Se fueron del club y caminaron cogidos del brazo a través de la temprana mañana de principios de verano de Copenhague. Se reían con la increíble historia de su evasión del ejército, y Tove afirmaba estar profundamente impresionada por su valentía y su audacia. Henry también se sentía embargado por la solemne alegría del momento. Él había hecho todo un hallazgo y ella había hecho todo un hallazgo, y todos tan contentos. Así es como serían las cosas en Copenhague.
Tal como le había dicho, Tove vivía en un gran apartamento en un edificio viejo y ruinoso junto al parque Örsted. Hizo callar a Henry cuando entraron y caminaron de puntillas por un largo pasillo hasta su habitación. Vivía de forma muy espartana: una cama, una cómoda y una librería. Era todo lo que tenía. Era todo lo que necesitaba.
No llegó más allá en su meditación reflexiva acerca de su vida reciente aquel día en la estancia soleada y sagrada de la casa de los cuáqueros. Desde hacía un par de semanas era el amante bendecido de Tove: era el hombre adecuado para ella. Y lo mismo opinaban Fredrik y Dine, de idéntico apellido, y también toda la familia cuáquera.
Por qué Henry Morgan era precisamente la persona apropiada era algo que no comprendía muy bien. Pero tenía la sensación de que algo importante se estaba tramando. Los cuáqueros de la casa no solo se sentaban a meditar. Eran gente muy activa. Algunos eran maestros o trabajadores sociales, mientras que otros tenían profesiones completamente convencionales, y aun así seguían siendo cuáqueros.
A principios de junio Fredrik y Dine se marcharon al campo, a una granja de la comunidad cuáquera en Jutlandia, justo a las afueras de Esbjerg. Una semana más tarde llegaron Henry y Tove. A Henry le parecía una perspectiva magnífica. Podría quedarse allí en el campo completamente gratis, todo el verano si quería. También tenían planes para lo que tendría que hacer más adelante, en otoño, pero de momento aquello estaba aparcado.
La granja de Jutlandia era muy bonita. Era una casa grande de ladrillo blanco, situada muy cerca de la costa. Había cientos de ovejas, media docena de vacas y algunos cerdos. Fredrik, el padre cuáquero con su barba de Rasputín, era un hombre muy práctico y con buen ojo para la agricultura. La granja ofrecía buenos ingresos, y era allí donde planeaban asentarse permanentemente porque Fredrik, profeta como era, preveía que la prosperidad económica que estaba viviendo Europa tarde o temprano entraría en crisis.
Henry estaba muy contento y agradecido porque lo habían acogido a pesar de estar perseguido por la policía. Trabajaba y se afanaba todo el día para mostrar su agradecimiento. Su gratitud era sin duda tan grande y profunda que con todo el trabajo que hizo en poco tiempo habría saldado, en principio, su deuda. Había reparado la valla, encalado la casa, puesto un nuevo suelo, limpiado los establos y arreglado tantas cosas que los cuáqueros tuvieron que pedirle que se lo tomara con más calma.
Henry les hizo caso e intentó relajarse. Daba largos paseos por los páramos o a lo largo de la costa, contemplando el mar. Nadaba y tomaba el sol, pero no encontró una auténtica paz interior hasta que empezó a componer en un viejo órgano de escuela que estaba en una de las estancias de la casa. Decidió que escribiría algo sacro, algo meditativo y tranquilo que permitiría a los demás sumergirse en la música y utilizarlo en sus sesiones. El órgano de la escuela era bastante viejo y estaba muy desafinado. El sistema de fuelles hacía que las frases salieran como espiraciones de un aparato de respiración asistida. Henry no estaba muy acostumbrado a sentarse e insuflar aire mediante fuelles, pero con perseverancia se consigue cualquier cosa.
Puso a su composición el sencillo título de «Salmo 1963», y tuve la oportunidad de escucharla al piano más de quince años después. Era una pieza realmente hermosa. A los cuáqueros pareció gustarles. Entiendo el porqué.
Pasaron los meses. Henry el danés componía música en el viejo órgano de escuela, mientras que los demás trabajaban en la granja y celebraban sus sesiones. De vez en cuando acudía gente a visitarlos. Eran hombres muy serios y reservados, algunos venidos de Suecia, que hablaban principalmente con Fredrik en el despacho que tenía en una de las alas de la granja. Sus conversaciones eran de carácter confidencial, y Henry no quería verse involucrado. Procuraba mantenerse al margen, pero a la larga no lo conseguiría.
Tove parecía feliz la mayor parte del tiempo. Pero en ocasiones soltaba frases llenas de ambigüedad, como el hecho de que era tan feliz que «se arrepentía de todo». Henry quería que se lo explicara, pero ella prefería no hacerlo. A veces lloraba por las noches cuando creía que él estaba dormido. Hacia el final del verano, Henry quiso saber qué era lo que estaba sucediendo, qué era lo que le pasaba a Tove. Ya no podía aguantar más todo aquel secretismo en torno a su persona.
– Pronto lo sabrás -le dijo Tove una noche-. Dentro de muy poco.
Habían cenado de forma copiosa, un ágape de aquellos que han dado fama a la cocina danesa: jamón graso y suculento, paté de hígado, revoltillo de huevos con anguilas, todo regado con grandes cantidades de aguardiente Aalborg. A Henry el licor le había puesto de muy buen humor, pero después de hacer el amor Tove rompió a llorar de nuevo y él quiso saber qué estaba ocurriendo. Le dijo que había notado que pasaban cosas raras.
– ¿Es que no puedes tener un poco más de paciencia?
– Lo quiero saber ahora, esta noche -insistió Henry-. No soporto verte llorar.
– No puedo decirte nada -contestó Tove-. No me está permitido.
– Creía que los cuáqueros erais muy francos.
– Duérmete. Y ten un poco más de paciencia.
Henry no tenía sueño. Estaba muy alterado por toda la situación, y además muy mosqueado por la presencia de todos aquellos espías trajeados merodeando por la finca. Estaba paranoico porque era un desertor buscado por la policía. Se vistió y salió a fumar un cigarrillo para tranquilizarse, pero en cuanto estuvo fuera se puso a llover. Una llovizna suave y fresca empezó a caer sobre la costa, y el mar se rizaba indolentemente, como si anunciara el otoño, una partida y la libertad.
Henry se preguntaba en qué diablos estaba metido. ¿Qué estaba haciendo allí, en aquel llano páramo danés? Simplemente había permitido que lo deportaran a aquel lugar, como si fuera una especie de prisionero. La lluvia y sus pensamientos lo estaban poniendo furioso, y entonces vio que había luz en el despacho de Fredrik. Se acercó sigilosamente para echar un vistazo en su interior.
Fredrik, con su barba de Rasputín, trabajaba sentado a su escritorio. Estaba encorvado bajo la luz de una lámpara, leyendo documentos. Tenía un gran mapa desplegado ante él, y de vez en cuando escribía en un libro negro.
Henry llamó al cristal de la ventana y Fredrik dio un respingo como si hubiera oído un disparo. Se tranquilizó en cuanto vio a Henry. Abrió la ventana y le preguntó en el nombre de Dios qué estaba haciendo allí bajo la lluvia.
– He visto que había luz -dijo Henry-. Hay algo que necesito saber…
– No grites tanto -dijo Fredrik-. Vas a despertar a toda la granja. Anda, entra.
Henry entró en el despacho y se sentó frente al escritorio.
– Ya lo sé -dijo Fredrik-. Sé que Tove no es feliz. Está triste, muy desesperada. Te quiere, Henry. Eso no entraba en los planes…
Fredrik parecía profundamente preocupado, con el ceño muy fruncido.
– ¿Qué quiere decir? ¿Qué planes?
Fredrik mordía pensativamente la punta de su lápiz. Su mojado suéter desprendía un vago olor a lana de oveja.
– ¿Qué está ocurriendo? -preguntó Henry-. Aquí está pasando algo, ¿verdad? Lo quiero saber ahora, porque tiene que ver conmigo…