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El anciano daba la impresión de estar a punto de despedirse y colgar cuando Leo mencionó algo sobre el «caso Hansson», que era el verdadero motivo de su llamada.

Aquello destapó la caja de los truenos. El anciano permaneció un instante totalmente mudo al otro extremo de la línea. Aquel era un asunto muy espinoso, pensó Leo. De forma tranquila y serena, le dijo que conocía a Verner Hansson, el hijo del hombre desaparecido, quien durante todos aquellos años había intentado averiguar qué sucedió en 1944, cuando aquel hombre súbitamente pareció esfumarse. Leo continuó con su relato, mostrando una rara elocuencia, hasta que el viejo lo interrumpió.

Edvard Hogarth había permanecido al aparato, por lo visto digiriendo toda aquella información, porque de repente se lanzó a pronunciar un airado e incisivo discurso sobre el hecho de que él había estado trabajando en aquel «caso» durante más de diez años, y que «usted» o «ellos» estaban pero que muy equivocados si pensaban que iban a hacerle callar. Aquello era una «extorsión», y «usted» o «ellos» tendrían que pasar por encima de su cadáver para que guardara silencio.

Y luego colgó bruscamente el teléfono.

«La muerte es una piedra preciosa, un pejesapo / un endurecimiento, con una seductora promesa de paz…», rezaba una de las anotaciones poéticas del cuaderno de Leo, perteneciente a su período de Autopsia. Esta es una historia llena de cosas extrañas, y la alusión al pejesapo es solo una de ellas.

Stene Forman había lanzado el anzuelo y Leo Morgan había picado. Este, a su vez, había lanzado otro anzuelo y Edvard Hogarth lo había rehusado. Continuando con las metáforas marinas: probablemente se tratara más de una red que de un sedal. Leo no se había limitado a morder el anzuelo; había sido atrapado en una red enorme, con innumerables ramificaciones por todos los estratos sociales, y ni siquiera lo sabía. Esto es lo que hace la anotación sobre el pejesapo tan extraña.

El pejesapo responde al nombre científico de Antennarius commersoni, y de él se dice que «tiene una protuberancia en la parte frontal que utiliza como cebo para atraer a los peces pequeños, lo que permite a este torpe y lento nadador cazar activamente aun cuando esté bien alimentado». El pejesapo, como sugiere su nombre, es un pez de terrible fealdad, tal vez el más feo de los que habitan en nuestras aguas. Se posa sobre los fondos rocosos y cenagosos, y utiliza su antena, como una prolongación de la nariz humana, para atraer a los peces pequeños y engullirlos vorazmente con su repugnante boca. Si se observa un ejemplar de Antennarius commersoni -y Leo el naturalista lo había hecho-, se puede ver ilustrada en una sola imagen toda nuestra civilización occidental de sobornos y persuasiones por todos los medios posibles. El caso Hogarth presenta bastantes similitudes con los métodos de pesca del pejesapo. Los pececillos iban picando el anzuelo, solo para caer devorados al momento entre las venenosas mandíbulas. Commersoni no solo hace pensar en comer, sino también en comercio, negocios, ventas y capital. Y la alusión no se alejaba demasiado de la realidad. De hecho, tenía que ver con dinero y chanchullos financieros.

Pero Leo Morgan no estaba aquejado por la fiebre del oro. Siempre se había distanciado de todo cuanto tuviera que ver con el dinero. Era lo único que no coleccionaba de pequeño. Su actitud consciente ante la vida estuvo siempre marcada por un estoico distanciamiento. Esta filosofía también implicaba tomar distancia de todo lo que Henry representaba. Leo nunca abrigó sueños de gloria o de riquezas, mientras que Henry se dejaba la piel y el sudor de su frente en un húmedo, pestilente e insalubre túnel bajo el Söder, con un hipotético tesoro de oro como cebo. Leo no dejaba pasar una oportunidad de fastidiar a Henry por su sueño infantil, y así es como las cosas tomaron el rumbo que tomaron.

Leo andaba en pos de la verdad, a cualquier precio. Los enigmas existían para ser resueltos, la niebla para ser disuelta, los rituales para romperse. El misterio debía ser erradicado como el oropel de la opresión. Tras cada bastidor se escondía una verdad oculta, y Leo se había topado con una de ellas. Había dedicado toda su vida a derribar bastidores, y ahora parecía haber movilizado toda la potencia de su espíritu para derrumbar los bastidores que ocultaban al viejo periodista Edvard Hogarth.

Leo se obsesionó con aquel asunto. Caviló durante mucho tiempo y finalmente escribió una carta. Escribió una carta muy hermosa, en la que explicaba quién era, por qué había contactado con él y por qué valoraba tanto la verdad. Después de todo, el concepto de verdad es una de las piedras angulares de nuestra tradición filosófica, y a Leo le resultó fácil componer una carta extensa, sustanciosa y -para un profano como Edvard Hogarth- muy instructiva sobre la verdad.

El tranvía número 12 se deslizó por el paisaje nevado a través de los barrios de Äppelviken, Smedslätten y Ålsten, hasta detenerse en la plaza Högland, donde se apeó una sombría y enjuta figura. El hombre solitario se anudó la bufanda al cuello, mientras miraba las placas con los nombres de las calles para intentar orientarse, porque no había ni un alma a la que preguntar por una dirección.

Quien se apeó en la plaza Högland no era otro que Leo Morgan, ya que su estrategia había funcionado: la carta había sido muy bien recibida. Edvard Hogarth se había ablandado finalmente y había invitado al remitente de la carta a encontrarse con él en Bromma.

La silenciosa y resguardada calle era justo como Leo la había imaginado, con jardines bien cuidados, villas finiseculares y ostentosas verjas. Sin embargo, la de la casa del señor Edvard Hogarth presentaba un aspecto decadente y decrépito, con la pintura descascarillada y un buzón en el que sin duda entraba el agua cuando llovía. La verja se abrió con un sonido lastimero y pesado, lo que llevó a pensar a Leo que no se utilizaba con mucha frecuencia. El camino de grava que conducía a la puerta de entrada tampoco había sido rastrillado desde hacía mucho tiempo. Las hojas caídas del otoño se amontonaban bajo la nieve, que ya empezaba a derretirse y dejaba a la vista un jardín en estado lamentable, con arbustos de cincoenrama, rosas y lilas, y un par de manzanos muy crecidos y descuidados. La casa era bastante grande, un edificio de ladrillo con tejado negro. Parecía abandonada, salvo por una pequeña lámpara que alumbraba en una pequeña galería de la planta superior, como una de esas luces que se mantienen encendidas todo el año para ahuyentar a los ladrones.

El visitante caminó por el sendero de grava hasta la puerta. Tocó el timbre, que emitió un zumbido átono en el interior de la casa. Esperó bastante rato, pero no oyó ningún ruido. Volvió a llamar y aguardó.

Edvard Hogarth sorprendió a su invitado apareciendo por un lateral de la casa. Le explicó que la puerta principal estaba cerrada; nunca la utilizaba porque era demasiado pesada. Leo bajó los escalones y se estrecharon la mano. Edvard Hogarth tenía el pelo canoso y un rostro lleno de arrugas, con ojos vivaces y nariz aguileña. Caminando un poco encorvado, condujo a Leo al interior de la casa a través de la cocina. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta de punto, del mismo tono beige que los pantalones. Una bufanda de seda le daba un toque de elegancia, casi de coquetería. Recordaba a uno de esos actores que vivían en la residencia Höstsol para artistas de edad avanzada. La vanidad estaba librando una batalla muy igualada contra la sabiduría de la vejez.

El invitado colgó su abrigo en el vestíbulo y Edvard Hogarth procedió a enseñarle la casa increíblemente fría. El combustible de la calefacción era demasiado caro, y en los países árabes se avecinaban graves crisis; era algo que el viejo Hogarth sabía desde hacía tiempo, y por ello se había acostumbrado a ser prudente y frugal en lo referente a la calefacción. La crisis del petróleo de hacía dos años, que según Hogarth había sido presentada de forma tan engañosa por nuestros medios periodísticos, no fue una verdadera «crisis», sino más bien una advertencia que debía tomarse muy en serio.