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Maud acababa de llegar de trabajar y le insistió en que se pasara por casa. Ella le dijo por teléfono que tenía algo importante que contarle. Parecía seria, decidida y ansiosa. Henry esperaba que hubiera estado considerando su propuesta de intercambiarse los anillos, y además que hubiese decidido aceptar aquella oportunidad que le deparaba la vida. Sería el regalo ideal para su primer aniversario.

Maud tenía una expresión sombría cuando abrió la puerta. Parecía haber estado llorando. Henry colgó su abrigo en el perchero, que se inclinó contra la pared. Como sorpresa, le había comprado una bolsa de de regaliz salado de a dos cincuenta en Augusta Jansson. Maud sonrió y pareció conmovida.

– Henry. Estoy embarazada.

Henry sintió de pronto una ligera sensación de mareo, y se sentó en el sofá de la sala de estar. Serio y solemne, encendió un cigarrillo y dijo:

– Voy a pedir inmediatamente una prórroga del servicio militar.

Maud no pudo evitar reírse.

– Eres maravilloso, Henry. Pensé que lo primero que preguntarías era quién era el padre.

Henry no había llegado a pensar tanto. Lo primero que le había venido a la cabeza era si podría hacerse cargo económicamente.

– ¿Es eso lo que pensabas de mí? No es muy considerado de tu parte.

– Una chica nunca sabe -repuso Maud-. Has sido siempre tan celoso. Pero no va a haber ningún problema…

– ¿Cómo dices?

– Tengo hora con un médico. Pasado mañana. Es un buen médico.

Henry comprendió a lo que se refería, y se derrumbó como un saco, como si le hubieran asestado un golpe duro y directo en el plexo solar.

– ¿Te sientes aliviado? -preguntó Maud.

– ¿Es que no entiendes nada?

– Ahora no vayas a enfadarte. Ya está decidido. Hemos llegado a un acuerdo.

– ¿Quiénes?

– Wille y yo -dijo Maud encendiendo un cigarrillo.

Henry sintió que se le revolvía el estómago. No quería oír mencionar aquel nombre ahora, y menos en un tono tan familiar como «Wille».

– ¿Así que se lo has explicado primero a él?

– Henry, tienes solo dieciocho años…

– ¡A la mierda! Yo puedo encargarme de esto. ¡No me jodas con lo de la edad!

– Cálmate -dijo Maud pacientemente-. No tienes que enfadarte por esto. Lo primero y más importante, soy yo quien tiene que decidirlo, ¿estamos? Y ahora no quiero tener niños. Hay un montón de cosas que quiero hacer antes, y quiero seguir siendo libre durante un tiempo…

– ¡Para poder seguir jugando con tipos como yo!

– ¡No digas tonterías! Intenta ser un poco sensato.

– ¡Un poco sensato…! -repitió Henry-. Frío y cínico, eso es lo que es.

– Estás siendo terriblemente inmaduro enfadándote así.

– No soy para nada inmaduro. Quiero asumir mi responsabilidad -dijo Henry intentando sonar serio-. Acabo el instituto dentro de un mes. Buscaré un buen trabajo y no hay más que decir.

– No hay discusión que valga, Henry. Me alegra que quieras asumir responsabilidades, de verdad, pero… Esta vez, no.

– ¿Cómo puedes hablar siquiera de «esta vez»?

– Henry -dijo Maud, poniendo una mano sobre la rodilla de él-. Estás aún más enfadado que yo. Pero no es algo tan extraordinario. Ocurre cada día, en todas partes.

– Para mí es algo extraordinario -replicó Henry-. Realmente extraordinario.

Para Henry aquello era realmente extraordinario, pero sabía que no lograría convencer a Maud de que tuviera a la criatura. Había tomado una decisión, y no pensaba cambiarla.

Tal como me lo contó dieciséis años después, no se trataba solo de una mujer que acudió a un frío consultorio de la ciudad y dejó que un médico extrajera un organismo en gestación de su cuerpo, tras lo cual se fue a casa, se tomó unas cuantas pastillas y permaneció varios días en estado de letargo. También se trataba de un joven al que se denegó para siempre la posibilidad de convertirse en un ciudadano normal y decente.

Bajo la superficie de amargura y reproches, Henry sintió que aquella primavera algo mucho más grave que lo ocurrido a Maud le había sucedido a él. No tuvo lugar en la clínica abortista: fue en el interior de Henry. Afirmó sentirse como si nunca más pudiera querer nada, significara aquello lo que significase.

Aquella tarde en que había previsto celebrar su primer aniversario y en cambio Maud le contó que pensaba abortar, la velada acabó con Henry marchándose dando un portazo, herido en su orgullo y vagando por la ciudad como un personaje atormentado de Dostoievski. Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza y, aunque sabía que la batalla estaba perdida, se negaba a darse por vencido. Tenía que dirigir aquellas fuerzas en apariencia invencibles contra algo. No le bastó con arrastrarse y pedirle a Willis que le perdonara y preparara su regreso al ring con sesiones dobles de entrenamiento en el Club Atlético Europa. No era suficiente. Dirigió toda su ira contra W.S. Imaginó su maldita cara de adonis justo en el centro del saco, y recompuso sus rasgos tal y como hubiera querido que fuesen. Para Henry, W.S. era un rostro lleno de promesas ya cumplidas acerca de su creatividad y su actitud emprendedora dentro del mundo de los negocios, y que estaba subiendo como la espuma. Y dentro de poco, sin ninguna duda, aquel magnate se convertiría en uno de los ejecutivos más influyentes del reino de Suecia. ¿Cómo sería Maud entonces? ¿Seguiría en un futuro deslizándose por los salones, sosteniendo con aire desenfadado un dry martini mientras devoraba con los ojos a jovencitos que la desearan, la adoraran, la veneraran como a un símbolo de la eterna juventud?

Si en todo aquel asunto había una fuerza maligna oculta, esa era Wilhelm Sterner. A fin de cuentas, era él quien estaba actuando irresponsablemente. Cuando por fin Henry tenía una oportunidad de demostrar que no era solo un bufón, un necio que nunca se responsabilizaba de nadie salvo de sí mismo, le negaron aquella posibilidad. El pequeño embrión de una vida decente fue arrancado en una clínica detrás de cortinas corridas.

Las iniciales W.S. se convirtieron en una especie de invocación, un misterioso anagrama, un código críptico, una señal de alarma. Henry no se había puesto en contacto con Maud desde hacía días, y ella tampoco lo había intentado. Después de la operación, había pasado la mayor parte del tiempo tumbada y durmiendo. Henry simplemente se plantó en el portal que estaba enfrente del edificio de Maud. Se descubrió a sí mismo allí, en un oscuro umbral, en una portería que olía a periódicos viejos apilados y a frituras nauseabundas. Del mismo modo que se decía que algunos asesinos y otros criminales despertaban a un nuevo tipo de conciencia tras el crimen cometido, de alguna manera Henry empezó a conocerse a sí mismo mientras estaba allí, oculto en el portal. No podía explicar cómo había acabado allí, ni tampoco por qué. Tomó conciencia de su propio aliento, del latido de su corazón, como si hubiera reconocido a un viejo amigo de la infancia, o a aquel hermano que has tenido toda la vida pero al que nunca has conocido.

Algunas personas solitarias salieron del portal de su edificio, pero no les prestó mayor atención. Hacia las nueve de la noche -había sido una larga tarde de primavera y ahora ya estaba bastante oscuro-, W.S. salió del edificio. Henry lo reconoció al instante, pese a que solo había visto su cara en una fotografía. En cuanto W.S. empezó a caminar por la calle, Henry salió de su escondite y le siguió. Henry quería acercarse más, ver cómo se movía y averiguar lo que iba a hacer después de haber estado unas horas en casa de Maud.

W.S. tenía un andar muy flexible. Llevaba un gabán azul oscuro, sombrero de ala bastante ancha y zapatos ligeros, probablemente italianos. Iba muy elegante, y sorteaba con presteza los ventisqueros que aún no se habían deshecho. Cerca de la calle Birger Jarl sacó un cigarrillo y lo encendió. Henry vio cómo se iluminaba su rostro al resplandor del mechero, e intentó recordar cuántos encendedores de plata con las iniciales W.S. había empeñado. Había perdido la cuenta. ¿Es que aquel tipo no se cansaba nunca de comprar nueva parafernalia?, se preguntó.