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Pero de todos es sabido que un joven mocoso de permiso no se queda en casa sentado matando el tiempo. En cuanto se quitó la ropa militar y se puso su vieja americana de tweed, una camisa a rayas con las iniciales W.S. y una corbata de estilo jazzy, Henry el recluta se lanzó a la calle. Había quedado con Bill, el componente del Bear Quartet, en el estudio de un atormentado pintor en el distrito de Klara.

Una sensación lúgubre se cernía sobre el estudio. La muerte se había ensañado con el mundo bohemio, llevándose a sus víctimas y separando a los sanos de los enfermizos. Bill se veía muy demacrado. Henry había subido al taller sintiéndose en plena forma y muy animado porque estaba de permiso y se había tomado unas cuantas cervezas. Pero Bill y el pintor tenían la moral por los suelos. El pianista de Bear Quartet había muerto por una transfusión de sangre, y Marilyn Monroe había acabado con su vida voluntariamente. El pintor había sido colega de Pollock en el pasado, pero había abandonado el action painting por un enfoque más reflexivo, entre cuyos frutos se incluía un retrato extremadamente sensible de M. M. Se trataba de un panegírico en toda regla, y ahora Bill, Henry y el pintor estaban allí sentados, escuchando a Coltrane junto a unas velas que lanzaban sus reflejos sobre Marilyn, por siempre jamás, como labrada en mármol.

Se bebieron un par de botellas de vino y superaron la peor parte del dolor. Bill ya se había hecho a la idea de que había perdido a su pianista, y quería que Henry se uniera al Bear Quartet, pero Henry estaba en plena instrucción militar y no podía comprometerse. Según Bill, solo era cuestión de ausentarse sin permiso, pero aquella idea nunca se le había pasado a Henry por la cabeza. Ausentarse era lo mismo que desertar. Era prácticamente como la muerte.

Bill tenía planes para él y el Bear Quartet. Ese invierno ensayarían duro para actuar como artistas invitados en Copenhague, en el club Montmartre y en el museo de arte de Louisiana, actuaciones que estaban ya cerradas para abril. Sería una especie de lanzamiento internacional para el grupo, y Henry podía acompañarlos si quería. Henry quería, pero no podía. No se licenciaría hasta finales de verano. No podía ser.

Después de un par de botellas de vino, cuando Henry, algo insensiblemente y sin pensar, comenzó a explicar historias de la mili, se pusieron a discutir. Bill y el pintor pensaban que Henry era un idiota, un don nadie que podía quedarse en el ejército para siempre. Henry se sintió profundamente dolido y se marchó del taller muy enojado. Estaba perdido. Y esa fue la última vez que vio a Bill del Bear Quartet durante los siguientes cinco años.

Es cierto que los recuerdos de Henry sobre su época en el ejército sugieren heroísmo y hazañas en las que él, ante el asombro de sus oficiales, se distinguió como un prodigio de coraje y fortaleza. Aseguraba haber rescatado una canoa y a dos de sus compañeros en una larga maniobra a remo realizada en noviembre; también haber acarreado la mitad de la carga de un soldado extenuado durante una larga marcha, sin decir ni una sola palabra. Aunque se trata de anécdotas míticas que no tienen mayor interés para esta historia.

De cualquier forma el año pasó, y se puede suponer que Henry se sintió bastante amargado a la vez que también muy cómodo en su papel como soldado de élite. De hecho, Henry tuvo que sentirse muy amargado pensando en lo que había sucedido.

El frío invierno del sesenta y tres se acercaba a su fin. La primavera liberó los hielos de ensenadas y bahías con crujidos desoladores y lastimeros. Había sido el invierno más largo y terriblemente duro que se recordaba. El hielo había alcanzado la costa, destrozando embarcaderos y cobertizos y causando grandes pérdidas a los pescadores, que ahora tenían que reparar lo que les había arrebatado el mar.

Al parecer, los mandos estaban muy satisfechos de sus tropas. Habían machacado a sus soldados, los habían sometido a penalidades que resultarían insoportables para alguien ajeno a la idiosincrasia militar, pero los muchachos habían respondido bien, empujados por un extraño sentido del orgullo. Como he mencionado, el invierno había sido muy duro, y con la primavera llegó el momento de darles alguna gratificación. Los superiores decidieron hacer la vista gorda si los soldados se relajaban un poco después de todo aquel esfuerzo. Solo era cuestión de humanidad.

Una semana después de la larga marcha, a principios de abril, un par de rufianes habían ido a Vaxholm y compraron vodka de estraperlo para todo el pelotón. Habían ocultado el cargamento en unos barracones y, después de cenar, empezó la fiesta permitida de manera no oficial.

Al cabo de un par de horas, el pelotón al completo estaba ya cerca de la inconsciencia. Henry era un poco reticente, aunque finalmente se unió a la fiesta. Después del primer trago, se dio cuenta de que no le había sentado nada bien, de que no le aliviaba en absoluto, sino más bien al contrario: sentía una especie de retortijón convulso en el estómago, que se iba haciendo cada vez más fuerte con cada trago que daba.

Hacia las diez de la noche, algunos soldados enajenados irrumpieron en las letrinas del ala oeste. Pataleando y rugiendo, destrozaron todos los baños hasta hacerlos añicos. Después salieron de allí y se dirigieron a los barracones, rompiendo todo lo que encontraban a su paso con la efectividad para la que habían sido entrenados.

En los momentos iniciales, Henry se dio cuenta de cómo iba a acabar aquello y fue entonces cuando algo empezó a tomar forma en su interior. Llevaba allí casi diez meses y sentía que ya había cumplido con todo aquello. Últimamente se notaba cada vez más inquieto y nervioso, y todavía le quedaban cuatro meses, cuatro largos y calurosos meses de verano. Cuando oyó a sus compañeros gritando y aullando como animales salvajes, yendo de barracón en barracón y destrozando todo lo que encontraban a su paso, entendió que una fuerza superior se estaba desencadenando aquella noche. No había marcha atrás.

En el barracón de Henry dos soldados vomitaban en sus cascos. Aparte de ellos, no había nadie más. Actuó como si lo llevara planeando desde hacía tiempo, aunque no era así. Había surgido de golpe en su cabeza, y media botella de alcohol de contrabando había acabado con todas sus inhibiciones. En lugar de participar del vandalismo, recogió sus cosas, hizo un pequeño montón con sus objetos personales y los envolvió con su abrigo grande e impermeable. Se puso unos calzoncillos largos, una camiseta y el uniforme de campaña. En la parte de abajo de su taquilla dejó un pequeño paquete con una carta, en la que escribió que no tenían que preocuparse por éclass="underline" no se había suicidado, pero era inútil que trataran de buscarlo. Conocía aquellas aguas mejor que nadie.

Salió a hurtadillas poco después de medianoche. Había suficiente oscuridad, y se dirigió hacia el cobertizo del embarcadero, donde se guardaban las pequeñas canoas canadienses, un modelo más ligero que podría llevar remando él solo sin dificultad.

Aquella noche de primavera también se celebraba una fiesta en el comedor de oficiales, así que el campamento entero parecía una auténtica locura. Nadie se dio cuenta de que un soldado había robado una canoa canadiense, se había alejado remando como un indígena y había desaparecido para no volver jamás.

A Henry le quedaba aún media botella de vodka, y mientras remó durante una hora seguida sin parar fue dando algún trago para calmarse un poco. La canoa se deslizaba bien y el mar estaba tranquilo. Una ligera brisa nocturna soplaba a sus espaldas, y puso rumbo al nordeste, hacia la isla de Storm. Calculó que tendría que remar unas tres horas más para llegar a su destino. No empezarían a buscarlo en serio hasta las siete, como mínimo. Era un margen tranquilizador.