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Se sentía abatido y pensativo. Encontrarse con Bill de nuevo, en la cima de su carrera, hablando sobre Maud y oyéndole decir que no había cambiado ni una pizca en cinco años… aquello le hacía sentir como si hubiera desperdiciado todo ese tiempo; podría igualmente haber estado dormido, aunque el sueño era realidad. La vida carecía totalmente de sentido, y el Sena corría allá abajo, con sus aguas frías y oscuras. «El río ya no lleva botellas vacías, envoltorios de sándwiches / pañuelos de seda, cartones, colillas / ni otros testimonios de las noches de verano. / Las ninfas ya se han ido.» El Spree, el Támesis, el Isar, el Tíber, el Sena… todos los ríos eran iguales y todos se habían llevado a mucha gente. Muchas vidas anónimas habían acudido a esas aguas, y tal vez la muerte fue lo único en lo que realmente tuvieron éxito.

La noche de mayo era cálida y vibrante. Henry vagó sin rumbo por la orilla del Sena, mirando sus oscuras aguas… simplemente, no podía ir a la rue de Richelieu. Encendió un cigarrillo y se recostó contra el muro de piedra. Permaneció inmóvil durante mucho rato, tratando de reflexionar sobre su vida, que nunca le había parecido tan carente de sentido como en ese momento. Se sentía como el personaje trágico de una ópera, como el músico Schaunard al descubrir que Mimi no se ha quedado simplemente dormida: está muerta. Telón. Cuando Henry se encontraba abatido, estaba realmente abatido.

Trató de consolarse con la improbable idea de ser recibido por Maud en el hotel Ivry en la rue de Richelieu. Ella estaría en la puerta, vestida con su quimono negro con un pavo real estampado en la espalda. Quizá ya hubiera servido dos copas para borrar de un trago los pasados cinco años. Le diría a Henry que no había cambiado nada, tal vez se le veía un poco más delgado. Después harían el amor, de forma tranquila y sosegada, como dos adultos, sin ilusiones. Todo sería exactamente como antes: su exilio como un sueño, una huida completamente imposible, porque no había lugar en el mundo donde esconderse.

La furgoneta de la patrulla antidisturbios frenó muy suavemente junto a la calzada, por lo que Henry no tuvo tiempo de reaccionar antes de que cuatro policías salieran del vehículo y lo empujaran contra el muro de piedra. Tuvo que apoyar las manos contra el muro mientras los policías lo registraban, como si pensaran que llevaba cañones en los bolsillos. Le pidieron un documento de identidad, y afortunadamente Henry tenía sus papeles en regla, ya que conocía los métodos de la policía.

– ¿Dónde vive? -preguntó un agente.

– ¿Vivo?

– ¡No se haga el tonto!

Aquel solitario y trágico personaje de ópera estaba totalmente perdido en sus divagaciones y no logró sortear la difícil situación como otras veces, fue incapaz. Los policías le esposaron las manos a la espalda y condujeron a su víctima hasta la furgoneta, donde había otros cinco hombres de su misma edad. Todos vestían amplias gabardinas blancas, que también parecían haber sido compradas en una tienda de segunda mano en Kensington, Londres. Henry comprendió que su aspecto encajaba perfectamente con el tipo de gente que la policía buscaba aquella noche.

El interrogatorio duró toda la noche, y monsieur Morgan logró mantener la compostura bastante bien. Le permitieron fumar en el pasillo, vigilado por recelosos ojos policiales. Se comía las uñas mientras intentaba recordar todas las palabrotas que sabía en alemán, inglés, italiano y sueco. Pese a todo, había algo dulce en su derrota, una suerte de singular placer en su fracaso. Había sido liberado del hotel Ivry en la rue de Richelieu. Había sido liberado de la decisión y de la angustia. Afirmó que nunca había comprendido tan bien a Sartre como esa noche.

Pero en ese momento las fuerzas francesas de la ley y el orden tenían a Henry bajo su custodia y lo habían liberado de tomar cualquier decisión, exhibiendo la justa dosis de hostilidad en la calle. Henry no había sido capaz de responder a la pregunta: ¿Quién es usted, monsieur?, porque esa misma noche, después de su encuentro con Bill en el Bop Sec, se había visto por primera vez asaltado por la duda. Se había enfrentado a los grandes interrogantes y se había cuestionado a sí mismo. Y, precisamente entonces, tuvo la mala suerte de acabar siendo objeto de un interrogatorio policial, algo que en cualquier otra ocasión, estando en plenas facultades, hubiera resuelto espléndidamente, consiguiendo que incluso el más avezado interrogador pusiera en entredicho no solo su propia existencia, sino también la de la policía francesa, la Comunidad Europea, las Naciones Unidas, De Gaulle y todo el cosmos.

Pero aquella noche monsieur Morgan no se encontraba en buena forma, y contestó con respuestas vagas, evasivas y torpes a las intrincadas preguntas que le hicieron sobre su vida y sus hábitos. A la policía francesa no le gustaban ni los bohemios ni los personajes trágicos de ópera. Pero Henry tuvo algo de suerte en medio de toda aquella desgracia. Un diligente ratón de archivo logró desempolvar una carpeta que contenía un acta policial, en la que se informaba que el sueco había estado involucrado en una trifulca en el café Au Coin, en Montmartre, durante la cual el mundialmente famoso pintor Salvador Dalí había sido objeto de un intento de agresión seis meses atrás. También entonces monseiur Morgan había sido llevado a declarar, pero fue puesto en libertad cuando el surrealista mundialmente famoso explicó que toda aquella trifulca se trataba en realidad de un happening que había sido planeado de antemano. Naturalmente, Henri le boulevardier no tenía la más remota idea acerca de todo aquello, aunque no dijo nada a la policía.

Al tener noticia de aquel informe, el inspector jefe del interrogatorio alzó tanto las cejas como el bigote, y muy deferentemente presentó sus disculpas. Había comprendido que monseiur Morgan era en realidad un importante músico, un bohemio y gran amigo de Salvador Dalí, un pintor a quien había admirado siempre. Salvador Dalí ensalzaba el régimen español y a Franco, y eso estaba muy bien.

Sin comprender nada, Henry fue puesto en libertad y dejó la sala de interrogatorios en medio de un aluvión de disculpas, como si se tratara de un invitado de honor. Poco faltó para que el inspector jefe le pidiera un autógrafo, aunque no quiso llegar tan lejos. En cambio, le ofreció llevarlo hasta la puerta de su casa en el coche patrulla, pero Henry declinó cortésmente el ofrecimiento. A esas alturas ya no se sentía especialmente cansado ni sorprendido. En el gran mundo donde bailaban los grandes elefantes todo era posible, aunque él ya había agotado todas sus posibilidades. Se sentía vacío, sentía que su odisea había llegado a su fin. En los estratos más etéreos de la sociedad se había librado una lucha de fuerzas, mientras De Gaulle y Henry Morgan habían llevado a cabo una profunda búsqueda interior. Henry caminaba tranquilamente hacia la rue Garreau en Montmartre, donde se prepararía un desayuno continental mientras lanzaba furtivas miradas a su maleta. No había espacio para más etiquetas. Kilroy había estado en todas partes.

Su añoranza del hogar adquirió la forma de sello postaclass="underline" el día en que el sistema de correos de un país deje de funcionar podrá hablarse de crisis grave. El servicio postal se mantiene gracias a un sentimiento del deber y de la devoción; representa un fin en sí mismo, un imperativo categórico, alimentado por franqueos y sellos simbólicos.

El día en que De Gaulle hizo su gran reaparición para pronunciar su discurso sobre la Guerra, el Orden y la Venganza, aunque sin dar la cara, ese caótico día llegó una carta dirigida a Henry Morgan, 31 Rue Garreau, París IXe, Francia.