Le llamaban Franz por el héroe de Döblin, que también había perdido el brazo derecho. A Franz le gustaba jugar, y en el pasado había formado parte de un equipo de bolos bastante bueno. En el otoño de 1957 el equipo salió de gira para competir contra un par de clubes en Amsterdam. Una noche Franz y sus compañeros de equipo entrenaban en una bolera cuando de pronto irrumpió en el local un loco perturbado al que perseguía la policía. El hombre era un paranoico, y empezó a disparar uno tras otro contra todos los miembros del equipo de bolos. Cuando llegó el turno de Franz, tuvo la fortuna de que la bala impactara en su brazo. Entonces se encalló el revólver. Franz aprovechó la ocasión y mató al hombre con un bolo ornamental.
– Todavía conservo el bolo, Bill -dijo-. Puedes venir a casa para verlo.
– No, gracias -dijo Henry-. No tengo ningún interés en ver tu maldito bolo.
En cualquier caso, Franz había infligido una severa derrota a Henry en aquel bar lleno de humo, humedad y grasa de Fasanenstrasse, y el premio consistía en una ronda de cerveza y schnapps. Henry tuvo que pagar también la segunda ronda. Después Franz se empeñó en que quería seguir jugando y empezaron a discutir. Este manco del demonio no parece muy duro, pensó Henry. Además, Franz hablaba un inglés muy malo y estaban teniendo serias dificultades para insultarse.
Empezó a llover de nuevo, y esta vez no era una débil llovizna otoñal. Diluviaba sobre Fasanenstrasse y la basura era arrastrada en un feroz torrente por el borde de las aceras hasta desaparecer en las cloacas.
De pronto, sin previo aviso, Henry se puso muy furioso y empezó a empujar a Franz. Estaban al borde de llegar a los puños, y Henry no se dio cuenta de que una hermosa mujer de unos veinticinco años entraba en el bar, aparentemente para guarecerse de la lluvia. Supongo que así fue más o menos como debió de suceder.
– ¡Vete a la mierda! ¡No eres más que un jodido mentiroso! -gritó Henry en un mal alemán, y aquello ya fue demasiado para Franz.
El hombre al que llamaban Franz vació un vaso entero de cerveza sobre la cabeza de Henry y se marchó, muy consciente de su culpabilidad: él había tenido la culpa de toda aquella trifulca.
Una parte de la cerveza salpicó a la joven que acababa de entrar en el bar. Henry estaba borracho y enojado, y odiaba Berlín más que nunca. A pesar de todo, hizo un esfuerzo por disculparse.
– No tiene importancia -dijo la mujer.
– ¿Hablas inglés? -preguntó sorprendido.
– Soy inglesa -respondió la mujer.
Aquello cambiaba mucho las cosas, y así fue como Henry conoció a Verena, pues ese era su nombre, Verena Musgrave. Henry pensó que aquello era una feliz coincidencia.
Henry se sentó de nuevo en el taburete y la invitó a un cigarrillo Roth-Händle. La cerilla se encendió con una leve explosión tardía al rascar el fósforo.
– Hay muchos idiotas en esta ciudad -dijo Henry-. Un bolo…
– ¿Un bolo? -repitió Verena Musgrave.
Henry sacó a colación lo del perturbado de Amsterdam, el bolo y el impacto de bala en el brazo de Franz.
– Creo que no lo entiendo muy bien -dijo Verena.
– No hay nada que entender -repuso Henry-. Yo tampoco lo entiendo. Probablemente era un jodido mentiroso.
– Hace frío hoy -dijo Verena.
– Tómate un schnapps. Suele ayudar en estos casos. Si quieres puedo dejarte mi abrigo.
– No, gracias. Prefiero tomarme un schnapps.
Empezó a llover con más fuerza, y un malhumorado pastor alemán se coló dentro del bar para descansar y secarse en un rincón. Era un perro callejero, al igual que tantas otras criaturas en aquella ciudad.
– ¿Y qué tipo de asunto te ha traído a esta ciudad? -preguntó Henry, que había conseguido abrir sus enrojecidos ojos y fijarse bien en aquella joven.
– Trabajo de investigación. En el Archivo Estatal de Geheimes, en Dahlem.
– ¿Y qué hace allí alguien como tú?
– Buscar a gente. Gente que ha desaparecido, pero a la que aún no se puede dar por muerta.
– Vaya. No suena muy divertido.
– No lo es.
– Y entonces, ¿por qué lo haces?
– Es trabajo de investigación -repuso Verena tosiendo por culpa de los fuertes cigarrillos.
Henry el agente secreto intentó recobrar la compostura, centrarse y pensar un poco. Y, naturalmente, le vino a la cabeza Verner Hansson, el genio del ajedrez.
– Tengo un vecino allí en Suecia, en Estocolmo. Está un poco chiflado, pero está realmente fascinado por la gente desaparecida. De pequeño era un genio del ajedrez y fundó un club para jóvenes inventores…
Verena se echó a reír de una manera extraña.
– ¡Sí, ríete! -dijo Henry-. Pero es verdad. Se volvió un poco raro y empezó a interesarse por casos misteriosos de gente que desaparecía sin dejar rastro… muchachos que salían a buscar leña una noche fría de enero. No habría más de veinticinco pasos hasta la leñera, pero esa noche…
– ¿Desaparecían? -preguntó Verena volviendo a toser.
– Para siempre -dijo Henry encendiendo otro Roth-Händle-. Mi amigo Verner tiene un archivo entero de personas desaparecidas, que incluso codicia la policía. Seguro que te caería bien.
Pidieron otra ronda de cervezas y Henry, alias Bill Yard, siguió hablando, todo lo cortésmente que era capaz de ser cuando bebía, sin darse cuenta de lo lenguaraz que estaba siendo. Verena le explicó -como más tarde, con gran esfuerzo, conseguiría recordar- que vivía en una pensión regentada por una señora anciana, y que el edificio estaba lleno de pisos viejos cuyos propietarios habían desaparecido, la mayoría durante la guerra, pero nunca habían sido declarados oficialmente muertos. La pensión estaba ubicada en Bleibtreustrasse, no lejos de Savignyplatz.
Al agente secreto le gustaba Verena. Se la veía tan seria, de una extraña y vaga manera… Él estaba borracho, pero aun así era consciente de la situación hasta el punto de querer dar una buena impresión. Quería mostrar todo su poder de seducción allí en el bar. Así que se disculpó y fue al baño para mojarse la cabeza y quitarse la cerveza del pelo. Sentía que la cara le ardía, pero tenía frío.
Cuando volvió a la barra, Verena había desaparecido. Había pagado la última cerveza de él y se había marchado. Henry se derrumbó como un saco, completamente hundido. Salió del bar grasiento y lleno de humo de Fasanenstrasse, pensando que un montón de gente parecía haber desaparecido de su vida de repente.
Llevaba en Berlín más de dos semanas y no había recibido una sola señal, una sola indicación de cuál se suponía que debía ser su gran contribución a la libertad. Se había hospedado en el hotel que le habían ordenado. Todo había resultado perfecto y, que él supiera, no había despertado ninguna sospecha. Henry el agente secreto había interpretado el papel de un turista, y a esas alturas ya había paseado arriba y abajo por las calles de todos los barrios de la ciudad. Kreutzberg, Schöneberg, Tempelhof, Steglitz, Wedding, Charlottenburg… se los conocía todos by heart, como decían los ingleses. Y había visto el Muro, Die Mauer. Había visto el húmedo, chorreante y macizo muro que partía la ciudad en dos como una especie de terror arquitectónico. Atravesaba edificios, cruzaba por en medio de calles y plazas: los ladrillos eran mudos, y las lágrimas del silencio totalitario resbalaban por ambos lados.
Pero no había recibido la más mínima señal. Henry empezaba a sospechar que algo iba mal, que algo había ocurrido. Sin embargo, él era solo un pequeño engranaje en una maquinaria gigantesca. La Liga Girrman no era el único grupo dedicado a aquella forma de «beneficencia» y autosacrificio que consistía en ayudar a pasar personas de un bando a otro.
Al cabo del tiempo, Berlín se había convertido en un lugar bastante aburrido. Henry había escuchado suficiente buen jazz y había ido a todos los clubes de la ciudad, ya que oficialmente estaba allí para estudiar la escena musical. Pero incluso la música puede empezar a palidecer cuando uno se siente realmente abatido.