Henry, el Marcel Marceau de los licores, se sentía enormemente orgulloso de la destreza de sus dedos, de «sus flexibles manos», lo cual también beneficiaba a su técnica pianística. Había algo grande en todo aquello, y parecía como si se esforzara cada vez más por hallar una perspectiva fundamental del arte de vivir, una profunda ética cotidiana. Henry creía plenamente en todos esos rituales; se entregaba en cuerpo y alma a todo lo que era cotidiano, trivial y banal, tratando de convertirlo en gran Arte. Henry había llegado a una conclusión: su exilio no había sido tiempo perdido. O tal vez hacía todo aquello para superar la melancolía. El exilio puede ser terriblemente tedioso. Hamlet lo supo ya hace mucho tiempo, y Odiseo también.
Quienes saben cuidar de sí mismos, como Henry Morgan, no pasan nunca hambre. Con una lengua mendaz como la suya se puede llegar muy lejos. Consiguió sobrevivir gracias a trabajos esporádicos aquí y allá, en bares y hoteles, en la calle y en elegantes salones, y de vez en cuando utilizaba «sus flexibles manos»… eran muy rápidas y podían apropiarse de algún que otro objeto de valor cuando se presentaba la ocasión. Pero nunca las utilizó para robar a ningún pobre.
Henri le boulevardier era un bohemio, y multitud de bohemios pululaban bajo la bóveda medieval del Bop Sec. Era uno de los clubes de jazz con más solera de la Rive Gauche, y sus dueños mantenían una línea musical con un objetivo muy concreto: continuar con la tradición y ennoblecer el bop. El jazz festivo y el dixieland estaban vetados en el Bop Sec. Era un lugar para una clientela culta e introspectiva, que gustaba de escuchar sentada cabeceando suavemente tras sus oscuras gafas de sol mientras fumaban cigarrillos, saboreaban un demi y, tal vez, en un inesperado arranque de éxtasis, chasqueaban los dedos para seguir el ritmo. El Bop Sec era el último baluarte del jazz auténtico.
De vez en cuando, aquella introspección se veía interrumpida por la irrupción de algún poeta que, como un reloj de alarma, recitaba sus versos, como una especie de termómetro de la actualidad revolucionaria: comunicados sobre las revueltas en Berkeley, Berlín, Tokio, Madrid, Varsovia, Estocolmo… Los poetas solían terminar sus prédicas líricas con consignas que podían leerse en las paredes de París como «Sé realista, pide lo imposible», «El sueño es realidad», y frases por el estilo. Los poetas abandonaban el escenario entre calurosas ovaciones.
Henry se había hecho amigo de los dueños -un gordo enorme y su muy delgada esposa argelina-, y noche tras noche se quedaba allí, escuchando música. Quería demostrar su talento. A finales de mayo, durante aquella primavera convulsa en que toda Francia estaba paralizada por una huelga general y todos esperaban la caída de De Gaulle, el Bop Sec fue uno de los escasos lugares que se libraron de la conmoción. En otros locales la policía realizaba redadas constantes, pero de alguna forma misteriosa el propietario del Bop Sec disfrutaba de carta blanca y nadie le molestaba.
Henry por fin demostró su talento, y le ofrecieron unirse a un grupo de músicos para el mes de junio. En esa época tocaban con frecuencia artistas invitados, y aquella noche en concreto de finales de mayo se sentó como de costumbre en su taburete de la barra, pidió un demi, encendió un cigarrillo y escuchó un sonido de saxofón procedente de la sala contigua al bar. Sonaba extrañamente familiar.
Dio una profunda calada al cigarrillo y se concentró en el sonido de aquel instrumento. Era como si el saxo tenor hubiera ensayado con una almohada colocada en su garganta; el sonido tenía una fuerza inusual y explosiva, que bajaba por la médula espinal y se aferraba a ella firmemente, vibrando. La batería se acoplaba al ritmo que imprimía el saxo, el bajo se deslizaba a continuación y luego la guitarra, con su terso acompañamiento en staccato.
Era la gran ciudad, con todo su bullicio rugiente, lo que se escuchaba entre los compases con que el batería golpeaba literalmente su bombo. Era la gran ciudad, con sus ladrillos, sus edificios ruinosos con sus trifulcas en cada rincón y candidatos al suicidio en cada ventana; eran las candentes, trepidantes y destartaladas calles con sus cubos de basura, sus colillas y sus letreros luminosos, los coches y los rostros refulgiendo a la luz del neón rojo; era todo aquel gemido evocado por los riffs que se superponían y entrelazaban cada vez más hasta que el ritmo se intensificaba y se volvía insoportable, acercándose al umbral del dolor donde todo estalla con la lírica indulgencia de la piedad, que no solo pedía belleza sino que exigía belleza y hacía temblar y estremecerse al público, como una confirmación de que lo divino existía, allí, en ese mismo instante, totalmente tangible y aun así tan fugaz y efímero. Lo divino exigía lo imposible, el sueño era la realidad.
Aquel saxo tenor había escuchado a Coltrane una noche invernal delante de una estufa en Odenplan, en Estocolmo. El público estalló en un entusiasta aplauso. Henry había terminado de fumar su Gitane y sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo. Estaba allí sentado, temblando. El sueño era realidad, la vida un sueño.
– ¿Te encuentras bien esta noche? -le preguntó el corpulento propietario del bar.
Henry se lo quedó mirando mientras el hombre seguía secando los vasos.
– ¿Te ocurre algo?
– No… no -balbuceó Henry-. No, no es eso…
Henry se sentía muy afectado. Había estado escuchando cada simple nota de ese saxofón, reconocido cada trino, cada pequeño ataque de su terso y típico riff de combustión espontánea. Sonaba como si el saxo tenor hubiera soplado por última vez en su vida, como si hubiera tenido que expandir cada tono a lo largo y ancho de su onda hasta casi hacerlo estallar. Pero sonaba muchísimo mejor ahora. Bill se había convertido en un gran saxo tenor. Su sonido se acercaba al de los grandes de verdad, al de los constantemente perseguidos y en ocasiones heridos elefantes. Aquellos que bailaban en París.
Tal vez el héroe perseguido se había dado cuenta de que el tiempo le había alcanzado, de que no podía seguir huyendo, porque no había adónde huir. El monograma -con toda su carga de deseo e impotencia- grabado en su pitillera no correspondía a su persona, pero lo perseguía y lo acosaba como un fatídico anagrama por toda Europa. Las iniciales estaban grabadas como un Kilroy en cada estación central a la que llegaba. Nunca se atrevió a borrarlo por respeto al destino.
Es posible que ambos hombres se sintieran amenazados, como si los dos hubieran invertido en Maud un importante capital, que ahora, a través de este encuentro del destino, se hubiera visto súbitamente sometido a ciertos riesgos inesperados. El amor y la pasión tienen mucho en común, por lo que respecta a cálculos de riesgo, con los asuntos estrictamente económicos.
En cualquier caso, Bill estaba agresivo, como si se hubiera drogado. Henry sintió el golpecito en la espalda, apagó su Gitane en el cenicero de la barra del bar, se dio la vuelta y se encontró frente a frente con el demacrado y cansado rostro de Bill. No parecía el mismo de siempre: se había dejado crecer el pelo hasta los hombros, sus pómulos se veían hundidos y la piel pálida y reseca. Nunca aprendería a apreciar la luz del día, y seguía usando gafas de sol pese a encontrarse en las profundidades de una bóveda medieval.