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La ambición de Maud era educar a Henry, usar con él las tijeras de podar, como hubiera dicho Willis. Henry tenía con este una deuda de gratitud, y ahora también la tenía con Maud, aunque esta aseguraba que era ella la que estaba en deuda en él. Le decía que sin él sería solo la mitad de una persona, y que sería incapaz de soportarlo. Se lo decía tan a menudo y le regalaba tantas cosas que él casi llegó a sentirse algo cansado de todo aquello. Su generosidad podía convertirse fácilmente en una forma de ofrenda sin sentido, un derroche atolondrado.

De vez en cuando lograba percibir un atisbo de la fragilidad de la que Maud hablaba con frecuencia, pero que conseguía ocultar estupendamente. Podía suceder cuando se descubría una espinilla en la cara y de inmediato cogía un espejo y el estuche de maquillaje para camuflar la imperfección. Lo hacía de forma asustada y angustiada, como temerosa de ser descubierta en algo embarazoso y denigrante.

Quizá fuera aquella fachada de perfección que ocultaba su desesperado deseo de eternidad lo que tenía tan fascinado a Henry; exactamente como los decorados de Scott Fitzgerald en un Hollywood al borde del colapso: un sueño puesto de manifiesto y un aviso de la destrucción, todo al mismo tiempo.

Esprit d’escalier era la definición más exacta y precisa de lo que Henry experimentaba cada vez que dejaba a Maud para ir al instituto o a su casa o a donde fuera, porque no podía quedarse en su apartamento. Esprit d’escalier significa que se te ocurre lo que deberías haber dicho cuando ya estás en el portal y es demasiado tarde; algo que has ido pensando y madurando mientras bajabas la escalera. Como cuando te encuentras a un auténtico cretino por la calle, maleducado e insolente, y a los cinco minutos te viene a la mente la réplica perfecta, aguda y contundente, que lo hubiera puesto en su sitio.

Cuando Henry dejaba a Maud, casi siempre quería decirle que ya no soportaba más aquella situación. Henry nunca había sentido tantos celos, y jamás habría creído que pudiera sentirse así. Hasta entonces había carecido de motivos para ello, pero ahora los celos se habían apoderado de él, de forma inapelable. Estaban allí como una voz machacona, una sombra, una ráfaga de viento que le envolvía en la acera por donde caminaba, algo que le acompañaba a cada paso que daba: no podía detenerse y dejarlo pasar, y tampoco podía escapar corriendo.

Mucha gente ha intentado llevar una relación de triángulo amoroso, pero me pregunto si eso es siquiera posible. Ya resulta bastante complicada una relación normal entre dos individuos, tan difícil de conservar, con lo desesperantemente impredecibles que pueden ser dos personas. Si, además, hay que tener en cuenta a alguien más, la situación es doblemente compleja. Especialmente cuando, como en mi caso, solo se conoce a una de las personas implicadas: Henry, el narrador, el mentiroso, el traidor traicionado.

Pensar en W.S. era como imaginar a un hermano al que nunca había conocido. En alguna ciudad de algún país había una persona que compartía su misma sangre, la sangre que él pensaba que compartía con Maud. Existía otra persona que conocía a Maud del mismo modo en que él la conocía, que hablaba de él, que pensaba en él y que quizá incluso estuviera celoso de él, pero a la que nunca había visto.

Henry llevaba camisas con las iniciales W.S. bordadas por dentro del cuello, debajo de la etiqueta del fabricante. Henry recibía objetos pertenecientes a W.S. que inmediatamente empeñaba y gracias a los cuales podía vivir bastante bien. Maud afirmaba que ni Henry ni W.S. eran hombres tan completos como para poder ser suficientes por sí solos. Los necesitaba a los dos.

Durante los primeros meses del invierno de 1962 -cuando se firmó la paz en Argelia y el equipo sueco de hockey sobre hielo Tre Kronor ganó la medalla de oro en los campeonatos mundiales celebrados en Colorado Springs-, Maud y Henry empezaron a enzarzarse en violentas discusiones que tenían su origen en auténticas nimiedades. Henry tocaba con frecuencia junto al Bear Quartet en las nuevas galerías de arte que se estaban abriendo en la ciudad. Los artistas modernos que exponían insistían en que fuera el Bear Quartet el que tocara en las fiestas de inauguración, y Henry iba con ellos, ya que su pianista habitual parecía abocado sin remedio a su propio destino -que coincidía en muchos aspectos con el de otras estrellas del jazz-y su única misión en la vida se había convertido en planificar, con siniestra minuciosidad, su propio final, como un mapa con una gran X que señalara al cementerio de Norra.

En aquellas elegantes inauguraciones en las que se servía vino tinto y canapés, Maud se paseaba haciendo comentarios bastante ácidos sobre el Arte, ya que el único artista que aún seguía contando era Pollock, y sus epígonos suecos eran incapaces de aportar nada nuevo, al menos en opinión de Maud. Henry el crítico de arte sentía cierta debilidad por aquel tipo de arte moderno, y no podía entender la urgencia de Maud por encontrar algo nuevo. Así es como estallaba la discusión, que a menudo desembocaba en una gran escena que era especialmente apreciada por los artistas, aunque bastante menos por los galeristas, preocupados por sus clientes y por mantener un ambiente tranquilo para sus compras. En algunos eventos Maud llegó incluso a arrojarle copas y platos de porcelana a su joven amante, porque, en el fondo de todas aquellas discusiones, lo único que subyacía eran los celos de Henry. Estaba convencido de que Maud solo asistía para exhibirse y desplegar sus encantos, algo en lo que había parte de razón. Y eso otorgaba mayor fervor a sus argumentos. La pasión con que Henry defendía su adhesión a los pintores modernos se basaba en su deseo de encontrar a iguales, bohemios, creadores escogidos que pudieran amar a una mujer de una manera mucho más profunda que los ricos hombres de negocios que viajaban por el mundo y mantenían a sus amantes a una prudente distancia. Maud conocía perfectamente las intenciones de Henry, como también sabía que el resto del público -los buitres, la hidra que asistía a todas las inauguraciones en busca de una aceituna y algo de diversión- entendía a qué se refería Henry.

Después de aquellas confrontaciones, Henry resbalaba y daba trompicones en la nieve hasta caer de bruces en algún ventisquero, en espera de misericordia, de que Maud lo perdonara y lo rescatara de una muerte segura, o cuando menos de una pulmonía. Esperaba de ella que lo llevara a casa, le preparara un caldito y metiera en la cama al pianista, artista y crítico de arte. Y, al filo de la madrugada, se reconciliaran en susurros.

Durante aquella primavera, Lily Berglund cantaba «Cuando es primavera y hace sol y tienes diecisiete, hay tantas cosas que no comprendes». Y Henry entendía tanto del Gran Jazz y del Gran Arte como sabía poco del Gran Amor. Al igual que la chica traicionada de la canción, él se había despojado del manto de inocencia infantil que lo había protegido de acusaciones y responsabilidades. Solo le quedaban unos miserables años de adolescencia, y ya se sentía como un hombre completamente adulto.

Una tarde de abril fue convocado por la junta de servicio militar para una entrevista. Puesto que había pasado las pruebas físicas con una destreza excepcional y tampoco podía ser considerado mentalmente incapacitado, él y los futuros mandos coincidieron en que sus aptitudes deberían ser aprovechadas en alguna actividad de guardia. Después de todo, también Ingmar Johansson había estado en los comandos de montaña. Por su parte, Henry habría preferido ser destinado en el archipiélago, como guardia marina. A los oficiales les pareció estupendo, y el asunto quedó zanjado. No tenían ni idea de lo que hacían.

Aquella tarde memorable llamó a Maud porque quería cenar con ella. La primavera estaba en el aire, y él se sentía de buen humor, tan ingenuo como Sven Dufva, el valiente y leal soldado de la obra épica de Runeberg, a quien siempre se había parecido. Ya hacía un año que estaba con Maud y aquello tenía que celebrarse con la debida pompa y circunstancia.