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Después de ponerse algo de ropa y constatar que eran las cuatro de la madrugada, Leo regresó con su huésped y le dijo que se sentara, pero este declinó el ofrecimiento. Edvard Hogarth deambuló por el gran apartamento, a través de los salones y los corredores, y se asomó a la sala de billar, que en un pasado sirviera de dormitorio a la abuela paterna de Leo. Por un instante, pareció que hubiera olvidado el motivo de su visita. Con el pelo de punta y revuelto, Leo seguía al hombre sin entender absolutamente nada. Hogarth murmuraba y mascullaba viejos recuerdos, y Leo empezó a sospechar que el viejo sufría demencia.

Hacía frío en el piso, y Leo se estaba helando. Aún conservaba el calor de la cama en el cuerpo, pero debía reconocer que se había despertado en él una curiosidad que le producía escalofríos. El anciano regresó por fin al recibidor, donde había dejado su portafolios.

Dijo que había un taxi esperándolo abajo, así que sería breve. Luego abrió el portafolios y rebuscó entre una maraña de documentos y dossiers, sin cesar de quejarse del completo desorden en que estaba todo, hasta encontrar un fajo de papeles atado con una goma elástica. Aquello era para Leo; el anciano quería que conservara aquellos papeles hasta nueva orden. Leo debía leer aquellos informes, que contenían información importante. Tal vez le ayudaran en sus pesquisas. Algo iba a suceder. Aunque no podía decir de qué podría tratarse. Quizá no fueran más que alucinaciones o invenciones de su imaginación. Los viejos solían alarmarse sin necesidad.

Edvard Hogarth soltó una risa que tenía cierto matiz demencial y todo lo que Leo logró hacer fue aceptar aquel fajo de papeles con un asentimiento de cabeza, incapaz de pronunciar palabra alguna. Leo simplemente asintió y escuchó, y después se estrecharon las manos. En aquel apretón de manos hubo algo enigmático. Estaba lleno de solemnidad y tal vez se prolongó un segundo más de la cuenta, un insignificante y exiguo segundo que aun así duró demasiado, como si el anciano se estuviera despidiendo de alguien que se marchara por largo tiempo.

Finalmente, Hogarth le dijo que confiaba en Leo. Era la primera vez en mucho, mucho tiempo que Leo escuchaba decir a alguien que confiaba en él. Luego Edvard Hogarth desapareció por la puerta, camino del taxi que lo esperaba abajo en la calle Horn.

El mismo maître de la vez anterior le indicó a Leo Morgan la misma mesa ubicada en un lugar discreto del restaurante Salzers. En esta ocasión Stene Forman ya había llenado casi hasta arriba un cenicero mientras esperaba ansiosamente. Incapaz de ocultar su excitación, desplazó hacia atrás una silla con el pie, extendió su untuosa mano y se inclinó con aire conspiratorio sobre la mesa. Leo había hecho un buen trabajo. Era todo un placer para él invitarlo de nuevo a comer.

Mientras degustaban un contundente almuerzo regado con vino, café y copa, un Leo tranquilo, tal vez exageradamente tranquilo, narró todo lo ocurrido. Se repetía y luego añadía cosas que había olvidado, volvía a recuperar el hilo narrativo y así llegó a aquella extraña noche, justo después de Semana Santa, cuando Edvard Hogarth le entregó aquel fajo de papeles como si se tratara de un dossier altamente confidencial en una mala película de espías.

Stene dijo que aquello era muy típico de Hogarth. El viejo no era ningún don nadie, y tenía reputación de ser un poco excéntrico, por así decirlo. Si se trataba de una vulgar manía persecutoria, o de una imaginación desmesurada, o de lo que fuera, nadie podía saberlo a ciencia cierta. Edvard Hogarth se dedicaba «a lo suyo», lo cual podía confundir un poco a cualquier interlocutor, pero no se podía hacer nada al respecto.

A estas alturas sería preciso dar ya algunas pistas sobre a quién concernía todo aquel asunto. El dossier recibido por Leo Morgan aquella noche, con algunas páginas mecanografiadas y otras a mano, consistía en una serie de documentos seleccionados a toda prisa por el propio Edvard Hogarth que no ofrecían mucho más que algunas claves sobre la línea general de su gran obra.

El caso Hogarth, como sería más tarde conocido en los círculos iniciados, se remontaba muy atrás en el tiempo. Zeverin & Co., una empresa que desempeña un papel central en esta trama, se convirtió en la década de los veinte en la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. La firma se trasladó a una nueva planta, muy moderna para la época, en el puerto de Hammarby, cerca del muelle de Sickla. Hogarth se recreaba largamente en la descripción del presidente Hermann Zeverin, en su trayectoria profesional y en la situación de la industria sueca de maquinaria de precisión en esa época. Sería prolijo y tedioso reflejar aquí todo el material minuciosamente recopilado por Hogarth, un trabajo que le había llevado varios años y que estaba trufado de pormenores y estadísticas.

En cualquier caso, durante los años treinta la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. parecía obtener unos resultados inusualmente lucrativos para una empresa de su tipo y de su época. Mientras que muchas factorías en todo el mundo sufrían graves crisis y se hundían como barcos encallados, Zeverin contrataba a nuevos empleados y crecía a un ritmo tranquilo y continuado. El mercado de trabajo estaba en una situación tal que los empresarios podían elegir a sus anchas entre un ejército de profesionales muy competentes y con gran experiencia. Algo que puede parecer un tanto curioso, pero que obedecía a una estrategia fríamente calculada, era el especial sistema de entrevista de trabajo utilizado por la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A.: un cuestionario que debía ser rellenado por los aspirantes. Se trataba de un formulario muy elaborado que obligaba a dar respuestas que revelaban desde el número de calzado y el estado civil del solicitante hasta su afiliación a sindicatos y sus opiniones sobre la situación política mundial, si es que las tenían.

A finales de los años treinta, la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A., ubicada en el puerto de Hammarby, cerca del muelle de Sickla, tenía una plantilla de cien empleados, así como una veintena de oficinistas bajo el mando directo de la administración. Durante la última década la producción había aumentado y se había diversificado notablemente. Se fabricaban desde componentes de maquinaria -además de máquinas completas para fines específicos- hasta pequeñas piezas de acero inoxidable para utensilios de cocina. La compañía tenía clientes en toda Escandinavia, principalmente grandes talleres a los que suministraba mecanismos de precisión que requerían mucho tiempo de trabajo.

La pequeña empresa experimentó un gran crecimiento con el estallido de la segunda guerra mundial. Resulta significativo que los trabajadores de la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. recibieran salarios muchísimo más elevados que los empleados de, por ejemplo, las grandes factorías de reciente implantación en Hammarby como Hermanos Hedlunds o General Motors.

Aquí Hogarth intercala una exhaustiva estimación de costes que demuestra que el traslado de la compañía al puerto de Hammarby fue posible gracias a generosos préstamos bancarios obtenidos a cambio de diversas contraprestaciones. Al mismo tiempo, y tal vez por esa misma razón, se llevó a cabo otra transacción que requeriría toda una disertación académica para ser explicada con propiedad. En cualquier caso, el quid de la cuestión es que, en una brillante maniobra, la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. se asoció con la ya vasta Corporación Griffel. Esta asociación, que aún sigue vigente, no tuvo carácter oficial, y a Hogarth le llevó al menos cuatro meses de obcecada investigación, como menciona en un apunte de carácter personal, encontrar las pruebas que apoyaran su teoría. La verificación se encontraba enterrada bajo kilos de polvo de archivo, «ofuscación» histórica y renuencia funcionarial. No resultaba nada sorprendente -al contrario, era de esperar-, ya que este hecho revela que la gran actividad de Zeverin durante la segunda guerra mundial no obedeció a ninguna infortunada coincidencia, o a una consecuencia impredecible de la avaricia de algunos capitalistas sin escrúpulos. Se trataba de un negocio frío y calculado, que respondía por completo a las directrices del gran consorcio, y por esa razón el asunto sigue teniendo consecuencias a día de hoy, cuando la Corporación Griffel ha adquirido las dimensiones de un imperio que toda administración gubernamental debe tomar en consideración.