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– Alguien tuvo que haberle hecho daño a su gente en el pasado -dijo la señora Dolan-. Por eso se les ve siempre tan melancólicos. Aunque usted no, claro está, señor Morgan. Usted no parece nada triste. Usted tiene un brillo especial en la mirada y pronto va a encontrar trabajo. Todo saldrá bien, ya lo verá.

Una ciudad irreal. El humo amarillento se deslizaba por los callejones, rozando contra los cristales de las ventanas, y «bajo la neblina parduzca de un amanecer invernal / una muchedumbre avanzaba por el puente de Londres». «La bóveda del río está rota: los dedos de las últimas hojas / se aferran y se hunden en el húmedo cauce.» La música ascendía lentamente hacia él desde las aguas. «Dulce Támesis, fluye suavemente hasta que acabe mi canción…»

Allí pasó cerca de un año, y no tengo intención de hablar de todos los partidos de fútbol con Bobby Charlton que vio, ni de sus paseos solitarios por el Támesis mientras la niebla cubría las barcazas sobre el agua y la lluvia suspiraba apacible sobre las calzadas y él se metía en un bar para calentarse con una Guinness y un whisky, que es precisamente lo que se tiene que hacer cuando se es un héroe en Londres y al mismo tiempo en una novela.

Y desde luego que hay tiempo para hablar de todo ese humo amarillento que se deslizaba por los callejones, como por supuesto también lo hay para hablar del hombre apropiado en el momento oportuno que se mete en un pub y habla sobre la vida y la muerte y todo ese humo amarillento. Henry entró en un pub mucho después de que dispararan a Kennedy y se perdió la retransmisión televisiva -eso solo eran algunos datos-, y lo mismo le sucedería con Oswald. Pero Henry era avispado y las cogía todas al vuelo, y enseguida se vio envuelto en una discusión sobre la CIA, Kennedy, Cuba y Jruschov. Y los tipos del pub bien podrían haber creído que aquel sueco encorbatado era un ministro del gabinete o como mínimo un adusto académico especializado en ciencias políticas.

Su excepcional capacidad para convencer de lo que fuera a cualquier interlocutor hizo que pronto consiguiera permiso de trabajo en Londres y un buen empleo en un despacho, donde debía encargarse de la correspondencia con Escandinavia. Los ingleses se movían a sus anchas por las oficinas de Smiths & Hamilton Ltd., una empresa dedicada al negocio del papel, principalmente de Finlandia y Suecia. Y aquel trabajo le venía a Henry como anillo al dedo. Por añadidura, en S &HLtd. había al menos media docena de chicas que, a sus ojos, no estaban del todo mal.

No es que hubiera mucho que hacer durante la jornada. La correspondencia fluía tan lentamente como el Don, y Henry trabajaba un poco en esto o en aquello, dependiendo de su estado anímico. Los jefes consideraban que era un auténtico hallazgo y que había aprendido rápidamente los entresijos del negocio. Le daban golpecitos en la espalda y le prometían el cielo y las estrellas si continuaba aprendiendo a ese ritmo. Pero Henry carecía totalmente de ese tipo de ambiciones que los jefes suelen esperar de sus empleados. Aquello no era más que una estación de paso, un alto en su camino a París.

Pero Londres era el Swinging London, y esa primavera de 1964 en que Cassius Clay se convirtió en campeón mundial de boxeo, los Beatles se convirtieron en campeones del mundo por derecho propio. Todo Londres, Gran Bretaña y el mundo entero vivían la beatlemanía. «She Loves You» sonaba en todas las gramolas y en los cines daban A Hard Day’s Night, que a Henry el oficinista le parecía bastante frívola. Toda la escena pop era bastante frívola. Aunque no pudo resistirse a enviar a casa un par de vinilos y algunos accesorios que le gustarían a Leo. Se trataba de camisetas y pósters de John, Paul, George y Ringo. Henry se preguntaba si Leo estaría muy alto, si es que había crecido algo. En ocasiones le entraba una tremenda añoranza, sobre todo durante algunas festividades. Pero nunca dejaba de guardar el Sabbat. Henry siempre observaba el Sabbat e incluso la menor de las fiestas señaladas en el calendario descansando, comiendo y añorando.

El pop nunca fue santo de su devoción. Henry era un pianista de jazz y, como otros muchos amantes del jazz espantados y desesperados, frecuentaba los sótanos donde escuchar y seguir las nuevas tendencias de vanguardia. Era una tropa cada vez más diezmada la que seguía acudiendo a los clubes de jazz, y Henry comprendió que de alguna extraña manera había perdido el paso respecto a los nuevos tiempos. Henry Morgan se había quedado rezagado: él era de hecho la persona menos moderna que se pudiera imaginar. Mientras toda la gente de su edad se encaminaba a Carnaby Street para vestirse con los atavíos del pop, Henry Morgan seguía moviéndose por ahí con su vieja chaqueta de tweed -bueno, se había comprado una nueva en Londres-, su jersey y su corbata. Las chicas de la oficina le insistían para que se modernizara un poco, diciéndole que su forma de vestir estaba muy anticuada, pero sin resultado alguno.

Henry era y sería siempre un alegre outsider, un inconformista. Gracias a la obra de Colin Wilson, un outsider era un tipo de persona que se había puesto de moda entre los intelectuales y los músicos de jazz, pero estaba claro que un outsider no podía ser una persona alegre. Tenía que ser alguien atormentado, que nunca encajaba en ningún lugar; era alguien que se mantenía apartado, en la periferia, y que cuando las cosas se ponían realmente mal se alejaba tanto que llegaba a quitarse la vida, como hizo el antiguo pianista del Bear Quartet. Aquel sí que fue un auténtico outsider.

Pero la odisea en la que Henry se había embarcado a lo largo y ancho de Europa no tenía nada que ver con la búsqueda de algo o con intentar encontrar el verdadero sentido del ser y la existencia, como dirían los profundos pensadores sartrianos. Henry no estaba buscando nada: estaba huyendo de algo. Pero incluso aquella huida había llegado pronto a su final. En Londres ya había olvidado prácticamente su condición de desertor y de amante eterno de Maud. En suma, había aprendido a vivir, y era tanta su curiosidad respecto a todo que tenía que seguir adelante. Quería ver más, ver cuanto pudiera hasta quedar saciado. Quería ver, oír, oler, catar y arrasar con todo lo que encontrara en su camino. Por esa razón muchos lo percibían como un joven audaz y singular, que en cualquier momento podría convertirse en un héroe, cuando se presentara la ocasión. Se equivocaban. Henry era simplemente como Sven Dufva, el personaje de Runeberg, con una insaciable sed y un hambre voraz por la vida.

Así pues, Henry escuchaba grandes dosis de buen jazz, pero también entró en contacto con la tradición del music-hall. Era una feliz combinación de viejas canciones de los días de la Gran Guerra y melodías de corte totalmente moderno con letras descaradas, estúpidas y absurdas. Henry se quedó totalmente fascinado por un hombre alto y enjuto, que parecía un travesti y cantaba en falsete. Se llamaba Tiny Tim, y tocaba el ukelele en uno de los clubes favoritos de Henry. Este también empezó a escribir canciones. Se sentaba al primer piano que le dejaban y escribía canciones que luego vendía por una pinta de Guinness.

Henry también aseguraba -algo que nunca se pudo refutar ni probar- que el original de «Mrs. Brown You Got a Lovely Daughter» de Herman’s Hermits había sido escrito por el propio Henry Morgan. Un día estaba sentado en el despacho de Smiths & Hamilton Ltd., mirando a una secretaria de belleza despampanante, de la que siempre se burlaba por tener en su mesa una foto de los Beatles. Ella le devolvía la pulla, diciéndole que era un raro y un anticuado. La chica se llamaba O’Keen y era del norte. Era ella a quien Henry tenía en mente cuando escribió «Miss O’Keen You Are a Naughty Daughter», con el mismo estribillo del que Herman’s Hermits se apropiaría más adelante. Henry había tocado la canción con gran éxito en una fiesta de la empresa. Más tarde la presentó a una discográfica, que le pagó cincuenta libras esterlinas y le dijo que no era un buen momento para su lanzamiento. Varios años más tarde apareció la canción, convenientemente remozada, pero para entonces Henry ya se había marchado. Tampoco es que le interesara armar mucho revuelo. Era un hombre de naturaleza generosa. En su opinión, los ingleses le habían tratado bien.