Había sido provie y hippie; lo había probado prácticamente todo. Y, en suma, el resultado de todo aquello había sido un número considerable de hijos con una cantidad menor de mujeres, y una carcajada en sordina. Las carcajadas exuberantes, salvajes y casi dementes de su juventud en los años sesenta se habían convertido en un ronquido pesado que denotaba complicaciones. Su crítica situación era conocida y utilizada sin escrúpulos por las fuerzas del mercado, que, a cambio de algunas compensaciones, podían publicar en Blixt «noticias» dirigidas a desacreditar los productos de la competencia -como aparatos de ejercicios, viajes organizados y nuevos modelos de coches-, dando a entender que resultaban mortalmente peligrosos o de pésima calidad. Se trataba de una artimaña recurrente: vilipendiar el nombre de un producto mediante información manipulada.
En otras palabras, Stene Forman se había convertido en un corrupto, aunque no más corrupto que otros redactores jefe, señalaba él con vehemencia. Si querías entrar en el juego, tenías que aceptar sus reglas. Devorar o ser devorado. Entre todos los contables, interventores en situaciones corporativas críticas y expertos en medios de prensa llamados a reflotar aquella pequeña revista, el redactor jefe era considerado una persona de arrojo casi demencial.
Los triunfos fueron, como presagiaron los expertos con sus cálculos y pronósticos científicos, meramente ocasionales. El estanque para patos que era Suecia no podía ofrecer muertes de reyes, dramas de robos de bancos ni escándalos de espionaje más que una vez cada decenio, y tan pronto como las burbujas del champán se evaporaban las tiradas caían en picado hasta cifras catastróficas. La sombra amenazante del cierre se cernió sobre los locales de redacción de la calle Norr Mälarstrand y las deudas con las imprentas crecieron hasta unos niveles que auguraban la bancarrota. Pero Stene Forman estaba dispuesto a ir a por todas, de ser necesario hasta el naufragio. Las otras dos revistas fundadas por su padre, especializadas en electrónica y antigüedades, podrían salvarse gracias a las subvenciones a la prensa. Blixt, en cambio, era como un animal indefenso sin garras, vulnerable en una jungla de dragones y bestias fabulosas. Forman se resistía obstinadamente a capitular -es decir, a apostar por la pornografía- porque no podía traicionar los ideales de su padre, al menos mientras el anciano siguiera vivo. Era una cuestión de honor y conciencia, aseguraba. Stene Forman se convirtió en una especie de modelo ético para ciertos grupos radicales que apoyaban las iniciativas de la empresa privada frente al monopolio. Stene fue objeto de una gran entrevista en la revista radical FiB/Kulturfront, en la que se quejaba de la desidia del mundo periodístico y de la decadencia moral. Él tenía las manos limpias y blancas como un lirio, unas manos que mostraba con las palmas levantadas, como si le estuvieran robando, en la gran fotografía que acompañaba al reportaje, aparentemente sin un ápice de autoironía. Su corazón estaba con la izquierda, siempre lo había estado. Pero en el mundo de la prensa imperaba la ley de la selva, así como el ensayo y el error. Había que abrirse camino con nuevas armas, ideas innovadoras y frescas. Durante las caóticas e interminables sesiones de lluvia de ideas en las oficinas de redacción de Blixt en Norr Mälarstrand -para las que había contratado a un equipo multidisciplinar de varios ámbitos profesionales en su búsqueda de nuevas ideas salvadoras-, Stene Forman intentaba formular una nueva y dinámica imagen, un innovador enfoque que lograra salvar a la publicación de su lenta asfixia. Sin embargo, todos estaban agotados; la revista parecía haber perdido su fuelle. No es que Stene careciera de magnetismo, pero eso no era suficiente. En cualquier caso, fue durante una de esas sesiones cuando Stene, por iniciativa propia, tuvo la brillante idea que, como tantas otras, podría haber acabado en la papelera, de no haber sido porque involucraba a dos viejas glorias de su pasado: Leo Morgan y Verner Hansson.
El restaurante Salzer estaba situado en la calle John Ericsson, entre las calles Hantverkar y Norr Mälarstrand, no muy lejos de la redacción de la revista Blixt. Leo Morgan se presentó allí el día de Año Nuevo de 1975, y el maître le indicó muy gentilmente la mesa que había sido reservada a nombre del redactor jefe Stene Forman. Estaba ubicada en un lugar discreto, idóneo para conversaciones confidenciales, y Stene lo esperaba frente a un cenicero medio lleno de colillas. Al ver a Leo se levantó para saludarle con entusiasmo.
Se trataba de una invitación por todo lo alto, y Stene animó a Leo a pedir lo que quisiera de la carta. Cuando hubieron pedido, Leo hojeó distraídamente el último ejemplar de Blixt, en el que aparecía un reportaje sobre un coche con un incontable número de defectos. El titular rezaba: «LA SEGURIDAD MATA A LOS POBRES». Aquella historia le había reportado a Stene una buena cantidad de dinero.
Stene parecía estar de muy buen humor, y Leo sentía una manifiesta curiosidad porque el hombre le había llamado para decirle que se trataba de algo urgente. Tenía una idea que quería contarle. Leo era la única persona en cuyos consejos confiaba, ya que era el único que no estaba comprometido con una sarta de fracasados del ramo editorial.
Eso también era cierto en el caso de Verner, pero llevaban años sin verlo. Seguía bajo estricto arresto domiciliario en casa de su anciana madre; no podía salir, y tampoco le apetecía. Ella no podía prohibirle que bebiera, pero estaba claro que prefería que lo hiciera bajo su tutela. Era la relación más extraña que cabría imaginar. Al más puro estilo Bergman, decía Stene.
Lo más sorprendente de todo era que, desde hacía un tiempo, Verner Hansson telefoneaba casi todos los días a Stene completamente borracho para mascullar algo acerca de su padre, «Hansson», como él lo llamaba. Verner nunca lo había visto; el hombre había desaparecido justo antes de que Verner naciera, en 1944, pero el chiquillo nunca había dejado de fantasear con su padre y lo más probable es que esa fuera la causa de su estado actual. La madre se había negado toda la vida a pronunciar una sola palabra al respecto, callada como una tumba. Se limitaba a decir que su padre había desaparecido, y eso era todo. Cuando Verner era pequeño, fantaseaba con que su padre era dueño de una isla en los mares del Sur, a la que algún día iría cuando fuera mayor. Pero Verner se había hecho mayor hacía ya unos diez años, y aún no había ido. En cambio, había alimentado un creciente interés por desapariciones similares y, al parecer, en su actual situación, había retomado sus labores de investigación. O tal vez su madre hubiera revelado algo que hasta entonces había mantenido en secreto, y sin querer hubiera incitado a Verner a retomar los antiguos y trillados caminos.
Así pues, Verner había estado telefoneando a Stene casi a diario, porque este tenía muchos contactos, y había balbuceado algo sobre un viejo periodista llamado Hogarth, quien al parecer disponía de importante información sobre el caso. Stene había tratado de tranquilizar a Verner, siempre muy ebrio, asegurándole que se encargaría de investigarlo, agradeciéndole la pista y prometiendo mantenerle informado. Stene Forman no había prestado demasiada atención a esas llamadas hasta que de repente tuvo su brillante idea.
Resultaba que él conocía al tal Hogarth -el viejo prócer de la prensa existía en realidad-, y sospechaba que lo que Verner decía podía tener algún fundamento. El viejo Edvard Hogarth había sido una especie de leyenda de la prensa seria. Fue una gran estrella del periodismo en los años treinta y cuarenta hasta que, en un auténtico alarde de previsión, abandonó la profesión mucho antes de que esta se viera mancillada por la sucia depravación de los tiempos.