Además de Greta, había otras personas que reclamaban su parte de Leo Morgan. Eva Eld parecía consumirse de amor por su poeta, su bohemio, su George Harrison, y cuanto ella imaginaba que representaba para ella. Sabía muy bien que salía con la pandilla de mods que iban con Nina Negg, pero no le importaba.
Vestida con falda, medias escocesas hasta la rodilla y una blusa recién planchada, tenía un asombroso parecido con la actriz de cine Rosemary Clooney, y era esa imagen prístina la que encandilaba a Leo. Ahora llevaba en su cartera una foto de la actriz porque le recordaba a Eva. Era una mujer ardiente y llena de pasión, y poseía todo aquello de lo que carecía Nina Negg.
Sin un murmullo de protesta, Eva permitía que todos los mods a los que Leo conocía acudieran a sus fiestas, donde alguno de ellos se las arreglaba para abrir el mueble bar de su padre y acceder a los licores más selectos. Los jóvenes más esnobs, de traje azul oscuro y corbata, estaban en cierto modo fascinados por esos mods pendencieros sin ningún respeto hacia nada. Sus novias también estaban muy interesadas: salían tantas cosas en la prensa sobre sus trifulcas y disturbios, y encontraban todo aquello muy excitante.
Después de una fiesta en casa de Eva Eld, Leo se había quedado dormido en su cama, y allí seguía cuando, sin previo aviso, llegaron los padres de la muchacha. Resultaba evidente que no podían encontrar a un mod en la cama de su hija, por lo que Eva consiguió empujar como pudo a su poeta debajo la cama, y más tarde se le uniría allí en el suelo. La joven le hizo el amor con tanta pasión que Leo llegó a cuestionarse una vez más lo que le dictaban sus propios sentidos.
A principios del otoño de 1967, una solemne procesión desfilaba por las calles de Estocolmo: un grupo de elementos subversivos portaba un ataúd hasta la plaza de Kungsträdgården, el Jardín Real. Allí alguien sacó un trapo con un emblema especial pintado, lo empapó en gasolina, lo prendió y dejó que sus cenizas se esparcieran sobre el ataúd mientras se entonaban unos sosegados himnos. Así fue como el movimiento provie, de apenas un año de existencia, celebró su propio entierro. Es muy probable que Leo Morgan participara en aquella procesión. Tal vez, en cierto sentido, aquel día también estuviera enterrando su propia juventud en la plaza de Kungsträdgården.
Justo el año antes de que se aboliera oficialmente el examen general de graduación, Leo consiguió graduarse aprobando todas las asignaturas con calificaciones bastante buenas, presumiblemente gracias a la predisposición favorable de los profesores, convertida ya en una vieja costumbre. Hacía tiempo que Leo había dejado de ser el genio de la clase, y es muy probable que en el último claustro docente surgieran ciertas discrepancias en torno al alumno Leo Morgan a la hora de ser evaluado por sus maestros y el director. En los últimos años se había comportado de forma perezosa, apática e indiferente. Los maestros pensaban que era como si al niño prodigio no le llegara suficiente oxígeno. Como venía siendo habitual, tampoco tenían ni idea de lo que le había ocurrido.
Como dos demonios, Verner y Nina Negg habían llegado al instituto y habían arrancado de sus garras a su poeta con pelusa en la cara, lo habían rescatado de la enseñanza conformista, que limaba el más pequeño elemento divergente hasta producir una mediocridad general. Verner había comenzado a ir por la universidad -era el matemático más perezoso de la facultad- y Nina trabajaba cuando le venía en gana. Durante el día comían cualquier cosa, y luego se encontraban en casa de ella para fumar marihuana y escuchar a Jimi Hendrix antes de pasar por el instituto para buscar a Leo, que insistió en seguir asistiendo a clases hasta graduarse. Verner se fumó uno tras otro sus sellos de correos. Bajaba hasta el Filatélico de la calle Horn -uno de los hombres involucrados también en el equipo de excavadores-, y vendía ejemplares de especial rareza, uno tras otro. Su madre no tenía ni idea, porque cambiaba sellos valiosos por otros sin ningún valor y que ella no podía distinguir. Verner sentía que su idea era de una genialidad hilarante: viejos pedacitos de papel podían colocarlo tanto como quisiera… solo era cuestión de vender el apropiado.
A veces Nina se preocupaba por Leo cuando estaban allí sentados, fumando sus pipas de la paz. Su mirada parecía congelarse, se volvía oscura y totalmente inescrutable. A diferencia del resto, él nunca se ponía alegre cuando fumaba. Al contrario, era como si nada a su alrededor le afectara ni le importara. Se volvía cada vez más introvertido y reservado, incluso casi inaccesible, y eso la preocupaba. Nina sospechaba que él la odiaba porque ella sabía que iba con aquella jodida y asquerosa burguesa llamada Eva Puta-Eld. Un día le había cogido la cartera a Leo y había encontrado aquellas fotografías que supuestamente representaban a su rival. Nina las rompió frente a él, las quemó y las pisoteó, solo para hacerlo reaccionar. Pero él no se inmutó. Ella podía fingir que estaba furiosa, pegarle puñetazos y arañarle la cara con sus uñas mordidas, pero él no reaccionaba. Podría haberle prendido fuego como a un monje del Lejano Oriente, y él no habría hecho nada para evitarlo. Leo siempre buscaba una explicación, siempre estaba dándole vueltas y exprimiendo cada idea y cada palabra hasta que no quedara nada de ellas. Todo se volvía vacuo, retórica sin contenido. Toda su vida era como una partida de ajedrez en la que las piezas habían desaparecido, una tras otra, hasta que lo único que quedaba era Leo: siempre ganaba, por más marihuana que hubiera fumado.
Pero Nina Negg no se preocupaba solo de declarar oficialmente la muerte de todo y de todos: ella también era capaz de participar en la lucha por la vida. Era amiga de una de las figuras preeminentes del movimiento provie, si es que puede hablarse de líderes y bases en relación con este fenómeno. De ser así, Leo habría estado probablemente entre las bases.
El conocido de Nina había recorrido toda Europa en autoestop. Se llamaba Stene Forman y era hijo de un barón de la prensa, aunque en un grado menor si se compara con los magnates de los grandes periódicos. Stene tenía una risa con la que ninguna otra podía competir. Cuando soltaba una carcajada, la gente que la oyera podría llamar a la ambulancia, al cuerpo de bomberos o a quien fuera, porque sonaba realmente peligrosa. Su risa parecía estar poseída, y llevaba a pensar en una fuerza de la naturaleza o un deseo salvaje y reprimido. Pero en el fondo Stene Forman era una persona muy positiva, y posiblemente por eso el movimiento recibió en Suecia el nombre de «Pro Vie».
En Holanda se llamaba «Provo», de provocación, y en Amsterdam sus integrantes habían desencadenado casi una guerra civil al unirse con los trabajadores en huelga. La versión sueca era mucho más moderada, modesta y positiva, y no tan desesperada o desilusionada como en el resto del continente.
Probablemente fue Stene Forman quien logró persuadir a Nina Negg de que era jodidamente crucial realizar happenings, y Leo empezó a sospechar que Nina se había enamorado de aquel tipo: no había otra explicación. No es que se estuviera celoso; se negaba a aceptar la existencia de los celos, porque habían sido erradicados de su mundo, como por una especie de peste negra de la propiedad.
Los provies llevaron a cabo una serie de happenings y manifestaciones: desalojaron un autobús arrojando botellas desechables delante del Riksdag, el edificio del Parlamento; cantaron en el túnel de Brunkeberg, e hicieron varias representaciones de teatro callejero. Sus acciones no dejaban de ser un tanto inocentes, pero fueron reprimidas brutalmente por parte de las fuerzas del orden. Los provies estaban expandiendo los límites de lo que estaba permitido, y esa fue una de las razones que atrajeron a Leo.
Se necesitaban bastantes participantes para una manifestación en contra de la bomba atómica que tendría lugar en la plaza Hö, y fue en esa ocasión cuando Leo se convirtió temporalmente en provie. Era un sábado por la tarde, y las calles del centro estaban llenas de gente haciendo compras. Dos procesiones de manifestantes, provistas de sendas bombas atómicas confeccionadas con papel de aluminio, iniciaron la marcha desde dos puntos opuestos hasta encontrarse en el centro de la plaza. Los transeúntes, curiosos, empezaron a congregarse a su alrededor. Los dos ejércitos se iban acercando hacia la confrontación final cada vez con mayor agresividad. Gente inocente que estaba haciendo sus compras se vio arrastrada a la batalla y, finalmente, las dos bombas estallaron, causando la muerte de ambos ejércitos.