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– Muy bien -suspiró Fredrik, retorciéndose un mechón de la barba de Rasputín-. Supongo que será mejor así… ¿Conoces el caso de Kjell Nilsson?

– ¿El tipo de Lund?

– Ese mismo. Tal vez también sepas que él y otro estudiante sueco han sido detenidos.

– Me lo puedo imaginar.

– ¿Te atreverías a hacer lo que hicieron ellos?

– ¿Ir a Berlín?

– Sabemos que eres el hombre adecuado, Henry. Tienes la actitud necesaria para afrontar las cosas y eres valiente.

– ¿Cómo puede saber cuál es mi actitud ante las cosas?

– Eso se sabe, se nota. Conozco bien a la gente. Y Tove también. Y además nos hemos encargado de comprobarlo.

Henry se recostó en la silla y empezó a morderse las uñas.

– Bueno, basta de marear la perdiz -dijo irritado-. ¿Qué quiere de mí?

– La policía te busca, Henry -dijo Fredrik tranquilamente.

– ¿Y qué? Tengo pensado volver a Suecia cuando sea el momento apropiado.

– Pero te iría bien tener un nuevo pasaporte, ¿no crees?

– ¿Es alguna especie de chantaje?

– En absoluto -dijo Fredrik sin perder la compostura-. En absoluto. Es solo una cuestión de favores y devolución de favores…

– Así pues, ¿cuál es el plan? Escuchémoslo.

– Es sencillo -dijo Fredrik-. Lo cierto es que tú no corres mucho riesgo.

El cuáquero exigió de Henry un voto de confidencialidad, jurando por su honor y su conciencia, y le explicó el plan, al menos la parte del plan en que participaría Henry Morgan, e innegablemente era muy sencillo. Provisto de un pasaporte falso, tenía que tomar el ferry hasta Sassnitz y luego continuar en tren hasta Berlín. Allí debía hospedarse en un hotel y esperar un mensaje con instrucciones para la siguiente fase. Se trataba de un corto viaje vía Checkpoint Charlie hasta Berlín Este para entregar una partida de pasaportes falsos. Los documentos servirían para que mucha gente pudiera pasar al oeste.

– No hay muchas cosas que puedan fallar -dijo Fredrik-. Llevarás contigo una maleta de aspecto impecable con un doble fondo. Tendrás que entregarla a un hombre en Berlín Este, y después marcharte.

– ¡Qué insulso…! -exclamó Henry-. Como una mala novela policíaca.

– Hay tantas cosas insulsas en la vida.

– Lo dudo -repuso Henry.

– Por cierto, se me olvidaba decirte que recibirás una sustanciosa cantidad de dinero.

– ¿Dónde? -preguntó Henry un poco más interesado.

– En Berlín Oeste.

– ¿Y si me cogen?

– Es bastante improbable. Pero si ocurriera, serías entregado a las autoridades suecas. Existen ciertas garantías. Pero eso no va a suceder. Tenemos buenos contactos con muchos e influyentes ciudadanos suecos. La Liga Girrman también está actuando del mismo modo y nos ayudarán si algo sale mal.

– ¿Y Tove? -preguntó Henry-. ¿Cuándo volveré a verla?

– En cuanto regreses, por supuesto.

A Henry le pareció que allí había gato encerrado. Nunca había creído que esa clase de cosas sucedieran en la vida real. Y, a pesar de ello, no dudó en ningún momento de que Fredrik hablaba completamente en serio. Un hombre con una barba como aquella no podía estar de broma. Aquellos cuáqueros se traían algo entre manos -ya se había dado cuenta desde el primer momento- pero nunca se habría imaginado que fueran asuntos turbios de tal envergadura. Después de aquello, siempre sentiría una cierta afinidad con James Bond.

– Creo que todo este asunto apesta un poco a caso Wennerström -dijo Henry.

– Wennerström estaba en el otro bando. Él era militar.

– Eso no tiene nada que ver.

– No es una cuestión de rojo o azul -dijo Fredrik, todavía tranquilo y seguro-. Es una cuestión de ética, sobre la libertad y la moral, familias que han sido separadas…

– Si dice la palabra «responsabilidad» creo que voy a vomitar -dijo Henry.

– ¿Y por qué? Es una cuestión de responsabilidad. Correrás el riesgo, Henry. Sé que lo harás. Te conocemos bastante bien. Fuiste capaz de desertar del ejército remando en una canoa. No tenemos ninguna duda de que te atreverás con algo tan seguro como esto.

– No soy un cobarde -dijo Henry orgullosamente-. Pues claro que me atrevo. ¡Nadie va a llamarme cobarde!

– Aun así piénsatelo -dijo Fredrik-. No podemos obligarte a hacerlo. Dame tu respuesta mañana. Sé que Tove apreciaría mucho que aceptaras.

La historia de Henry el agente secreto quizá sea la más insólita de todas. Tiene que ver con Bill Yard, quien llega a Berlín aparentando ser músico, aunque en realidad se dedica a ayudar a gente a pasar del Este al Oeste.

Todo empezó ya en el ferry. El ambiente en el bar del ferry era anormalmente insípido, silencioso y deprimente. Henry se sentía abatido. El joven desertor, viajando bajo la falsa identidad de Bill Yard, boxeador y pianista, estaba terriblemente melancólico. Había matado el tiempo con la correspondencia, escribiendo durante un par de horas: una carta a su madre para contarle que todo iba bien, que había sido acogido por una gente muy buena, a los que se conocía como cuáqueros, y que se le había presentado una ocasión única de ir a Berlín para escuchar a los grandes del jazz americano, que tocaban allí para los yanquis estacionados en la zona estadounidense.

Había pasado otra hora escribiendo una carta a Maud, en la que incluía lo que pensaba que eran delicadas alusiones a que había encontrado a alguien, una danesa a la que amaba apasionadamente. Aunque ni él mismo se lo creía.

Ahora estaba en el ferry con rumbo a Sassnitz y no podía evitar la tentación de buscar a otras chicas. Era como si ya hubiera olvidado a Tove. Ella le había hablado de que el sacrificio era la forma más auténtica de amor, el sacrificio de tus propios intereses en beneficio de una causa mayor, como ella y Henry estaban haciendo: aquella era la forma más elevada de amor. Aseguró que su partida la hacía feliz. Cuando se despidieron en el portal del edificio cercano al parque Örsted en Copenhague, ella le dio a Henry un amuleto para llevarlo colgado de una cadena alrededor del cuello. Ahora Henry se sacó el amuleto que llevaba por dentro de la camisa y leyó la inscripción latina en la pequeña medalla de plata: «HODIE MIHI, CRAS TIBI», hoy por mí, mañana por ti. Sumergió el amuleto en su vaso de whisky y después se lo llevó a la boca, y mientras lamía las gotas de licor británico se preguntó si a lo largo de su vida seguiría coleccionando trofeos de mujeres. Tenía una pitillera con las iniciales W.S. grabadas en la tapa, y ahora también un medallón en el que ponía «hodie mihi, cras tibi», hoy por mí, mañana por ti.

Henry empezó a ponerse sentimental y apático, y deseó estar lejos de aquel bar que ni siquiera hacía honor a su nombre. Al principio añoró estar junto a Tove y pidió otro whisky, pero entonces empezó a echar de menos volver a casa con Maud. No estaba resultando fácil.

Henry el agente secreto, es decir, Bill Yard, no quería hablar con nadie, porque cuando se es agente hay que mantener la boca cerrada y pasar lo más inadvertido posible. Cualquiera, ya fuera una hermosa y seductora mujer o algún charlatán de apariencia insignificante, podía ser un contraespía. Su gran arma en esta vida era saber juzgar a las personas bastante bien; esa era la razón por la que había logrado desenvolverse tan bien en el exilio. Henry afirmaba que era vidente y que podía distinguir claramente a las personas malas de las buenas. Pero tener aquella cualidad no era suficiente en el mundo del espionaje: allí había que estar constantemente alerta, ser desconfiado, escéptico. Aquello no iba demasiado con Henry. No encajaba para nada con su manera de ser.

Estaba en un bar lleno de humo, humedad y grasa en Fasanenstrasse. Henry había estado jugando al billar con un tipo de Kreuzberg. El alemán era increíblemente bueno, a pesar de faltarle un brazo, lo cual le había obligado a adoptar un estilo de juego realmente peculiar. Era demasiado joven para haber sido herido en la guerra, y Henry ya había escuchado su historia varias veces. Habían bebido bastante.