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El camarero permaneció detrás de la barra y le gritó a Henry que escapara. Algunos clientes borrachos se hicieron lentamente a un lado, entre murmullos callados. Nadie hizo ademán de intervenir.

Henry se protegió de la artillería pesada de duros pero totalmente desatinados proyectiles que el gigantón lanzaba con el peor de los estilos callejeros. El pianista y boxeador se apartaba a un lado, se agachaba y retrocedía alternadamente, como si estuviera jugando con el hombretón, como si aquello fuera muy divertido.

Cuando Henry había retrocedido a lo largo de la barra, con todo el mundo apartándose a su paso, quedó acorralado contra una mesa. Algunos clientes asustados salieron a la calle, solo para mirar a través de la ventana. Henry no se lo pensó mucho. Apretó los dientes y pasó a la acción. Lanzó un potente golpe de izquierda que atinó en la frente y la mejilla del bruto. Este apenas pareció sorprendido, pero se descentró. Sacudió la cabeza y, al intentar lanzar atropelladamente un nuevo mazazo, Henry le propinó un poderoso golpe de zurda en la barbilla, seguido de una serie de explosivos ganchos de derecha por encima de la oreja del gigantón. Y ahí acabó todo.

El hombre cayó al suelo con un ruido estrepitoso, arrastrando consigo una mesa y lanzando un terrible gemido. Trató torpemente de incorporarse de nuevo, pero sin éxito. Algunos tipos del bar se acercaron para estrechar la mano de Henry y agradecerle la exhibición. Después se llevaron a rastras al gigantón para dejarlo en algún callejón apartado.

Henry se sentó en un taburete de la barra, envuelto por esa bruma irreal que rodea a los héroes después de la batalla. El camarero le sirvió un whisky abundante para sus nervios, y trajo hielo y una venda para sus nudillos, magullados y sangrantes.

– Un pianista debería tener más cuidado con sus manos -dijo el camarero-. Pero eres un buen boxeador, Henry.

– ¿Quién diablos era ese? -preguntó Henry.

– No estoy seguro -contestó el camarero-. No viene mucho por aquí. Lo único que sé es que antes solía llevar una moto. Acabó debajo de un camión. Se llama Highbottom o algo así.

– ¡Highbottom! -gritó Henry-. ¡No puede ser verdad! ¡Pero si está muerto…!

– No te preocupes, Henry -dijo el camarero-. Ya lo han apalizado otras veces…

«Lana’s Left in London» es el nombre de una canción que Henry compuso en homenaje a su madura amante. También he podido escucharla, una agradable cancioncilla sobre una mujer embustera que solo callaba cuando la besaban. No creo que fuera una canción despectiva hacia las mujeres, más bien al contrario. Lana le gustaba de verdad a Henry, pero ella lo había engañado y él estaba de camino hacia París.

Llevaba ya más de un año en el Swinging London, conocía bien la ciudad y había aprendido una lección. Lana pronto le perdonaría, porque él nunca le contó lo de la pelea con su difunto marido. Ella nunca dejaría de enviarle puntualmente una brillante postal navideña, deseándole unas felices fiestas y preguntándole cuándo pensaba regresar. Pero nunca volvió.

El día en que Henry se encontraba con su maleta en la estación Victoria, los vendedores de periódicos anunciaban a pleno pulmón que sir Winston Churchill había muerto. La angustiosa espera de toda la nación había acabado de repente con el último suspiro del gran hombre. Toda una época de la historia reciente recorrió la estación como una ráfaga de viento, arrastrando consigo a toda una generación de patriotas y serviciales inválidos de guerra impregnados en agua tónica, mientras los titulares de la prensa se arremolinaban en su corriente: «HA MUERTO».

Era primera hora de la mañana de un domingo de enero de 1965. Henry encendió un Player’s y arrojó el humo hacia las sucias vidrieras de la cubierta de la estación, donde la lluvia dibujaba lúgubres líneas sobre el hollín adherido a los cristales. Una anciana sentada en un banco se echó a llorar, algunos distinguidos caballeros trajeados se quitaron el sombrero en honor al más inglés de los ingleses, e incluso los trenes parecían suspirar de tristeza. Los ciudadanos de duelo comenzaron a hacer fila a lo largo del Támesis. El propio Henry se sentía profundamente afligido: siempre le había caído bien Churchill. No sabía por qué, ya que sus conocimientos sobre el papel histórico de Churchill eran bastante limitados. Se trataba probablemente de una cuestión de estilo, y de sentimentalismo.

Henry sentía tristeza, y también indecisión y esperanza. No sabía adónde ir, pero ya no tenía por qué sentir remordimientos por abandonar a una Lana desconsolada por su traición. Ahora que toda Gran Bretaña estaba de luto, Lana no tenía por qué sentirse sola. El duelo era el duelo.

Vacas santurronas

(Leo Morgan, 1965-1967)

Después de Herbario (1962) aparecería el segundo volumen de poesía de Leo Morgan. Se titulaba Vacas santurronas y llegó a los escaparates de las librerías más o menos por la misma época en que en Suecia comenzamos a conducir por la derecha, que fue en septiembre de 1967.

Vacas santurronas mostraba una faceta totalmente distinta. Los críticos llegaron a la conclusión de que algo trascendental le había ocurrido al poeta. Su silencio de cinco años -siempre se habla de «silencio» para referirse a poetas que no están sacando constantemente poemarios; los poetas que nunca se han visto afectados por ese singular «silencio» deberían probarlo: suele ser bueno para la poesía- había sido como la calma que precede a la tormenta. Prácticamente todo el círculo de críticos vio en Leo Morgan al portavoz de una nueva generación, como el Bob Dylan del parnaso sueco, un poeta excéntrico que conjugaba un lenguaje moderno con un modernismo clásico, significara lo que significase.

Es de suponer que el poeta reaccionaría a esos comentarios con un silencio despectivo. Nunca reconoció a dios alguno. Había puesto a aquellos ídolos en un pedestal solo para poder escuchar el placentero estruendo que producía su caída. La blasfemia se convirtió en el sello distintivo de Leo Morgan.

Pero había sido un largo camino hasta llegar allí, hasta el otoño de 1967, y no resultaba difícil hacer un minucioso y extenso inventario de la formidable bolsa de valores, citas e influencias -todas las corrientes literarias desde Baudelaire hasta Ekelöf y Norén, todos los discos desde los Beatles hasta Zappa- que sacudieron y zarandearon la mente del poeta. Al igual que le sucedió a toda la juventud de mediados de los sesenta, Leo Morgan fue objeto de una inagotable corriente de impresiones y sensaciones, cuya única finalidad era consumir ideas, ropa, drogas y personas como cíclopes de un solo ojo.

Así pues, Vacas santurronas fue una gran erupción poética, que en cierto modo anunciaba la erupción política que culminaría en la primavera del sesenta y ocho. Desde un punto de vista literario, los sismógrafos acusaron un gran impacto. Muchos críticos reconocieron estar impresionados ante el furioso ímpetu, la energía poética liberada que ardía en cada sílaba. Tuvo que ser alguna especie de ángel Rilke el que susurraba al oído de Morgan.

En este caso el método poético consistía en alimentar un volcán hasta colmarlo con las figuras del culto de la sociedad occidental -algo así como una suerte menor de los Cantos- solo para dejar más adelante que todo aquel magma explotara en una erupción aniquiladora de invectivas que hacían que Dante apareciera como el más cobarde panegirista.

En oposición a la representación «tradicional» del Bien -personificado por Dag Hammarskjöld, Winston Churchill, John F. Kennedy y Albert Schweitzer, todos del siglo veinte, todos muertos-, el poeta ofrece un fértil y creciente Caos. Escudriña y castiga a sus víctimas, haciéndolas aparecer como simples e ingenuas figuras que solo aspiraban al Bien. Detrás de sus fachadas se escondían los motivos más bajos y las perversiones más abyectas -Hammarskjöld era un pervertido reprimido, Churchill pintaba a modelos desnudas, Kennedy abusaba de sus secretarias y Schweitzer propagó la sífilis entre las tribus nativas-, oscilando entre la rumorología general y las puras invenciones de la imaginación. Pero lo peor de aquellos embajadores del Bien era su corrupta Lealtad.