Estuvieron conversando durante varias horas sobre los más diversos temas, desde el abuelo Morgonstjärna, el Barón del Jazz, el talento pianístico de Henry o la situación actual de la prensa, hasta vagas ideas filosóficas acerca del bien y el mal. El timbre del teléfono los devolvió de nuevo al presente. Edvard Hogarth, visiblemente molesto por la señal, hizo una mueca y se excusó para dirigirse a la habitación contigua. Contestó recitando su número de teléfono, y Leo notó cómo Hogarth fingía de inmediato ser una persona mucho más vieja, senil y descentrada de lo que era.
Sin pensar realmente en lo que hacía, Leo tomó de la bandeja unas cuantas páginas del manuscrito y empezó a hojearlas por encima. Leyó frases como: «… la posición oficial sueca era políticamente neutral, pero extremadamente leal desde un punto de vista económico…», «… que en los años treinta convirtió la industria bélica alemana en una de las más poderosas del mundo…», «… la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A., una de las filiales más lucrativas de la Corporación Griffel, poseía exactamente los recursos suplementarios que el Tercer Reich necesitaba adquirir…», etcétera.
Hojeó las páginas de atrás adelante y de adelante atrás, sintiéndose cada vez más confuso. Lo único que entendía era que todo aquello tenía que ver con la industria armamentística y con envíos de suministros para el Tercer Reich. No había logrado averiguar mucho más cuando oyó cómo Hogarth colgaba el auricular en la habitación de al lado. Inmediatamente devolvió las páginas a su lugar en el escritorio.
Hogarth parecía preocupado y abstraído cuando regresó. No se sentó, sino que apoyó sus brazos sobre el respaldo de la silla y miró a través de la ventana, para a continuación volver a dirigir lentamente la atención hacia su invitado.
Leo debía marcharse, dijo. Era algo muy inusual, pero Hogarth tenía que salir para acudir a una cita urgente. Se trataba de su hermana. Estaba enferma, moribunda. Una situación realmente triste, desde cualquier punto de vista. Habían pasado una tarde de lo más agradable y le encantaría volver a hablar con Leo. Podía regresar cuando quisiera.
Se despidieron de manera apresurada y el anciano, sacudiendo la cabeza y murmurando frases ininteligibles, volvió al piso de arriba. Un tanto aturdido, Leo tomó el tranvía número 12 para regresar a la ciudad. Había dejado de nevar y la grisura lo envolvía todo.
Llegó Semana Santa. Leo asombró a todos los que le conocían acompañando a su madre a la isla de Storm, en el archipiélago. No había vuelto allí en Dios sabía cuánto tiempo, y Leo odiaba viajar más que nada. Nunca había salido del país, ni siquiera había cruzado el estrecho de Åland hasta Finlandia. Había llegado incluso a decir, tanto para sí como a los demás, que no salir de Suecia se había convertido en una especie de rasgo distintivo. Y sin duda no se trataba tanto de perderse algo que pudiera suceder allí como del miedo a recobrar su sentido de la curiosidad.
Hacía mucho tiempo que Greta no experimentaba tal felicidad; era algo que saltaba a la vista con solo mirarla. Parecía diez años más joven. Elogió el saludable aspecto de Leo. Se sentía enormemente orgullosa de visitar a sus parientes en la isla de Storm en compañía de un hijo que irradiaba tanto vigor y lozanía. Él también se sentía muy feliz de estar allí. El antiguo niño prodigio recorrió las casas del lugar, preguntando a todos cómo se encontraban. Era muy probable que los isleños recordaran al pequeño y enclenque chaval con su latita de hojalata y su herbario, y se sorprendieran al ver a aquel joven alto y gallardo que parecía mayor, sombrío y autoritario, como una especie de fiscal público en un recorrido de inspección.
La población de la isla se había reducido hasta la deplorable cifra de diecisiete habitantes. Algunos de los más ancianos ya habían exhalado el último suspiro, mientras que otros se habían negado en redondo a trasladarse a una residencia para ancianos en la isla de Kolholma. Los abuelos maternos de Leo no perdían la fe en que los tiempos cambiarían, que la gente volvería y que el tiempo finalmente les daría la razón. Así había sucedido siempre. Se haría justicia. La tierra de Storm había demostrado ser suficientemente buena en el pasado para proveer a cientos de personas, y ahora no tenía por qué ser diferente.
En cuanto a Leo Morgan, algo sucedió en su interior durante aquella Semana Santa en la isla de Storm. Totalmente sereno y acicalado, recorrió la isla de su infancia sin sentir los escalofríos, la angustia y los espasmos de las febriles alucinaciones ocasionados por la visión del acordeón rojo sobre una roca de la playa, desinflado y silencioso, inerte para siempre. Visitó las cuevas rocosas en cuyas paredes había grabado con objetos puntiagudos runas como en la edad de piedra; recorrió los prados algo cenagosos donde en verano crecía la campana de la tormenta en toda su majestuosa altura; echó un vistazo al cobertizo donde seguía el Arca, con sus cuadernas desnudas cubiertas de telarañas desde la quilla, igual que había estado durante los últimos quince años: todo permanecía estancado, toda actividad humana parecía detenida, en un impasse. Pero las flores seguían creciendo y el mar continuaba rugiendo como si nada hubiera pasado, como si solo se tratara de un sueño hermoso que lo anula todo, un paréntesis nocturno que pronto caería en el olvido.
Según una fuente fiable, Leo continuaba trabajando en el borrador de Autopsia, que iba recopilando en su cuaderno negro. Uno de sus fragmentos resulta especialmente interesante, ya que trata del «retorno» y sin duda hace referencia a su propio retorno a la infancia. Dice así: «El pescador regresa, fascinado por el inmenso mar, / como sucede siempre la primera vez /… una nueva especie se arrastra hacia la roca / y se agarra, para siempre volver a comenzar…». El pejesapo, el origen de la vida, el pescador… tal vez todas esas metáforas marinas surgieron durante su visita a la isla de Storm. Resulta bastante plausible, ya que gran parte del borrador parece escrito con el mismo bolígrafo, con el mismo tipo de caligrafía uniforme y hermosa, como en un sereno arrebato lírico.
En cualquier caso, el Leo Morgan que regresó a la calle Horn justo después de la Semana Santa de 1975 era un hombre relajado, inspirado y, en muchos sentidos de la palabra, equilibrado. El deseo había retornado a su cuerpo: el deseo de escribir, el deseo de reproducirse, como si hubiera estado en un buen balneario.
Por iniciativa propia se vio con Eva Eld unas cuantas veces. Ella, la joven candorosa e ingenua de esta película, se había convertido con el tiempo en una rubicunda y sensata maestra de escuela, con una programación de actividades muy restringida en la que el erotismo también tenía un espacio limitado. Sin embargo, no era tan limitado como para que no cupiera en él su viejo amante Leo, del que, según informes posteriores, afirmaría que nunca había estado en tan buena forma como en aquella época.
Pero aquello no duraría mucho. El cruel destino iba a llamar a su puerta, en medio de la noche, para que se descarriara y se perdiera en un absoluto mutismo.
El timbre de la puerta sonó en plena madrugada. Leo no sabía cuántas veces habría sonado antes de despertarse. Todo resultaba muy confuso. Sintiéndose bastante aturdido, se dirigió al recibidor para contestar al furioso timbrazo. Se encontraba solo en su sección de dos habitaciones del apartamento. Henry estaba fuera, en medio de un rodaje en Skåne.
Al llegar a la puerta acristalada, a través de la cual se veía la borrosa silueta de un hombre con gabardina y sombrero, preguntó quién era y qué quería. Edvard Hogarth masculló su nombre con enojo, y Leo abrió la puerta. El anciano entró; tenía un aspecto demacrado y cansado. Dejó su portafolios sobre una silla en el recibidor y dijo que no tenía intención de pedir excusas, que se trataba de algo urgente y que sería breve.