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A Verner Hansson le encantaba elucubrar sobre aquellos misteriosos casos. Ya tenía una buena colección de ellos, una especie de archivo de personas desaparecidas con toda la información que había salido en los periódicos. Era algo terriblemente inquietante. Verner era sin duda muy dado a los efectismos.

Pero aquella tarde de octubre de 1960 a Leo no se le permitió visitar a Verner porque su madre así lo había decidido y no había lugar a discusión. Por eso tuvo que dedicar más tiempo a las matemáticas, y le costó bastante empezar con los deberes de sueco. Leo tenía que escribir un pequeño tratado, como el profesor con especial devoción por el Antiguo Testamento llamaba a las redacciones, sobre su herbario. El tema lo había elegido él mismo, aunque la tarea era obligatoria. Ahora estaba sentado a la luz de la lámpara, hojeando las láminas de su herbario una y otra vez e intentando contar algo sobre su método de recoger plantas o explicar algunas anécdotas acerca de la campana de Storm, la flor más gloriosa de todas.

Describió las húmedas mañanas de junio en que se levantaba muy temprano e iba a los prados a buscar plantas. El rocío se notaba todavía frío y fresco, escribió. Pero le resultaba muy difícil redactar algo sobre el herbario de la isla de Storm, porque, no importaba cómo empezase, siempre acababa con aquella terrible noche de solsticio de verano, con el rojo acordeón brillando al sol de la mañana, los lamentos de la gente fundiéndose con los graznidos de las voraces gaviotas y Gus Morgan en la playa, ahogado. A Leo le entraba miedo y se ponía enfermo solo de pensar en aquello, y se le quitaban las ganas de escribir nada. Pero estaba obligado a presentar algo, y así fue como desembocó en la poesía. Leo escribió unos cuantos versos cortos sobre su herbario, aunque sabía que era totalmente ridículo escribir poesía. Era lo que hacían las chicas en sus diarios, y siempre hablando de algún chico del que estaban enamoradas sin ser correspondidas. Pero los poemas de Leo eran de otro cariz completamente distinto: eran en cierto modo anticuados y solemnes; no había amor en ellos, y eso era bueno.

Se sentía bastante satisfecho. Al menos ahora tenía algo que presentar al profesor devoto del Antiguo Testamento, que seguramente expresaría su aprobación a un muchacho que escribía poesía. Leo fue a la cocina para tomarse un vaso de leche. Greta estaba allí sentada, remendando calcetines y escuchando la radio. Estaban retransmitiendo un programa de tributo a Jussi Björling, y Greta parecía a punto de llorar. Era una gran pena, decía. Jussi tenía una voz hermosísima, como nunca más volvería a escucharse.

El mundialmente célebre tenor era conocido como «Jussi» por todos los suecos. Greta, como todas las demás mujeres, le lloraban con genuino amor. Sollozaba calladamente sobre la cesta de la costura, llena de un número infinito de medias y calcetines gastados, con los talones y las puntas agujereados. Estaba subyugada por la dorada voz de Jussi, que otorgaba a su mirada un aire remoto y soñador que Leo nunca había visto hasta entonces. Se preguntó con qué estaría soñando. Ella aún no podía saber que justo aquella noche había nacido un nuevo bardo en Escandinavia, un poeta a cuyos poemas se les pondría música y serían grabados en discos por una famosa cantante de ópera. Si Jussi hubiera seguido vivo, quizá también él los habría cantado… eso es algo que nunca se sabrá.

El programa de radio dedicado a Jussi Björling finalizó y empezaron las noticias. El noticiero no era tan agradable. Greta dijo que se alegraba de que Leo hiciera sus deberes y se quedara en casa por las noches. Todo el mundo parecía haber enloquecido. Había niños en las calles esnifando disolvente y cometiendo tropelías, peligrosos tanto para sí mismos como para quienes les rodeaban.

Leo sabía muy bien de lo que le estaba hablando. Se trataba del asesinato en el estadio de Hammarby. Aquella mañana habían encontrado el cuerpo de un niño de diez años detrás de un cobertizo, y se hablaba de un crimen sexual. El padre del chico había encontrado el cadáver. A Leo también le entraban escalofríos solo de pensar en aquello.

Greta siguió zurciendo calcetines, con aire ausente, y Leo volvió a su escritorio, a su herbario y a sus poemas secretos. Tal vez estaba puliendo el esbozo de «Tantas flores» cuando de pronto fue interrumpido por una piedrecita que dio contra el cristal de la ventana. Dio un respingo, asustado, y se asomó. Abajo, en la calle mojada por la lluvia, estaba Henry haciéndole señas. Se había olvidado las llaves, cómo no. A menundo se olvidaba de las llaves. Leo abrió la ventana y le tiró las suyas, y Henry cogió el llavero con la gorra. Estaba silbando «La cucaracha», y se dirigió hacia la entrada bailando unos elegantes pasos de chachachá. Leo se quedó sentado en el alféizar mirando la calle cuando oyó entrar a Henry, que se dirigió como una tromba hacia la cocina para vaciar la nevera con voracidad. Henry continuaba silbando «La cucaracha», siguiendo el ritmo con golpecitos en las puertas de los armarios de la cocina, que retumbaban por toda la casa.

Al cabo de un instante, un coche de policía se paró en la entrada. El vehículo había doblado la esquina a toda velocidad y había frenado en seco delante del edificio de la calle Brännkyrka. Dos policías de aspecto grave bajaron rápidamente del coche y de alguna extraña manera lograron entrar en el edificio sin llaves. Tal vez pasó un minuto -Leo permaneció sentado especulando sobre qué podría haber ocurrido, quién se habría peleado hoy, quién podría haberse emborrachado o puesto enfermo o algo así- hasta que los policías volvieron a salir. Flanqueado por los dos agentes, iba Verner.

Completamente tranquilo y sereno, Verner Hansson caminaba entre los dos fornidos policías, que abrieron la puerta del coche y empujaron a su presa al interior con bastante brutalidad. Leo comenzó a sudar de golpe; le ardía la cara, la sangre le golpeaba en las sienes, las piernas le empezaron a temblar. No entendía qué estaba pasando. ¿Qué podría haber hecho Verner Hansson para ser arrestado por la policía como un asesino?

Leo se dio una palmada en la frente, caliente y febril. Apoyó la cabeza contra el frío cristal de la ventana y trató de pensar racionalmente, intentar dilucidar qué tipo de espantoso crimen podría haber cometido Verner. Entonces a Leo le vinieron a la mente las llaves. Ambos coleccionaban llaves. Llevaban haciéndolo desde hacía mucho tiempo, y hasta ahora habrían reunido entre los dos más de doscientas. Eran de gran utilidad.

Había algo de mágico y de excitante en las llaves. Encontrar la llave adecuada entre todas las del manojo y descubrir cómo encajaba en una cerradura y sentir el ruido seco de grafito del cilindro cuando la llave giraba era siempre una experiencia sensual. Lo más emocionante era abrir una puerta que había estado cerrada desde hacía mucho tiempo, una puerta que no tenías derecho ni autorización para abrir. Existía una especie de vínculo indeleble entre cerradura y llave que no se podía deshacer, no importa dónde estuvieran ni cuántos océanos las separaran. Ambas partes, fija y móvil, se correspondían, se presuponían una a la otra. Mucho más adelante, en el poemario Escalada de fachadas y otros hobbies (1970), retomaría el tema del parentesco sanguíneo entre metales en un homenaje a Gösta Oswald, cuando hizo uso de sus palabras acerca de «la soledad manifiesta de la llave».

Pero todo aquello había ocurrido unos diez años antes, y en esos momentos Leo solo pensaba perplejo y confuso en que Verner Hansson y él habían reunido una considerable colección, como la de sellos de Verner o el herbario de Leo. Los chicos habían encontrado llaves por la calle, las habían robado de cajones secretos y las habían intercambiado con otros coleccionistas. Verner y Leo no tenían problemas para abrir la mayor parte de los trasteros de los áticos del barrio, e incluso en una ocasión un conserje acudió a ellos para que le ayudaran. Resultaba mucho más barato que llamar a un cerrajero porque aquella empresa trabajaba gratis, solo con la condición de tener carte blanche para acceder al ático del viejo.