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Cuando regresó a casa del curso de idiomas en Bournemouth, Inglaterra, en el otoño de 1963, lo único que permitiría identificar a Verner Hansson eran sus huellas dactilares. La intención había sido que un cambio le sentaría bien, así como respirar aire puro del mar y hacer nuevos amigos que desviaran la atención de Verner sobre todo lo que rondaba por su cabeza, que no era demasiado agradable.

La cura, innegablemente, había sido muy efectiva. El antiguo Verner había muerto. En un mes y medio -el curso consistía en un aprendizaje intensivo durante seis semanas en un ambiente alegre y juvenil, como rezaba el anuncio-, el muchacho había dejado de ser un empollón con granos y caspa para convertirse en algo que señalaba el comienzo de una nueva era en la historia de Occidente. El anodino y maloliente genio del ajedrez que se mordía las uñas y recababa información de lo más dispar, el presidente del Club de Jóvenes Inventores que dejó Suecia el día del solsticio de verano, volvió a finales de agosto como una persona completamente distinta. Su cabello graso y casposo se veía de repente limpio y clareado por las largas tardes pasadas al sol en las rocosas playas inglesas, y, lo peor de todo, se curvaba hacia delante en un flequillo, un flequillo Beatle. Además, se había deshecho de su vieja ropa -aquellos harapos grises y gruesos que picaban, remendados con parches y manchados con marcas de sudor- y se había comprado ropa nueva, cosas modernas, durante una visita a Londres.

Verner Hansson se presentó en el instituto dos días después de que empezaran las clases, y ya solo aquella tardanza hacía suponer que algo extraño había sucedido. El muchacho parecía avanzar flotando sobre unas botas de tacón alto que él llamaba boots a la manera inglesa, con aquel alucinante flequillo que le caía sobre los ojos y su pelo lavado con champú ondeando al viento. Había ocurrido un milagro.

Pero, en esencia, aquel milagro tenía una explicación. Verner Hansson había estado viviendo en casa de una familia con dos hijas adolescentes, que casi se mueren de risa al ver aparecer al palurdo sueco con granos que parecía tener unos cien años. Por lo visto, enseguida se vieron acometidas por una histérica alegría creativa que dirigieron hacia el pobre Verner, quien durante un período de varios frenéticos días sufrió en sus carnes un tratamiento de doctor Jekyll y míster Hyde sin parangón. Sumergieron al muchacho en una bañera y prendieron fuego a su asquerosa ropa en un barreño en el patio. Y, de paso, procuraron que el joven perdiera la virginidad. Y eso hicieron. Verner Hansson encontró una nueva grieta en nuestra realidad, una puerta hacia otro mundo solo conocida por los conspiradores elegidos. Y hay motivos para creer que durante las seis semanas que duró su estancia en Bournemout se dedicó en cuerpo y alma a aprovechar aquella oportunidad que le habían brindado, y que las chicas sacaron gran provecho de su inversión.

Naturalmente, el vikingo Verner se había traído consigo varios discos de sus conquistas en el Oeste. El primero y más importante era «Please Please Me» de los Vétales, y cuando aquel disco empezó a sonar a todo volumen en el edificio de Verner, ya nada volvió a ser igual. Claro que a la señora Hansson estuvo a punto de darle un ataque, y se arrepintió profundamente de haber pagado una pequeña fortuna para transformar a un muchacho un poco raro pero al menos sensato en un joven aún más raro y nada sensato. Lo miraras por donde lo miraras, había sido un mal negocio.

Pero la transformación era tanto inevitable como contagiosa. Muy pronto Leo y otros muchachos de la escuela escuchaban a los Beatles, y Verner incluso había empezado a fumar: parecía encajar a la perfección con su nuevo estilo de peinado y las boots en los pies.

La metamorfosis de Verner afectó profundamente a Leo, así como a todo el que lo conocía. De repente el joven Morgan empezó a pasar fines de semana enteros yendo de aquí para allá entre la radio -intentando sintonizar la canción en las emisoras de éxito- y el cuarto de baño, donde a escondidas se peinaba el flequillo sobre la frente, curvándolo a lo largo de las cejas, y se examinaba en el espejo desde todos los ángulos. Un día, sin previo aviso, salió del cuarto de baño con el flequillo peinado hacia abajo. El flequillo le caía sobre la frente, y se sentía un poco raro pero en cierto modo absolutamente esencial. No capitularía nunca. Elvis y Tommy no significaban ya nada para Leo. Él pertenecía a la nueva escuela. El pop era lo que se llevaba. Las piedras sueltas que pronto se convertirían en una auténtica avalancha empezaban a rodar.

«Repartamos alas /en cada esquina /siempre hay alguien que se atreve/a acariciar el cielo interior», escribió el poeta Leo Morgan, y eso era justo lo que había sucedido. Existía un infinito número de jóvenes almas que se atrevían a acariciar el aire interior que llenaba los pulmones de todos con el poder para gritar. Aquellas líricas frases eran en realidad la expresión de un inmenso éxtasis, que exigía su tributo en forma de flequillo cayendo sobre los ojos, chaleco negro, tejanos y zapatillas deportivas en las que ponía «BEATLES». Por entonces las palabras «BEATLES» y «STONES» estaban en casi todas partes, y en la primavera del sesenta y cuatro Leo Morgan metió su herbario en bolsas de plástico dobles y lo guardó dentro de un armario, porque ya no quería mirarlo más. Todo aquello pertenecía a su infancia, y la antigua estrella infantil se había convertido en un adolescente.

Henry el oficinista se encontraba por entonces en pleno ojo del huracán, en Londres, Inglaterra. Trabajaba en Smiths & Hamilton Ltd., en algo que Greta y Leo nunca entendieron muy bien. Tenía que ver con la correspondencia. También había estado en Berlín, donde había escuchado jazz, había visto el horrible Muro y solo Dios sabe qué otras cosas habría hecho durante su primer año de exilio. Greta se preguntaba si volvería pronto a casa, y al cabo de unas semanas Henry escribió contando que estaba viviendo con una «chica» llamada Lana, y que se sentía muy a gusto con ella. En realidad, la tal Lana tenía casi la misma edad que Greta y a duras penas podía considerársela una «chica», pero Henry mintió deliberadamente, como siempre hacía para tranquilizar a sus más allegados.

Como se ha dicho, Londres era el corazón desde el que se bombeaba sangre nueva a todos los jóvenes reprimidos del mundo con una asignación semanal bastante abultada. Había surgido toda una industria que producía artículos que de una manera u otra podían relacionarse con el pop, los Beatles y la nueva manera de ser. Había camisetas, bufandas, calcetines, ropa interior, pósters, libros, discos y álbumes destinados a los adoradores de ídolos, y Henry envió a casa todo un cargamento para alegría de su hermano pequeño.

Así fue como Leo se convirtió en el orgulloso poseedor de una camiseta de los Beatles de terciopelo naranja varios meses antes de que la moda se extendiera por Suecia. Aquello hizo que de pronto pasara a ser una presa muy codiciada por un buen número de chicas con instinto de caza. Además, Leo era un joven muy sensible; no era bruto ni cruel como la mayoría. Después de todo escribía poesía, y nunca parecía tener intenciones de «pasarse». Él y Verner empezaron a recibir invitaciones a fiestas, a las que acudían sin dudarlo. Antes no habría habido lugar a discusión: habrían preferido quedarse encerrados en sus clubes y en sus experimentos. Pero los tiempos habían cambiado. Las chicas los invitaban a fiestas con cerveza, palomitas y bailes en habitaciones oscuras. Era allí cuando la mayoría de los chicos intentaban «pasarse», es decir, meter la mano debajo del jersey de las chicas, sobarles los pechos y susurrarles al oído fragmentos de 491, la escandalosa novela de alto voltaje sexual de Lars Goerling.