podía ir a casa de Maud una noche sintiéndose atraído por una fuerza desconocida y que a veces no tenía nada que ver con el amor o el deseo, casi como si W.S., el hombre en las sombras, lo empujara hacia delante.

Pero en cuanto llegaba al apartamento de Maud todo cambiaba. Se sentía como en casa y desaparecían todas sus dudas. Se sentaban y hablaban frente al televisor como si fueran un matrimonio. Maud decía que era feliz. Ella lo deseaba, halagaba su vanidad y lo llenaba de regalos, y él sentía la suave caricia de sus favores sobre el pecho cada vez que estaba allí, como el cosquilleo de una pluma de pavo reaclass="underline" placer y desagrado se convertían en una escolástica incomprensible.

Al principio Henry se sentía completamente inferior e inculto, lo que en cierto modo era verdad: no era sino el hijo de una criada que ni siquiera abrigaba la ambición de llegar a ser alguien, luchar, lamentarse por su situación o esforzarse por mejorarla. Solo quería divertirse, tocar el piano con su cuarteto, boxear y vivir la vida. Pero se arredraba ante cualquier prueba de su fuerza, retrocedía ante las vastas profundidades, ante una posible derrota. Pero Maud le tomó de la mano y con el tiempo le enseñó que una derrota no significaba el fin. Llevó a Henry el bastardo al Museo de Arte Moderno y confrontó su salvaje mente a la disciplinada intoxicación del arte más moderno. En el museo había actuaciones de jazz, y en ocasiones Henry tenía que tocar allí con el Bear Quartet, que poco a poco se iba convirtiendo en un grupo legendario. Sobre todo, desde que el pianista al que sustituía Henry estaba viviendo una existencia abocada a una profunda angustia, una Weltschmerz, y a una convulsa y desesperada creatividad.