Procedía de Suecia, y su remitente era Greta Morgan, de la calle Brännkyrka, en Estocolmo. Estaba muy preocupada, pero no sabía bien cómo expresarse. Había adjuntado un recorte de un diario vespertino con una fotografía sobre el final de la ocupación de la Residencia de Estudiantes en la calle Holländar. En ella aparecían los principales líderes revolucionarios, y, entre el tumulto, podía verse al mismísimo Leo Morgan, un tanto apartado.
Sin embargo, aquello no era lo que más preocupaba a Greta. Más bien parecía orgullosa de que su hijo apareciera en el periódico. El abuelo paterno había muerto. No encontraba una forma menos brusca de exponerlo. El viejo dandi Morgonstjärna nunca había estado enfermo ni mostrado otros síntomas de debilidad que los derivados de la edad. Era un hombre hecho de muy buena pasta, que hubiera podido resistir hasta los noventa años por lo menos. Pero durante aquella primavera turbulenta se había empecinado en subir a pie las escaleras hasta su piso en la quinta planta, hasta que un buen día se desplomó en el rellano con un hilo de sangre en la comisura de los labios. Edema pulmonar, dijo el médico de la familia, el doctor Helmers. Ataque al corazón, escribió Greta. Sería enterrado dentro de una semana.
El viejo Morgonstjärna no dejaba ningún hijo en vida. No tenía más que a su nuera y a sus nietos Henry y Leo. Como hombre previsor que era había pensado en todo, y en un secreter de la biblioteca guardaba una carpeta con la contundente inscripción «Para después de mi muerte». Contenía varios sobres dirigidos a un bufete de abogados, a Greta, a Henry y a Leo Morgan. El sobre de Henry aún no se había abierto.
Pero el sobre más sorprendente de la carpeta del viejo Morgonstjärna era el que llevaba la inscripción «El Equipo» en tinta, seguida debajo por «Para Henry Morgan» escrito a lápiz. Greta aseguraba que, a pesar de su tremenda curiosidad, no se permitía el derecho de abrir una carta dirigida a otra persona. Tampoco había tenido el coraje ni la tentación de enviárselo todo por correspondencia a París. Ya no se podía confiar en la gente. Los trabajadores de correos podían ponerse en huelga durante esos turbulentos tiempos.
Aquello fue suficiente para Henry. Resolvió sus asuntos pendientes en París y llegó a Suecia a tiempo para el funeral. Un desertor regresaba tras cinco largos años de exilio. El juego había terminado: había vivido una juventud de excesos, se había convertido en un hombre adulto y ahora debía dedicarse a algo serio.
El caso Hogarth
(Leo Morgan, 1968-1975)
En Estados Unidos cientos de miles de personas se reunieron en Woodstock como una manifestación de lo que aún podía considerarse una especie de contracultura, un antídoto contra el imperialismo agresivo y la mentalidad colonialista de la sociedad occidental. Suecia tampoco iba a ser menos, y en 1970 se celebró el primer gran festival en el parque Gärdet. Quienes estaban ese día tumbados en el césped sobre sus mantas, en sus tiendas de campaña provisionales y sus hamacas, pasándolo bien y escuchando música, tal vez recuerden a un hombre muy extraño que iba por ahí vendiendo un libro de poemas. Vestía como un pirata, con una bufanda atada a su largo pelo, un parche en el ojo y una sucia camisa a rayas que le llegaba por las rodillas. Estaba borracho y colocado, pero aun así podía recitar todos sus poemas de memoria y sin cometer un solo error.
La colección de poesía se titulaba Escalada de fachadas y otros hobbies, y estaba escrita por John Silver. El nombre del viejo pirata era, claro está, un seudónimo de Leo Morgan. Nunca explicó por qué había realizado aquella colección de poemas con una máquina multicopista y la había editado él mismo bajo seudónimo. Quizá fuera porque los poemas no eran suficientemente buenos, o porque así parecerían más agresivos e insidiosos que si se tratara de un libro publicado por el establishment.
Escalada de fachadas y otros hobbies no era un libro bueno, pero tampoco podía ser calificado ingenuamente como «pura poesía contestataria». Más que ejemplos de poesía lograda, los textos de la antología estaban caracterizados por la dificultad de escribir poesía política o, por así decirlo, «versos panfletarios».
El título del poema «Escalada de fachadas» es un tributo a Harold Lloyd y a todos los hombres que se atrevieron a asumir riesgos, hombres que, forzados por diversas circunstancias, se vieron obligados a correr auténticos peligros mientras su heroísmo era puesto constantemente a prueba. No resulta del todo paradójico que el rascacielos más alto de América acabe estando en Bolivia, donde un héroe se vio obligado a subir cada vez más alto, a un ritmo cada vez más rápido, hasta encontrar el límite del cielo. Se trata de una alusión al Che Guevara, y puede que el recurso de compararlo con un cómico como Harold Lloyd no fuera muy acertado, pero el poema tiene fuerza, cierta carga sugestiva que va enlazando los versos. Se lee de un tirón. Está muy bien construido.
El texto más conseguido de Escalada de fachadas y otros hobbies recibe su nombre del pirata y, por tanto, también poeta: John Silver, pirata, poeta, cigarrillo.
Fuma tus cigarrillos lentamente, camarada,
podrían ser los últimos.
Canta tus canciones serenamente, camarada,
ellos nunca nos harán callar.
Para esta marcha no existe mapa alguno.
La tierra carece de un mando.
Nadie habla tan claro para que obedezcamos.
Los puntos cardinales son siempre militantes.
Los puntos cardinales nunca son verticales.
Podemos llegar tanto a Dios como a Satán
sin saber dónde estamos.
Leo Morgan, alias John Silver, utiliza aquí la magia de los códigos secretos. Las estrofas recuerdan en ocasiones a las contraseñas utilizadas por los movimientos de resistencia y los rebeldes en puestos de controclass="underline" preguntas, respuestas y sentencias a las que había que contestar de un modo determinado, solo conocido por los iniciados. En realidad todo el poema es una especie de largo conjuro, y esta parte de frases rítmicas se convirtió pronto en una especie de cántico popular que se recitaba en los círculos de bares y clubes. «Los puntos cardinales nunca son verticales» podía leerse en las pintadas de los retretes masculinos de las universidades durante los primeros años de la década de los setenta.
John Silver logró preservar su identidad secreta, y fue clasificado con numerosas etiquetas, desde «anarquista incongruente» hasta «pacifista militante». Era comparado indistintamente con D’Annunzio y con Ginsberg, y todos los rasgos que se le atribuían no eran más que un testimonio de la dificultad de definir a alguien como Leo Morgan.
Personalmente creo que Leo -tal vez mediante un proceso de autoanálisis- trataba de orientarse en el abismo que existía entre sus acciones públicas y su persona privada, una cuestión que siempre le había afectado mucho desde que, de niño, viera aquel acordeón rojo sobre una roca cerca de la orilla. Resulta evidente que había empezado a escribir el poema con la intención de dirigirse a sus camaradas de infatigable espíritu combativo en un tono íntimo y sosegado. Pero, al cabo de un par de versos, alcanzaba un vigoroso staccato entremezclado con un profundo simbolismo que ya nada tenía que ver con «versos panfletarios». El resultado está más cerca de Dylan-Cohen que de Hill-Brecht. John Silver podía elogiar al Che Guevara, su carácter combativo y su capacidad de sacrificio, y aun así recriminarle -y tal vez con razón- que fuera un egoísta, un individualista arrogante que se negó absolutamente a someterse ante nada.
Quienes estuvieron en aquel primer festival en el parque Gärdet en el verano del setenta y no se acuerden de aquel extraño pirata que declamaba poemas, tal vez sí recuerden al grupo Harry Lime, que actuó muy entrada la noche y al que algunos calificaron como el grupo underground más auténtico de Suecia. Aquel primer festival en el Gärdet fue una triunfal manifestación de hasta qué punto la buena música estuvo subordinada a la pura alegría de tocar. La política de la voluntad era lo que contaba. En otras palabras, nadie pudo evitar que Harry Lime tocara. La vida musical de Harry Lime se limitó a esa noche. El grupo estaba compuesto por Verner Hansson y Stene Forman a las guitarras, Nina Negg, voz y pandereta, Leo Morgan como poeta solista, y además una sección rítmica a la que no logré identificar. Muchos han desaparecido ya de la escena. El grupo había nacido por iniciativa de Stene, cuando se enteró de que se iba a celebrar el festival. Harry Lime fue creado para una única actuación, como correspondía a un auténtico y exclusivo supergrupo compuesto por estrellas irreconciliables, como si los Beatles hubieran resucitado por una sola noche.