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Leo no podía entender qué tenía que ver él en toda aquella historia, ni cuál podía ser la brillante idea que había detrás de aquel encuentro. Hacía tiempo que sabía que Verner se emborrachaba en su arresto domiciliario, que hojeaba sus álbumes de sellos sin valor y que trataba de resolver problemas clásicos de ajedrez. Tampoco era noticia que siguiera intentando formular teorías sobre viejos casos de personas desaparecidas. Por lo demás, si à la bonne heure Verner había encontrado una pista sobre el paradero de su padre, era algo que traía a Leo sin cuidado.

Stene Forman carraspeó, y estaba apagando su quinta colilla cuando trajeron a la mesa una exquisita trucha asalmonada junto con un generoso cóctel de camarones. Ambos saborearon el pescado, brindaron con un suave vino blanco, y entonces Stene Forman explicó que su idea consistía en iniciar una serie de artículos sobre esas personas desaparecidas. Todos esos casos y misterios sin resolver que ni los más experimentados inspectores de la policía, ningún detective ni investigador, habían logrado solucionar. Por supuesto, no se trataba de una idea muy original; este tipo de material podía encontrarse en cualquier revista semanal. A los lectores les encantaban los enigmas, los misterios y los relatos de casos policíacos sin resolver. El público apreciaba ciertas dosis de especulación, y con eso bastaba. Pero la diferencia estribaba en que Blixt no solo se limitaría a especular: Blixt sería tan audaz que publicaría la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Además -y ahí estaba el factor humanitario del asunto-, podrían llegar a descubrir cuál había sido el verdadero paradero del padre de Verner Hansson, reparar los daños causados a gente inocente, restablecer contactos aparentemente perdidos para siempre, liberar a personas injustamente condenadas, y así hasta el infinito.

Y ahí es donde Leo entraba en escena: ¡él se encargaría de la redacción! Leo se atragantó con la trucha y estalló en el clásico ataque de tos. Ayudó a pasar el bocado con un poco de vino y miró consternado a Stene Forman, que encendió un cigarrillo – no tenía mucho apetito- con una expresión entre orgullosa y suplicante. Esperó nervioso, lleno de ansiedad, la respuesta de Leo.

El año 1975 había comenzado con muy buenos presagios para Leo Morgan, sobre todo para el poeta. El filósofo debería mantenerse en la retaguardia por tiempo indefinido para ceder el paso al poeta, que presentía los estertores de una nueva eyaculación lírica. En un cuaderno negro, que aún se encuentra entre los escombros de su apartamento, escribió el primer borrador de una suite poética llamada Autopsia, primera serie, enero, 75. La palabra, procedente del griego, significa «autoexamen», «disección», «postmórtem», lo cual permite anunciar ciertas asociaciones. En el borrador se intercalan citas y joyas literarias de antiguos documentos filosóficos junto con otras de El hombre sin atributos de Robert Musil. Hasta donde soy capaz de juzgar -eso de leer a hurtadillas el cuaderno de trabajo de otra persona resulta un placer dudoso, y uno no se permite examinar tranquilamente y a fondo el material-, tengo la impresión de que Autopsia podría haber sido el auténtico espaldarazo de Leo y su reconocimiento incluso entre los más recalcitrantes árbitros del gusto. Un tema recurrente es la relación sujeto-objeto, la tozudez del ser humano en considerar, por ejemplo, un cadáver como una «persona», una criatura con determinadas características, lo que en el fondo implica la persistente incapacidad de verse a sí mismo como un objeto. Un ser humano se convierte en un cadáver: una distinción semántica que Leo elevó a una perspectiva globalizadora. «Formas de vida, una infinitud de combinaciones, / revoluciones predestinadas, / se deslizan silenciosas en la roca, / con el agua espumeando alrededor como dolor. / La muerte es una y el mismo cristal / en la profundidad de la montaña más alta…». Esta es una estrofa que no pude resistirme a plagiar.

Probablemente Autopsia habría sido concluido durante ese invierno a principios de 1975 si el demiurgo Stene Forman no hubiera irrumpido en escena y planteado su idea en torno a la misteriosa desaparición del padre de Verner Hansson. El piso de la calle Horn ofrecía mucha paz y tranquilidad para el trabajo de Leo, y Henry lo alentaba con ciertas prerrogativas, como eximirlo de responder al teléfono y un horario de comidas más flexible. Pero Autopsia nunca llegó a concluirse; a día de hoy sigue siendo un fragmento en un cuaderno de trabajo, que Leo abandonaría pronto en favor de algo totalmente diferente.

Stene Forman poseía sin duda un toque de carisma que no dejó indiferente a Leo después de su almuerzo en Salzers. Leo no había dado una respuesta concreta; mantuvo una actitud básicamente escéptica, y le costaba mucho imaginarse convertido en un colaborador de la revista Blixt. Sería una mancha que lo avergonzaría el resto de su vida, y él quería mantenerse impoluto.

Sin embargo, se sentía bastante atraído por la idea. Stene no paraba de hablar de que aquello era pura dinamita y del gran bombazo periodístico que podrían conseguir juntos si funcionaba. Serían reconocidos con los más importantes galardones del mundo de la prensa sobre periodismo de investigación de servicio público, con tiradas astronómicas, suculentos ingresos y demás. No obstante, habría que mantener todo en el más estricto secreto; se trataba de hot stuff y era absolutamente off the record, como solían decir en la Casa Blanca. Leo no era un profesional, y tenía que comprender que las informaciones que se manejaban en este ámbito eran off the record y había que tener la boca cerrada. Todo lo que Stene le había dicho debía quedar entre ellos. Si a Leo se le escapaba una sola palabra, sería el final de todo el asunto.

A pesar de su extremo cansancio, Stene seguía siendo un gran productor y escenógrafo de montajes más o menos escandalosos. Tenía la innegable capacidad de presentar las cosas de modo que adquiriesen proporciones imponentes y grotescas, siempre con el guiño encantador del típico embaucador. Leo no tardó mucho en llamar a Stene para expresarle su deseo de intentarlo. Se pondría en contacto con ese tal Hogarth, off the record, no en busca de gloria o de dinero, sino por el bien de Verner Hansson. Quizá Verner se recuperase si averiguaba qué había sido de su padre. ¿Quién sabe? Tal vez fuera eso lo que necesitaba.

Así pues, un día de marzo de 1975 Leo Morgan, cual Jesucristo, llamó al número de teléfono que le había proporcionado Stene Forman y que no figuraba en ninguna guía, del viejo periodista Edvard Hogarth. Leo lo hizo únicamente por el bien de Verner, el hijo pródigo que debía ser redimido.

Pero la voz que respondió balbuceante, repitiendo las cifras de su propio número de teléfono dígito a dígito, como un ladrón nervioso en el proceso de memorizar el código de una caja fuerte, sonaba como si la batalla ya estuviera perdida. Edvard Hogarth era obviamente un hombre muy anciano, y cuando Leo se presentó y explicó el motivo de su llamada mostró poco interés, o más bien un desinterés total, en encontrarse con él para intercambiar unas palabras.

Leo hizo un gran esfuerzo por mostrarse muy educado al teléfono y le explicó que Stene Forman le había hablado maravillas de las valiosas contribuciones periodísticas del señor Hogarth. Oh, sí, claro que conocía a Stene Forman, sobre todo a su brillante padre. Hogarth señaló que el hijo parecía bastante prometedor, pero que no había seguido su trayectoria desde hacía tiempo. El nombre de Blixt no era ninguna garantía de un saneamiento a gran escala de la ética periodística, pero ofrecía un importante contrapunto al monopolio.