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Pero Leo no era así. Él era un poco como George Harrison. John era el más duro, Paul el más dulce, George el más romántico y Ringo era simplemente feo. Leo recordaba más a George, y cuando bailaba una lenta, como «Love Me Do», nunca intentaba hacer nada raro -tampoco es que fuera un gran bailarín, y nadie lo había visto nunca bailar el twist-, pero parecía un poco más sensible que los demás muchachos. Y era precisamente aquella sensibilidad la que hacía que las chicas se pelearan por él. Podría pensarse que cierta delicadeza de sentimientos o la modestia podían ser una desventaja para un chico, un obstáculo, pero no sucedía así en absoluto, porque lo mejor de los Beatles era que no eran como los tipos duros de las viejas bandas de rock and roll. Los Beatles podían ofrecer esa imagen un tanto desaliñada y potente en la superficie, pero en el fondo eran dulces y románticos, al igual que Leo.

Una de las más devotas admiradoras de Leo era Eva Eld, un nombre que sin duda debió de cautivar al poeta, ya que eld significa «fuego» en sueco. Eva Eld solía dar fiestas en su casa y, como sus padres eran de muy buena posición, eran fiestas por todo lo alto. Los muchachos más esnobs llevaban corbata y algunas de las chicas lucían vestido largo. Se bailaba foxtrot al compás de las mejores canciones de los Beatles, y la madre de Eva se encargaba de que hubiera grandes cantidades de rosbif, ensalada de patatas, cervezas y refrescos. Leo sabía cómo tener encantada a aquella mujercita, y también que el mueble bar de su padre estaba muy bien surtido. No importaba si llevaba consigo a otros cinco jóvenes majaderos; Eva siempre le perdonaría lo que fuera, ya que pensaba que podía ver a través de aquella coraza de dureza que Leo trataba en vano de crear a su alrededor. Ella estaba segura de que él la amaba y, cuando en un momento de descuido, le besó en la boca, él pareció sorprendido, como si nunca hubiera creído que alguien quisiera darle un beso en los labios. Una vez le pidió una fotografía de ella y se la guardó en la cartera, donde antes había llevado los autógrafos de las estrellas televisivas Lill-Babs, Lasse Lönndahl y Gunnar Wiklund. Aquellas aberraciones grafológicas habían desaparecido hacía tiempo. Eva Eld era mucho mejor: le recordaba un poco a la fotografía de una estrella de cine que Leo tuvo una vez. Solo que no podía recordar de quién se trataba.

Tenía una gran colección de fotografías de estrellas cinematográficas, y también pudo quedarse con los centenares que había reunido Henry hasta que se cansó de aquellas chiquilladas. Ahora estaban todas juntas en una caja de cartón en el desván del edificio. En algún momento de aquella cruel primavera debió de subir a hurtadillas hasta el ático completamente solo, encontrar aquella caja en concreto y empezar a buscar a la actriz de cine que se parecía a Eva Eld. Empezó a pasar de forma rápida y sistemática las fotografías apiladas en perfectos montones de veinticinco cada uno, sujetos por dos gomas elásticas entrecruzadas. Doris Day, Esther Williams, Ulla Jacobsson, Tyrone Power, Tony Curtis, Robert Taylor, Clark Gable, Catarina Valente, Aland Ladd, Brigitte Bardot, Humphrey Bogart, Scott Brady, Sophia Loren, James Dean, Burt Lancaster, Kim Novak, Gregory Peck, Pat Boone, Tommy & Elvis, Ingo & Floyd… todos aquellos extraordinarios nombres revolotearon por su mente trayendo a su memoria los primeros días de la primavera en que la nieve se fundía en las aceras, dejando tras sí riachuelos de arena y vapor que olían de una forma muy especial. Y en medio de aquellos regueros estaban todos los críos cambiando fotos de estrellas de cine, saltando a la comba, jugando a la rayuela o haciendo girar el hula-hop que habían comprado en Epa. Todo aquello parecía tan aburrido y pasado de moda… La nueva primavera olía de otro modo. Olía a humo de cigarrillos y a perfume. Y, por cierto, la estrella de cine que se parecía tanto a Eva Eld era Rosemary Clooney.

El oficinista

(Henry Morgan, 1964-1965)

«¡Sé mi Boswell!» era una de las exhortaciones más habituales de Henry Morgan, y un escritor no puede renunciar a un par de buenas historias que se le ofrecen de forma totalmente gratuita. Como se ha visto, en el camino de Henry hacia París se presentaron varios obstáculos y extraños retrasos que en algunos casos traspasaban completamente los límites de la razón. Pero también era evidente que tarde o temprano acabaría en Londres, la mismísima ciudad del doctor Jonson, donde todo maestro en el arte de la conversación tiene que apagar su sed y humedecer su lengua. La historia de Henry el oficinista comienza hacia finales del año 1963.

La señora Dolan nunca llamaba a la puerta: la empujaba con la punta del zapato por la sencilla razón de que siempre llevaba dos o tres bandejas de desayunos una encima de la otra, sin posibilidad alguna de soltar siquiera una mano. La verdad es que nunca logró estar mano sobre mano, ya que el conserje de la pensión era inusualmente vago. Había adoptado a Andy Capp como su dios del hogar, y aunque se levantaba muy temprano solo era para tumbarse en un sillón frente al televisor de la sala de estar.

– Buenos días, señor Morgan -dijo la señora Dolan-. ¿Qué clase de mundo es el que os vamos a dejar a los jóvenes? -Suspiró-. Ya han asesinado al mismo asesino. Bueno, supongo que para el caso es lo mismo. No parecía tener muchas luces.

– Oh, cielos -dijo Henry, soñoliento.

– Que desayune bien, señor Morgan.

La señora Dolan desapareció con la misma rapidez con la que había llegado. Era muy habladora, pero nunca se entrometía innecesariamente. A Henry le gustaba la señora, y el sentimiento era mutuo. Para entonces ya le había permitido mudarse a una de las mejores habitaciones. Estaba ubicada en la planta superior del edificio con vistas sobre los tejados, e incluso era posible atisbar algunos árboles del Hyde Park si te inclinabas sobre el alféizar de la ventana y estirabas el cuello. Henry lo había hecho.

Llevaba dos semanas en Londres. Había buscado trabajo pero aún no había encontrado nada. Todavía le quedaba algo del dinero que el manco Franz le había dado en Berlín. Aunque sentía como si fuera dinero ensangrentado que no se había ganado. No era dinero limpio.

La estancia de Henry el agente secreto, alias Bill Yard, en Berlín, así como su marcha de allí, habían sido cuando menos caóticas. Siguiendo el desconcertante aviso de W.S., había huido como alma que lleva el diablo. No había entendido nada de aquello, ni tampoco quería. Incluso había arrojado la imagen con la silueta de Verena Musgrave al canal. Fue una de las escasas ocasiones en que Henry reconoció haber temido por su vida. Para él era inconcebible regresar a Copenhague convertido en un gran fracasado y un estúpido que no podía explicar algo que resultaba inexplicable. El ocultismo y la rinoplastia nunca fueron los fuertes de Bill Yard.

Así pues, lo mejor era subirse al primer tren que saliera de la ciudad, que resultó ser el expreso de Londres. Al cambio de moneda había recibido unas quinientas libras esterlinas, dinero suficiente para sobrevivir durante un tiempo. Pero el señor Morgan era un joven emprendedor de veintiún años que no tenía intención de dormirse en los laureles. Quería trabajar, hacer algo. Se sentía inquieto; ya estaba harto de hacer turismo o de estar tumbado con los brazos cruzados bajo la cabeza y silbando monótonas melodías con la mirada puesta en el techo de la pensión.

Aquella mañana engulló rápidamente el desayuno y se puso la gabardina blanca y amplia que había comprado en una tienda de segunda mano en Kensington. Bajó la bandeja del desayuno a la señora Dolan, que estaba en la cocina. Ella le agradeció su ayuda. Le dijo que el señor Morgan era el huésped más gentil que había tenido desde el noruego, que había llegado justo después de la guerra. A sus ojos, todos los escandinavos eran héroes como Dag Hammarskjöld en mayor o menor grado. Sentía lástima por todos los escandinavos. Dinamarca y Noruega habían sido ocupadas por Hitler, los finlandeses tenían a los rusos acechando a sus espaldas, mientras que los suecos siempre parecían estar tristes.