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La planta baja consistía en una espaciosa estancia, con mobiliario tapizado en piel auténtica y magníficas obras de arte que colgaban de las paredes. Leo reconoció cuadros de algunos artistas muy codiciados por los coleccionistas. Hogarth le explicó que en el pasado había sido amigo de muchos pintores y había comprado algunas de sus obras antes de que se cotizaran a precios astronómicos. Su favorita era un desolado paisaje marino de Kylberg. Sobre la repisa de la chimenea había una fotografía en un marco dorado, que mostraba a una rubia y hermosa joven luciendo un traje típico de los años cuarenta con grandes hombreras. Era su esposa, fallecida de forma prematura en 1958. Desde entonces vivía solo. Prácticamente la única persona que entraba en su casa era la asistenta, que venía todos los miércoles a limpiar la casa y a encargarse de las faenas.

El estudio situado en la planta superior recordaba enormemente a los que Leo y Verner habían visto en los museos que visitaban de pequeños: lugares de trabajo de hombres prominentes, donde se fraguaban las grandes ideas y se tomaban importantes decisiones. Una enorme alfombra persa cubría el parquet y en las paredes se alineaban estanterías con archivos y dossiers de recortes de periódicos, así como una extensa biblioteca que contenía desde las obras tradicionales de lectura obligada hasta rarezas literarias escritas en los grandes idiomas universales. Estaba claro que el anciano había leído mucho. Era sorprendente que no necesitara gafas.

Hogarth se hundió en su butaca tras el imponente escritorio, vació cuidadosamente una de sus siete pipas y procedió a rellenarla de nuevo. Fumaba una mezcla especial de tabaco, que emanaba un aroma denso y dulzón muy agradable. El humo azulado remolineaba en torno a la lámpara Strindberg, y durante un buen rato no dijo ni una palabra.

Leo no sabía muy bien cómo empezar. Carecía de la calculada informalidad que utilizan los periodistas profesionales para enfocar el asunto y hacer que el entrevistado se abra. Hogarth le había hecho sentarse en un sillón y Leo se sentía como en una visita a un médico o ante un jefe, que sitúa a la gente por debajo de él para poder mirarla desde una posición elevada cuando él habla.

Edvard Hogarth señaló con la mirada un aparador empotrado en el centro de la gran librería. Un whisky no estaría nada mal para un día frío y nublado como ese. Leo obedeció, sirvió dos copas y ofreció una al viejo. Hogarth tomó un trago, fumó un poco de su pipa y examinó a su invitado de pies a cabeza. Leo encendió un cigarrillo; extrañamente, no se sentía a disgusto.

Leo había crecido, dijo Hogarth. Leo se había convertido en un hombre hecho y derecho. Dio unas caladas a la pipa y sonrió. Leo no entendía nada. ¿Qué quería decir?, se preguntó. ¿A qué se debía aquella repentina familiaridad?

Hogarth soltó una carcajada, y entonces le explicó que al recibir la carta de Leo cayó de repente en la cuenta de que se trataba del nieto del viejo Morgonstjärna, el hijo del Barón del Jazz. El viejo Morgonstjärna había sido uno de los mejores amigos de Edvard Hogarth. Este había sido incluso miembro del club MMM, Muy viajado, Muy leído, Muy mundano. Hogarth había jugado a las cartas y al billar en el piso del abuelo de Leo hasta el mismo final, cuando Morgonstjärna falleció en la primavera de 1968.

Leo seguía sin entender, y es probable que tratara de recordar a todos aquellos caballeros canosos que solían visitar a su abuelo, oliendo a puro, tabaco de pipa y whisky, pero a los que en realidad nunca había conseguido diferenciar. Todos le parecían iguales. Hogarth chasqueó la lengua y afirmó que su encuentro con Leo tenía que ser cosa del destino. Se disculpó por haberse mostrado tan desagradable la primera vez que hablaron, pero se había visto obligado a protegerse.

Resultó que Hogarth había seguido la carrera literaria de Leo a distancia, y, si bien no compartía del todo su furia desmesurada, sí que admiraba plenamente la faceta lírica y filosófica de su obra. Era importante leer literatura, incluso para un periodista. Resultaba útil para cultivar el estilo.

Pero también le había gustado la carta de Leo. A lo largo de los años había recibido muchas cartas, muchas de ellas dignas de ser donadas a la Biblioteca Real. La de Leo resistía perfectamente la comparación con la correspondencia que le habían remitido ministros, profesores y literatos que no hacían otra cosa que redactar profundas misivas a sus colegas.

Leo había decidido convertir la verdad en el objeto de sus investigaciones y su discurso, y eso era algo que Hogarth tenía en muy alta consideración. Quien no reflexiona sobre el concepto de la verdad camina por un sendero peligroso. Él también había estudiado filosofía en su juventud. Había coincidido en múltiples ocasiones con Hägerström, un hombre tan cáustico como letal, pero esa era otra historia. El concepto de verdad no se reducía a una cuestión de lenguaje o de escala de valores; tampoco se trataba de una cuestión absoluta para todas las épocas. La verdad era la lanzadera, por así decirlo, que se movía entre la ley y la praxis, entretejiendo todas esas acciones humanas en el tapiz que llamamos moral. A largo plazo, el único calificativo que podríamos aplicarnos las personas civilizadas es el de «humanistas».

Edvard Hogarth seguía con su alocución desde el asiento de su escritorio, interrumpiéndola solo para dar algunas caladas a fin de evitar que se apagara la pipa. De vez en cuando tomaba pequeños sorbos de whisky, y el alcohol parecía darle un poco más de fervor. Ya nunca salía de casa; dedicaba todos los días a su trabajo -colocó la palma de su huesuda mano sobre el manuscrito que estaba en una bandeja y que resultaba más abultado por comparación- y los días eran cada vez más cortos. Ya no tenía la misma energía de antes, aunque, a estas alturas de la vida, tampoco la necesitara demasiado. Su proyecto era un trabajo de gran envergadura, y solo le faltaban un par de meses para acabarlo. Después, la bomba explotaría.

Iba a ser su legado. Como cualquier periodista, en su carrera se había encontrado con varios casos y escándalos que, por diversas razones más oscuras o más obvias, no habían salido a la luz durante un tiempo indeterminado, en ocasiones nunca. Cierto alto cargo de la administración pública se había sentido amenazado y había obligado a encubrir el asunto. Mediante una llamada a un redactor jefe o al editor, y en virtud de su cargo oficial, amenazaba con represalias que lograban que se parasen las máquinas. Pero cualquiera que indague en busca de la verdad va recopilando informes y material que tarde o temprano pueden saltar a la palestra, y cambiar de un plumazo la imagen pública de los héroes del pasado y los dirigentes del presente. Eso era justamente lo que pretendía hacer Hogarth. Había recopilado información sobre una docena de escándalos que habían sido silenciados por parte de las altas instancias. El «caso Hansson», el padre de Verner, era uno de ellos. Había otras historias mucho más conocidas, como las de Haijby, Enbom y Wennerström, que Hogarth podría esclarecer como nunca antes se había hecho. Pero una persona no puede mostrarse timorata; ni tampoco pensar en su futuro profesional cuando lo que pretende es desenterrar viejos fantasmas y sacarlos a la luz. Edvard Hogarth ya era viejo, estaba al final de su vida. Quería despedirse haciendo mucho ruido, y por esa razón había escrito su sensacional testamento: Cincuenta años de escándalos políticos en la Suecia del Estado de derecho.

Fue la infatigable terquedad de Edvard Hogarth la que le había permitido llegar hasta el fondo de todos aquellos casos, recopilados en un manuscrito que ahora llenaba aquella bandeja hasta el borde, dando testimonio de un grado tal de coraje y autosacrificio que rozaba la locura. Que el resultado pudiera tener un desenlace fatídico era algo que ya había presentido.