El coronel entregó a su adjunto el Credo del Guerrero, un gran cuaderno con una magnífica encuadernación en piel color burdeos, y empezó a pasar revista a las tropas junto al jefe de la compañía, un comandante muy bronceado. Los soldados saludaron. Y pareció que el coronel se paraba un par de segundos escasos frente a Henry Morgan para examinar más de cerca el saludo del recluta.
Podría pensarse que ya entonces el coronel se dio cuenta de que aquel sujeto en particular -cuyo saludo era, de hecho, correcto- se trataba de un caso completamente perdido, que aquel muchacho estaba muy quemado y que ningún mando podría amedrentarlo porque ya estaba tan hundido, tan profundamente hundido, que ningún arresto, castigo o retirada de permiso haría mella en él. Podría pensarse que el conocimiento de la naturaleza humana que en ocasiones atesora un militar del rango del coronel le habría indicado inequívocamente que el soldado Morgan iba a traer problemas.
Solo se puede suponer lo que el resto, los demás soldados, vieron. Quizá lo que vieron fue a un camarada raro que siempre era el último que quedaba en pie en el campo y que les ganaba a todos al póquer; alguien que era el último en levantarse por las mañanas pero el primero en completar todas las tareas; alguien que nunca se echaba atrás cuando un comandante furioso y con mal aliento le gritaba a la cara escupiendo saliva; y alguien que siempre defendía a algún crápula hasta lograr que los mandos se ablandaran. En cualquier caso, aquella era la imagen que Henry quería proyectar de sí mismo, así como la imagen que me presentó a mí.
Después de la cena del día en que escucharon el Credo del Guerrero, les concedieron unas horas libres y, como de costumbre, se tumbaron en la playa para contemplar la puesta de sol mientras saboreaban un café y un cigarrillo. Henry había hecho unos cuantos amigos, que compartían su deseo de mantener su integridad frente al Sistema: un atleta de élite que pensaba rechazar por motivos religiosos el uso de las armas cuando recibieran su metralleta; un batería potente pero muy malo al que Henry conocía del Gazell, en Gamla Stan, así como un par de muchachos que pasaban bastante inadvertidos.
En aquel celibato uniformado las noches podían ser bastante apacibles. Henry había sufrido. Se había graduado en el instituto, se había emborrachado y había dado tumbos por ahí para intentar superar lo de Maud. Pero sabía que todo había sido en vano. No podría superarlo nunca. Ella lo tendría en su poder para siempre, y la única alternativa que le quedaba era no volver a verla, alejarse de la ciudad tanto como le fuera posible.
Ahora estaban tumbados como de costumbre en la playa, contemplando la bahía. La puesta de sol era indescriptiblemente bella, y hablaban en voz baja de asuntos serios como llevar o no un arma. De pronto se acercó un soldado corriendo y gritando:
– Henry, tienes visita. Una chica, allá en la verja -resolló el soldado.
– ¿Visita? -preguntó Henry un tanto distraído.
– ¡Date prisa! Lleva esperando media hora.
Henry se dirigió arrastrando los pies hasta la verja y vio a Maud apoyada contra el reluciente radiador de un Volvo. Se esforzó en lo posible por no sentir nada, no mostrarse afectado. El uniforme le había curtido.
– ¡Cuánto tiempo…! -dijo Maud, y Henry se dio cuenta de que era la primera vez que la veía realmente nerviosa e inquieta.
Henry convenció al centinela para que le dejara acercarse al coche y sentarse dentro unos minutos. El guardia les pidió que se alejaran un poco para no ser vistos en caso de que apareciera algún oficial.
Henry llevaba un uniforme de campaña cómodo y ancho, con cinturón y botas de marcha. Maud lo miró detenidamente sin hablar, con expresión afligida. Parecía cansada. Él se sentó a su lado en el asiento de delante y miró por la ventanilla. Intentó que los ánimos se enfriaran un poco, porque de lo contrario tenía miedo de desmoronarse. Encendió un cigarrillo y permaneció en silencio.
– ¿De quién es el coche? -preguntó al cabo de un rato.
– ¿Qué tiene eso que ver con…? -dijo Maud, y se interrumpió-. Lo cierto es que es un regalo -reconoció.
Maud cogió la cabeza de Henry y la giró hacia ella. Su mirada ya no era asustada o afligida, sino tranquila y con los ojos llenos de lágrimas. Se mordió los labios hasta que palidecieron, y luego se echó a llorar. Henry no podía tocarla.
– ¿Qué tal está W.S.? -preguntó, tragándose el nudo que se le hizo en la garganta.
– Bien -sollozó Maud.
– Salúdalo de mi parte y dale las gracias por no haberme denunciado.
Maud asintió con la cabeza sin dejar de llorar.
– ¿Y cómo le quedó la boca?
– Dos dientes -contestó-. Tuvieron que ponerle dos nuevos…
– Yo tengo esta cicatriz -dijo Henry, levantando el puño derecho y enseñando una profunda cicatriz dejada por dos afilados dientes en sus nudillos.
– Pero… -murmuró Maud-. Necesito un… un pañuelo -dijo abriendo torpemente su bolso y sacando uno-. ¿Y cómo te va por aquí?
– ¿Tú qué crees? Pero no puedo quejarme. Estoy viendo agua todo el santo día y además tengo comida gratis. Podría estar peor… en la cárcel.
– ¿Por qué no me has llamado? Eres muy cruel, Henry. ¡Cruel y egoísta!
– Solo quiero que me dejéis en paz. Y de egoísmo es mejor que no hablemos, Maud.
– ¿Es que te doy miedo, Henry? Tienes que perdonarme… He intentado olvidarlo todo, pero no puedo.
– ¿Yo? ¿Perdonarte? -gritó Henry-. ¿Estás segura de que no sois vosotros dos, tú y W.S., los que deberíais perdonarme a mí?
Maud sacudió la cabeza sin preocuparse del maquillaje que le caía por las mejillas, dándole un aspecto entre grotesco y trágico. A Henry le pareció más hermosa que nunca.
– Ya todo ha pasado -dijo-. Y tú lo sabes. El mismo Wille dijo que se había comportado mal, que debería haber pensado mejor las cosas.
– Llámale como quieras, menos «Wille» -dijo Henry-. Y a mí aquello no se me olvidará nunca.
– ¿Por qué tienes que ser tan rencoroso?
– Yo no soy rencoroso, pero algo ha ocurrido. Necesito estar lejos de vosotros dos. Necesito tiempo…
– ¿Cuánto tiempo? Estás siendo tan duro, Henry. Duro y frío.
Había un paquete de cigarrillos en la guantera abierta y Henry cogió uno, lo prendió con el encendedor del coche y aspiró profundamente.
– Eso es lo que tú crees. Soy como todos los que estamos aquí. Muy pronto sabré cómo cargarme a cualquiera. Quizá de eso es de lo que se trata.
– ¿Y no me echas de menos? -suplicó Maud-. No puedo soportarlo más.
– No, no te echo de menos. Es algo mucho más grande que eso, mucho más grande…
En cuanto les dieron permiso, la fiesta empezó ya en el barco rumbo a Estocolmo. Al igual que los demás jóvenes reclutas, y tal vez por una especie de instinto provinciano de supervivencia, Henry había adoptado una jerga vulgar e insolente que podía resultar repulsiva para los no iniciados. Se pinchaban unos a otros con lo del calibre de tal o la punta de cual, lo cual podía sonar bastante ridículo a un oyente ajeno. Pero Henry se sentía a sus anchas.
Cuando llegó a la ciudad, fue a casa para enseñarles a Greta y Leo su uniforme caqui de gala. A Greta se le llenaron los ojos de lágrimas en cuanto vio aparecer a Henry. Ella pensaba que estaba francamente elegante, y esperaba que aquella fuera la prueba de fuego que por fin hiciera de Henry un ciudadano sensato, maduro y responsable. Después de todo, era un soldado de élite y estaba recibiendo entrenamiento especial. Y además había sido el único en el barrio seleccionado para ello.
Aquel otoño Leo Morgan cumpliría catorce años y estaba a punto de hacer su sensacional debut como joven poeta con la colección de poesía Herbario. El libro todavía no había llegado a las tiendas, pero al chico le habían enviado unas cuantas copias, y cuando Henry apareció por allí un fin de semana su hermano pequeño le regaló un ejemplar. Henry se sintió profundamente conmovido y, por una vez en la vida, se quedó sin palabras. Comprendió que había perdido totalmente el contacto con su hermano pequeño y que, de alguna manera, tenía que reparar el daño, aunque no sabía cómo. Se sintió torpe e incómodo, y se limitó a aceptar el libro en silencio, tal vez dándole a su hermano un suave golpecito en la barbilla como solía hacer. Seguro que Leo lo entendería.