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En contraposición a esa noción de aparente lealtad, Leo opone el éxtasis altruista, el fuego de la combustión espontánea que es cualquier cosa menos leal. Por primera vez en su vida, Leo deja que la deslealtad irrumpa en el sistema. Ese orden que intentó establecer en Herbario aparece ahora como una quimera, un orden falso. Se trata de una revelación tan amarga como perturbadora y dolorosa.

De hecho, resulta asombroso que una editorial respetable, y además sueca, se atreviera a publicar un libro tan desmesurado y blasfemo como Vacas santurronas. Tal vez fuera por pura inconsciencia o descuido. Quizá el editor preveía una tirada corta y un exiguo número de lectores. El poeta ya no era ningún prodigio: tenía dieciocho años y su momento de gloria había pasado. No era más que una antigua estrella de El Rincón de Hyland, merecedora apenas de alguna breve mención en las revistas, que reseñaron que «ahora al dulce poeta le ha salido pelusa en la barbilla y ha escrito algunos poemas coléricos…», y cosas por el estilo.

Mientras estoy aquí sentado en el maltrecho escritorio de este apartamento siempre lúgubre, hojeando Vacas santurronas diez años después -es el ejemplar de su abuelo paterno, muy usado y con signos de admiración aquí y allá en los márgenes-, solo puedo constatar que la fuerza y la energía de la lava poética de Leo todavía perduran. Por derecho propio, el título del poema debería aparecer en alguna antología escolar, pero, que yo sepa, aún no se ha hecho. Puede que sea por una grave negligencia de los responsables de educación o, más probablemente, por la carga demasiado impactante de su contenido.

El punto de vista es brillante. Ya desde el título, Leo escudriña a sus vacas santurronas a través de la mira telescópica de un rifle máuser. El poema es una especie de largo monólogo en boca de un asesino a sueldo cuya misión es disparar contra el mojigato coro de hipócritas. Para poder matar, se ha provisto de pastillas y de la perspectiva limitada que le brinda la mira del rifle, a fin de garantizar que las víctimas nunca sean sujetos en un ambiente específico, individuos en alguna especie de contexto. Las personas vistas a través de la mira telescópica se convierten en muñecos, figuras silueteadas, casi abstractas. Esa es la condición lógica y necesaria para el asesinato: para poder matar, la víctima debe ser algo abstracto a lo que llamar enemigo, y quizá luzca uniforme para poder diferenciarlo de otras víctimas. El asesino y verdugo no puede ver al ser humano: tiene que ver un organismo abstracto, a quien él, con toda su profesionalidad, su destreza y su precisión, pueda inyectar una buena dosis de plomo que garantice su indefectible muerte.

La filosofía del asesino constituye el prólogo y preludio de Vacas santurronas, y, en mi opinión, ese pasaje se encuentra entre los más feroces, crudos y brutalmente descarnados que se hayan escrito jamás en este país.

Después de haber establecido la filosofía del asesino, las víctimas empiezan a aparecer en la mira de su rifle: «Hammarskjöld duerme en su habitación de hotel / Génesis 38 tiene orejas de perro / la vergüenza tiene ojos…», piensa el asesino, y apunta a Onan que derrama su esperma sobre la tierra. «Churchill, quién es la chica en Funchal / que se agarra a la balsa salvadora del puro…», piensa el asesino, y apunta a la pintura del ministro en Madeira. Y el poema prosigue en ese tono, hasta que el verdugo concluye finalmente su misión y limpia el mundo de esos santos, nuestras vacas santurronas. La gente está indignada y se siente abandonada; el enviado de los dioses ha dejado la tierra y cualquier cosa puede sobrevenir: el Mesías, Zaratustra o un nuevo Hitler. Ningún verso revela quién encargó su misión al asesino: podría ser un Dios desdeñado, indignado por la veneración idólatra de los humanos, o el mismo Satanás, furioso por la misma razón.

En contraposición a ese culto vacuo a las vacas santurronas, y como consuelo en medio de la total confusión, el poeta ofrece su artillería pesada de éxtasis, la embriaguez globalizadora del rock en la que germinará lo nuevo, en la que ya ha nacido lo nuevo… la esperanza que lo abarca todo y solo puede manifestarse en ese éxtasis incendiario, la Unio mystica con el universo.

Así pues, la destrucción total del orden se constituye como la única esperanza del mundo, un cataclismo, una catarsis para los impuros. En una irónica estrofa dirigida contra sí mismo, Leo dice adiós para siempre a ese orden, a ese sistema que con tanto ardor se empeñó en establecer en Herbario: «Mis plantas eran los secos / ardientes arbustos del desierto / clamando, como todos los fuegos al sol…». Estos versos tienen un triple sentido. Son al mismo tiempo una broma irónica contra sí mismo, una alusión bíblica y una paráfrasis de Dylan. Las plantas secas de Herbario están en llamas; el sistema, el orden, pronto se convertirá en ascuas. Pero fue justamente bajo ese disfraz -la zarza ardiente- con el que el Todopoderoso se apareció ante Moisés y lo exhortó a conducir a su pueblo lejos de la opresión hasta una tierra donde manaba la leche y la miel. La imagen en sí, su ingeniosa agudeza, es dolorosa y estremecedora.

En general, Vacas santurronas rebosa de tal número de metáforas, alusiones, parodias críticas y citas, que requiere conocer las claves de una especial conciencia para poder penetrar en toda su significación. Es un libro para outsiders que habían formado parte de la manada.

Puede que Vacas santurronas fuera un gran éxito de crítica, pero no se vendió especialmente bien. La obra se convirtió en una presa codiciada por intelectuales mods y provies que robaban libros en las librerías. Leo Morgan tal vez no se convirtió en una auténtica figura de culto, pero en algunos círculos disfrutó de una gran reputación como conciencia torturada.

Había introducido la deslealtad en el sistema, y eso constituía todo un logro para algunos. La lealtad era un arma de clase, algo a lo que los poderosos, los socialdemócratas y la Federación Patronal SAF se referían durante sus negociaciones. Los trabajadores debían ser leales a sus empresas, leales a Suecia. La lealtad era ponzoña, una planta cizañera, una cosecha envenenada a traición. El éxtasis de la música rock predicaba la solidaridad, que era algo completamente distinto.

Eso incluía también la solidaridad con el pueblo de Indochina, cada vez más sometido al terror de Estados Unidos y cuya resistencia testimoniaba una fuerza admirable. Una concienciación sobre fenómenos globales como el imperialismo comenzaba a penetrar en la poesía sueca en general y en la de Leo Morgan en particular. La revista Bonniers Literary Magazine causó un pequeño escándalo y perdió a numerosos suscriptores tras la publicación del poema sobre Vietnam de Sonnevi, y Leo también adoptó una postura clara, aunque nunca pretendió ser considerado como un poeta de pancarta o contestatario.

Leo Morgan estaba sincera y genuinamente indignado… no dudaría en jurarlo. El niño que recorría aún los antiguos laberintos de su cerebro sabía bien cómo se desencadena el pánico, cómo el terror se retuerce para abandonar el cuerpo entre sudores fríos, vértigo y aullidos cuando la tierra tiembla bajo las bombas. Leo había pasado por ese Inferno, y tal vez por eso escribió un poema salvaje e iracundo llamado «Ángel de fieltro», un título que en sí mismo podría recordar a docenas de poemas modernistas -firmados «Breton ‘22» o por cualquiera de sus epígonos suecos cincuenta y cinco años más tarde-, pero que en realidad no busca el efectismo. De hecho la balada es lo que habitualmente suele llamarse «un ataque acerbo» contra esos ángeles de fieltro, es decir, las hermanas de la Cruz Roja que de forma constante y perseverante envían mantas a las regiones del Tercer Mundo asoladas por alguna catástrofe.