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Era algo que todo escritor debía hacer.

El agente secreto

(Henry Morgan, 1963-1964)

Aquí comienza el relato de una aventura, algo que sin duda les puedo garantizar. Se trata de una gran aventura, un sueño terrible y hermoso que duró cinco largos años y al que no le faltan elementos de lo más singular.

Henry Morgan estaba de camino a París, pero para llegar a la capital francesa tenía que pasar por Copenhague, y una vez en Copenhague no estaba del todo seguro de poder llegar a París. En realidad, Henry estaba de camino a París en lo que le estaba pareciendo una eternidad.

La gente se quedaba prendada de aquel extraño muchacho que estaba en proceso de convertirse en hombre, aquel joven de veinte años de rara vestimenta, un caballero anacrónico, solo en el ancho mundo. La gente se prendaba, intentaba aferrarlo, usarlo de modos inimaginables; aun así, para su eterna decepción, lo veían desaparecer y huir, siempre camino de París.

Henry el goliardo, el estudiante del arte de la vida, tenía constantemente la clara visión de París ante él. Estaba huyendo para salvar su vida, escapando de algo indefinido que recordaba a una condena, a un destino. Durante su larga huida empezaría a componer lo que, quince años más tarde, sería algo único, una suite musical escrita por un hombre salvaje al que ninguna academia ni escuela había logrado disciplinar realmente. Llamó a su oeuvre majeur «Europa, fragmentos en descomposición». Y estoy seguro de que fue la mayor revelación de su vida cuando, con una perspicacia súbita y despiadada, surgió en su mente la visión de la obra completa. Quizá fuera también el sueño de este trabajo lo que lo sostuvo en pie durante sus largos años de exilio, a veces llenos de peligros y en ocasiones realmente áridos. Era a la vez un Gesualdo y un Chopin, como alguien dijo una vez… probablemente él mismo.

El silencio de los cuáqueros era absoluto, pesado, como el eco que deja tras sí un monumental susurro. Sus respiraciones ondulaban rítmicamente como el mar. Se trataba de una docena de personas inmersas en su propio respirar, meditando en un océano de silencio y quietud.

Henry comprendió que él también debía meditar, aunque no entendía muy bien para qué servía todo aquello. No podía evitar fijarse en cómo los rasgos de Tove parecían difuminarse al cerrar los ojos y sumirse en aquel extraño estallido reflexivo. Tampoco podía evitar mirar a Fredrik y a Dine, que tenían el mismo apellido y vestían igual, y podían ser esposos o mellizos. Le estaba costando mucho concentrarse. La luz, el cálido sol de principios de verano que penetraba a través de las ventanas, convertía las motas de polvo en indolentes luciérnagas que no bailaban sino que flotaban por la desnuda estancia sagrada en el último piso del edificio que daba al parque Örsted.

Pero pronto le embargó la relajación. Su propia respiración lo llenó de paz, y pudo meditar hasta el punto de ser capaz de organizar sus pensamientos, que empezaron a seguir una cronología razonable, un orden sensato y secuencial. El silencio se convirtió en un inocente papel de carta en blanco.

Henry Morgan llevaba ya dos semanas en Copenhague. Todo había ido bastante bien. Había bajado en autoestop hasta Helsingborg y había salido de Suecia como un desertor y como alguien que había sido anteriormente denunciado a la policía por asalto y agresión a un hombre que respondía a las iniciales W.S. Pero no se sentía culpable; se sentía exonerado por haber actuado siguiendo sin dudar su propia voz interior. Era un vidente y creía en sus visiones.

Había llegado a Copenhague sin saber adónde dirigirse. Quería encontrar a Hill, del Bear Quartet; se suponía que iban a tocar en el club de jazz Montmartre. Con solo mil coronas, no podría arreglárselas por su cuenta durante mucho tiempo. Pero las cosas con Bill no fueron como esperaba: la actuación del Bear Quartet había sido suspendida. Sin embargo, Henry había sido bendecido por lo que con frecuencia se llama suerte y que en realidad tiene que ver más con aprovechar las oportunidades que se les presentan a todos los mortales, aunque muy pocos lo hacen.

Por supuesto, Henry había oído hablar bastante de Copenhague. El Barón del Jazz le había contado cosas de la ciudad, de los clubes de jazz, los bares, el barrio de Nyhavn y el Tivoli. Bill le había hablado sobre el Montmartre y el Louisiana, y había leído en voz alta fragmentos de Los ángeles soplan fuerte, de Sture Dalhström.

Henry se hospedó en un pequeño hotel en Österport y localizó el club Montmartre, la meca escandinava de los amantes del jazz. Allí escuchó a Dexter Gordon tocar bebop como pocos se atrevían a hacerlo después de Parker. Henry acabó sentado junto a Tove. El lugar estaba muy concurrido, lleno de humo y ruido, y todos se apiñaban como podían. A nadie podía pasarle por alto su presencia: un sueco joven y fuerte con americana de tweed y corbata, que llevaba dos cervezas en la mano.

Henry sacó un cigarrillo de su pitillera con las iniciales W.S. grabadas en la tapa.

– Pareces un buen partido -le dijo la chica sentada a su lado-. ¿Puedes invitarme a un cigarrillo?

– Cómo no -contestó Henry magnánimo-. Aunque estás muy equivocada si crees que soy rico.

Ella le dedicó una amplia sonrisa, revelando unos dientes manchados de vino. Se llamaba Tove, y más tarde, a lo largo de la noche, empezó a asegurar muy decidida que necesitaban a Henry… que ellos lo necesitaban.

– Te necesitamos. Eres la persona apropiada -le repetía una y otra vez en diversos contextos-. Nunca me he equivocado hasta ahora. Eres el hombre perfecto para nosotros.

Escuchar que eres el hombre apropiado en el lugar oportuno no es algo tan malo cuando lo que en realidad eres es un desertor.

Tove le habló a Henry acerca de Dexter Gordon. Había estado escuchando al gran saxofonista muy atentamente, y sabía mucho de música. Era un par de años mayor que Henry, y le explicó que vivía con más gente en un piso grande cerca del parque Örsted. Tove era cuáquera. Henry tenía una noción muy vaga de lo que eran los cuáqueros, pero cuando Tove empezó a hablar sobre Fox con su sombrero y las reuniones silenciosas, recordó que su profesor el señor Lans había explicado en clase algunas cosas buenas de los cuáqueros, de los santos que hicieron milagros con los heridos durante la Gran Guerra, y cosas así. Según Henry, todo lo que tenía que ver con los cuáqueros era bueno, y además Tove le gustó desde el primer momento. Intentó discernir si sentía algo más por ella, pero llegó a la conclusión de que durante un tiempo lo mejor sería dejar a un lado aquel tipo de emociones.

– Eres justo la persona apropiada -seguía diciendo Tove, y Henry empezó a sentir cada vez más que era verdad.

De momento no le preocupaba saber qué significaba ser la persona apropiada. Ya había dejado muy claro que él era un sujeto imposible de ser convertido a nada. Aunque lo que buscaba Tove no era hacer proselitismo.

La música seguía sonando frenéticamente. Henry se tomó bastantes cervezas danesas de las fuertes y fumó demasiados cigarrillos. Pasada la medianoche, había olvidado sus buenas intenciones y decidió que estaba completamente enamorado de Tove. A esas alturas ya sabía mucho de las contribuciones de los cuáqueros a la historia del mundo y él mismo no dejaba de hablar atropelladamente. Se sentía en su salsa.

Tove estaba cada vez más convencida, si eso era posible, de que Henry Morgan era un auténtico hallazgo. Y cuando a altas horas de la madrugada él reconoció que en realidad había desertado del ejército sueco, ella no pudo evitar que afloraran a sus ojos lágrimas de alegría. Henry el desertor fue recompensado con un beso en los labios.