Se lo guardó en el bolsillo y salió de la habitación. La anciana esperaba impaciente en el vestíbulo.
– ¿Y bien? ¿Se equivocaba usted? -preguntó con aire satisfecho.
– Sí -dijo Henry-. Me he equivocado por la oscuridad.
– Me lo imaginaba -contestó la anciana-. Se ve una chica muy decente.
Cruzó la calle, entró en un bar y pidió una cerveza. Encendió un Roth-Händle y empezó a elucubrar. Había algo muy extraño en toda aquella situación, pero no podía dilucidar qué era. Pensó en cada palabra que había dicho a las personas con las que había hablado, especialmente a Franz y a Verena. La conversación sobre los desaparecidos, el archivo de Dahlem, y aquella silueta. Guardó el retrato en su cartera, pensando en conservarlo como un recuerdo. Tal vez no estuviera realmente enamorado. No era más que un solitario agente secreto en Berlín.
Después de un duro mes de lluvia y niebla, de grasa y humo, de hollín y humedad en Berlín, Henry estaba a punto de desmoronarse. No había ocurrido nada, y ya ni siquiera le divertía salir por ahí a beber. Fue entonces cuando llegó otra carta, esta vez con matasellos de Estocolmo. Henry se quedó muy extrañado. Nadie en Suecia podía saber dónde se encontraba Bill Yard.
Abrió el sobre con angustiosa premura y leyó la carta totalmente estupefacto: «Sal de ahí, Bill. El juego ha terminado. Ve a ver a la señorita Verena Musgrave a la pensión Belleke, Bleibtreustrasse 15. Si encuentras su foto en el expositor de Kurfürstendamm 108, será el momento de marcharse. Eres muy valiente. Quema esta carta. W.S.».
Cuando una sensación de irrealidad se cierne en torno a alguien, o bien se vuelve totalmente paranoico por el shock o bien moviliza todos sus recursos físicos e intelectuales para intentar sacar el mejor partido de la situación. Durante un buen rato, Henry osciló entre la más pura paranoia y una absoluta lucidez. Después de leer y releer la carta una y otra vez, la quemó en el cenicero, se fumó cinco cigarrillos seguidos y empezó a meter desordenadamente su ropa en la maleta que contenía una docena de pasaportes falsos en el doble fondo. No veía razón alguna para sospechar de nadie en especial. Lo más desconcertante de todo era cómo diablos Wilhelm Sterner había llegado a involucrarse en todo aquello. Lo único que podía suponer era que W.S. era uno de aquellos importantes contactos que los cuáqueros tenían en Suecia, un hombre que había sido miembro del cuerpo diplomático. Pero Henry no entendía nada. Lo único que sabía era que tenía que ir a Kurfürstendamm 108.
Efectivamente, había un expositor publicitario en medio de la amplia acera. Contenía anuncios de tiendas de los alrededores, así como una serie de fotografías de mujeres del tipo «antes y después». Eran propaganda de la cirugía estética que se realizaba en un instituto de belleza: como aquellos anuncios de antes y después para culturistas en los que un escuálido oficinista se convertía en un bañista de poderosa musculatura.
Aunque, en este caso, era justo al contrario: aquí se eliminaban cosas en lugar de añadirlas. En las fotos aparecían dos mujeres cuya nariz presentaba la inconfundible protuberancia y que, paso a paso, adquirían un perfil ario. Según el texto, el instituto de belleza era famoso en todo el mundo.
Una de las mujeres de las fotos en el expositor era Verena Musgrave.
Pelo
(Leo Morgan, 1963-1964)
Podría decirse que en el año 1963 estalló una crisis de ámbito mundial en el negocio de la peluquería, de la que aún no se ha recuperado completamente. Sin embargo, fue un año grande para Leo Morgan y para muchos otros que estaban encantados con su pelo al natural. El mundo estaba cambiando radicalmente. Leo era conocido como el hijo del legenderario Barón del Jazz, poeta y estrella infantil, recordado a partir de su aparición en El Rincón de Hyland y codiciado objeto de entrevista por parte de las revistas semanales. El precoz y muy tímido adolescente hacía declaraciones en muy raras ocasiones, pero cuando opinaba no se quedaba en la superficie y hablaba de todo, desde Imsen y el movimiento Maranata hasta los nuevos miembros de la Academia Sueca. En los muy contados días en que estaba de buen humor, incluso un mediocre periodista podía recoger pepitas de oro de alto quilate mediante una buena criba.
Naturalmente, la celebridad de Leo causó una gran impresión en la escuela. Se convirtió en un modelo para sus compañeros y el favorito de todos los profesores. Se esperaban de él las máximas calificaciones en todas las asignaturas, salvo en gimnasia, cuyo presionado y desesperado profesor tenía que comunicar al claustro su aprobado justo: una mancha insignificante en las por lo demás inmaculadas notas del joven Morgan.
Aquella fue la primavera en que Henry Morgan armó un gran escándalo al desertar. Huyó del ejército, atravesó la frontera sueca y se exilió en Copenhague. Lo cierto es que el escándalo no tuvo mucha repercusión, ya que se acalló de forma bastante efectiva. Todo el mundo hablaba de ello, aunque no públicamente. Henry se convirtió en una especie de héroe secreto. Pero como casi nunca paraba por casa, Leo fue incapaz de experimentar una sensación irreparable de pérdida. A Greta, claro está, se la veía en un permanente estado de preocupación, pero el joven muchacho conocía muy bien la naturaleza de su aflicción. No era el tipo habitual de quejas y lamentaciones. Era como si Greta, en el fondo, supiera que tarde o temprano Henry volvería, y no tenía ningún sentido retorcerse las manos amargamente por él. Henry siempre había vuelto.
Y este parecía arreglárselas bastante bien. Pronto empezaron a llegar cartas de Copenhague, en las que explicaba que un grupo de gente llamados cuáqueros lo cuidaban muy bien. Greta y Leo buscaron la palabra en el diccionario y lo que encontraron no sonaba nada mal. Había otros muchos que lo estaban pasando peor.
Las cosas iban indudablemente mucho peor en casa de los Hansson. Con los años Verner no se había vuelto menos raro. Ahora estaba en el instituto, al que pronto iría también Leo, y se habían distanciado un poco. Se acabaron los juegos, así como la colección de sellos, el club de las llaves y otras actividades. Verner había fundado el Club de Jóvenes Inventores -sin ningún éxito, ya que a esa edad los chicos están mucho más interesados en explorar el cuerpo femenino-, y seguía cada vez más obsesionado con sus investigaciones sobre personas desaparecidas. El archivo de Verner no dejaba de crecer y crecer al tiempo que elucubraba y conjeturaba, hacía gráficas y elaboraba hipótesis tanto para algunos casos individuales como para aspectos más generales. Una de sus teorías globales era que toda la gente desaparecida estaba reunida en alguna parte del planeta, pasándolo bien y divirtiéndose con los vanos intentos de los detectives que intentaban localizarlos. Todos habían desaparecido a través de una especie de grieta de nuestra realidad, una puerta hacia otro mundo solo conocida por los conspiradores elegidos.
La señora Hansson creía que el muchacho había perdido el juicio porque no tenía un padre al que admirar y respetar. En realidad ella nunca había intentado corregir su delirio de que su padre le estaba esperando en una isla de los mares del Sur. Las cosas tampoco mejoraron cuando aquella primavera se estrenó con gran éxito la serie de televisión Villervalle en los mares del Sur. Verner se sentaba frente al televisor y naturalmente era a sí mismo y a «Hansson» -como llamaba a su padre ausente- a quienes veía en la pantalla. Su madre continuaba negándose a explicarle lo que ella sabía acerca de su padre, y quizá aquello empeoraba las cosas. Tenía algo que esconder que podía dañar al muchacho, quería protegerlo de la realidad, y, como cualquier intento de proteger a alguien de la realidad, estaba abocado al fracaso.
Tras consultarlo con algunos profesores del instituto, aquel verano envió a su hijo a Inglaterra, a un curso de idiomas en Bournemouth. La señora Hansson tuvo que ahorrar hasta la última moneda a fin de reunir la cantidad necesaria para pagar el viaje, pero finalmente lo consiguió gracias a una beca del colegio. Verner no tenía ningunas ganas de ir, y su madre tuvo que convencerlo. Fue algo de lo que acabaría arrepintiéndose amargamente.