– Uno veinticinco -dijo Minou, porque esa era su altura.
– No, monsieur -gruñó el americano-. ¡En dólares!
Esa fue la gota que colmó el vaso de Henry Morgan, el leal Sven Dufva de ojos azules. Irrumpió en escena, dirigiéndose hacia el vaquero y lanzándole un certero gancho de derecha que impactó entre los ojos de aquel cerdo.
Se armó una trifulca. Dalí se puso en guardia y propinó a Henry un bastonazo digno de un viejo maestro de escuela. Minou intentaba separar a los combatientes, pero sin éxito. De hecho, era muy pequeño para tal cometido. Fue necesaria la presencia de gendarmes para restablecer la paz en Au Coin. A Henry se lo llevaron para tomarle declaración.
Tras su valiente intervención, al boxeador y bohemio Morgan nunca volvieron a dejarle entrar en Au Coin. La vida, Jean-Paul Sartre y Minou eran demasiado cortos; no así el arte, que era realmente largo. Eso fue lo que aprendió.
Hay dos clases de personas: las que van a los museos y las que van a los cafés. Algunas personas visitan museos, mientras que otras no lo hacen nunca. Este podría ser un buen tema para un historiador, investigar cuándo y en qué circunstancias el ser humano había comenzado a coleccionar y conservar cosas relacionadas con la historia y qué importancia había tenido eso para la propia conciencia de la humanidad. Tal vez se trate de un fenómeno específicamente occidental, no estoy seguro. Los museos son nuestro pasado desangrado, exponen los vestigios de nuestra vida; son una especie de conciencia, capturada en vitrinas equipadas con cierres y alarmas antirrobo. En realidad, todo el arte es museístico, a excepción de la música. Henry Morgan era músico y, por lo que he podido ver, carecía de toda noción del tiempo y del espacio.
El París en el que Henry pasaría su última primavera en el exilio era el corazón de la revolución mundial, una ciudad en ebullición, igual que en los días de la Comuna noventa y siete años atrás, igual que en los días de «La Internacional» cincuenta y cuatro años atrás, e igual que en los días de Blum, unos treinta años antes. No eran tiempos para ir a museos, y mucho menos alguien como Henry. Él pertenecía al tipo de los que iban a los cafés.
Henri le boulevardier leía todos los periódicos que caían en sus manos, repasaba a conciencia las densas columnas de Le Monde, descifraba todos los folletos y panfletos que repartían las fuerzas revolucionarias. Tuvo la oportunidad de ver en acción en las calles a todos los que se convertirían en héroes legendarios: a Geismar, el físico bajito; a Cohn-Bendit, con su cara colorada, e incluso a Sartre. A sus oídos llegaba todo lo que se decía en la calle y, cómo no, se involucraba en todas las escaramuzas allá donde se produjeran. La gente se dejaba engañar gustosamente: todos lo tomaban por una especie de héroe.
Recibía con avidez y entusiasmo lo que le deparaba cada día, y no me resulta difícil imaginar a Henri le boulevardier despertarse en una cama angosta, restregarse los ojos y lanzar una cansada mirada más allá del alero del tejado, donde reposaban las palomas que, con su gorjeo, lo habían sacado de su inconsciencia. Se levantaba, se aseaba con agua fría, y luego preparaba un desayuno continental.
El hombre se encontraba en su elemento. Por fin había llegado al final de su viaje. Ahí fuera estaba París, esperándolo con sus castaños, bulevares, alamedas, cafés y clubes; mujeres hermosas, mujeres feas, ricos plutócratas y miserables vagabundos, bohemios desaliñados, oportunistas y estrellas en ciernes. Todo aquello de lo que Bill del Bear Quartet, Maud y Hemingway habían hablado con tanto entusiasmo. Henry se sentía como pez en el agua: París era la ciudad para los exploradores curiosos. Henry se convirtió pronto en Henri le boulevardier, el hombre que había caminado más de tres mil kilómetros en menos de un año, que había gastado cuatro pares de zapatos caminando calle arriba y calle abajo embutido en su larga gabardina blanca -la que compró en la tienda de segunda mano en Kensington, Londres, en 1964-, con su gastada gorra de visera y los bolsillos llenos de revistas y prensa diversa.
Por las mañanas, se sentaba y bebía lentamente una taza de café de achicoria disuelto en leche caliente mientras contemplaba los tejados de cinc y se empapaba del nuevo día con sus cinco sentidos antes de decidirse a hacer algo de más provecho. Había alquilado una pequeña habitación en la rue Garreau, en medio de la amalgama de edificios situados entre el cementerio de Montmartre y la iglesia de Sacré-Coeur, no muy lejos de la place Clichy, donde Henry podía deambular durante horas imaginándose si así lo quería que era Miller. No le faltaba de nada. Algunas veces se subía a su habitación a chicas de la calle. Había árabes que le enseñaron singulares juegos de cartas, había gente de todas las partes del planeta que le enseñaron las mejores artimañas para sobrevivir. Y él sobrevivió.
Después del desayuno se afeitaba, y lo hacía meticulosamente. Examinó su rostro en el espejo colgado sobre el lavabo resquebrajado, y tal vez percibió que se estaba haciendo viejo. Los años pueden tener efectos variados sobre cada persona: a algunos les salen michelines y tripa cervecera, a otros bolsas debajo de los ojos, arrugas y nódulos, cicatrices, o unos ojos de mirada vacía carentes de sueños.
Henry había envejecido. Cuatro años de exilio habían dejado su huella. Su pelo seguía estando bien cortado, con raya en medio o al lado. En realidad parecía un chaval grande que se resistía con denuedo a crecer, que no quería ser adulto. Sus ojos eran de un azul atemporal. Aun así, había envejecido, y lo había hecho de una manera muy especial. Su cuerpo había ganado peso y solidez. Su caja torácica parecía más erguida y prominente, lo que confería a sus hombros un toque de dignidad del que carecía el joven cachorro. Había visto tanto, y había estado metido en tantas cosas, que resulta casi milagroso que hubiera escapado sano y salvo de todas ellas, aunque no siempre con su honor intacto.
Llega un momento en que todos los que han recorrido mundo se hacen por fin la pregunta: ¿dónde estoy? Te despiertas de pronto en una habitación extraña de algún lugar, en una cama en la que caíste muerto la noche anterior, y por nada del mundo puedes recordar dónde estás. Ciudad tras ciudad y habitación tras habitación van sucediéndose por tu mente hasta que finalmente consigues visualizarte soñoliento y con el cuerpo machacado en esa cama en particular. A esas alturas, Henry había dormido en casi todas partes: en estaciones de tren en Copenhague, en una granja en Jutlandia, en casas de conocidos ocasionales o de amigos que de pronto se convertían en enemigos, en pensiones baratas en Alemania y en prostíbulos en Roma. Sin embargo, rara vez lo asaltaba el pensamiento angustioso de sentir que iba un paso por detrás, que había perdido el tren y que veía su cuerpo alejarse mientras su alma se quedaba en el andén de la estación. Casi nunca se había hecho la pregunta: ¿dónde estoy?, porque sencillamente no le interesaba el asunto. Henry era una especie de soldado a la fuga, en excelentes relaciones con su propio nombre y con su cuerpo, que los demás -principalmente mujeres- admiraban, y otros -principalmente hombres- atacaban a bastonazos o con los puños. Ahora, en el suelo de una habitación barata de la rue Garreau, descansaba su maleta gastada, cubierta de restos de etiquetas y pegatinas que gritaban: ¡Copenhague! ¡Esbjerg! ¡Berlín! ¡Londres! ¡Munich! ¡Roma! ¡París! Y la lista podría haber continuado. Era algo que habría llenado de orgullo al abuelo Morgonstjärna, trotamundos y secretario permanente del club Muy viajado, Muy leído, Muy mundano.
Henry hacía del afeitado un gran Arte. Usaba jabón, brocha y navaja de afeitar como un auténtico barbero. Disponía de mucho tiempo para hacerlo: tenía tiempo suficiente para convertir cada ritual cotidiano en un acto artístico. Sus movimientos eran precisos, minuciosamente calculados. Cada pequeño gesto tenía su significado, como en el teatro Noh japonés, totalmente incomprensible para los no iniciados. El movimiento, el gesto, se habían convertido en su idioma. Había aprendido a describir las más sutiles emociones mediante el puro movimiento; era su forma de hacerse entender. El gesto en sí puede ser una forma de música; se mueve a través del aire como una onda, al igual que las palabras y el sonido. Henry había trabajado en una sala de billar cerca de Ponte Umberto en Roma, así como en incontables bares en Munich, y había adquirido un excepcional control de sus manos. Había aprendido a manejar con maestría cada grifo, botella, copa, trapo y cepillo, a conocer su textura y su ubicación, y podía hacer cualquier tipo de maniobra con los ojos vendados. Todo aquel que haya visto en acción a un barman -me refiero a un auténtico maestro, que se toma su trabajo en serio- sabrá de lo que estoy hablando. Sabía convertir en verdadero Arte incluso el más insignificante cóctel.