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El traslado desde el pequeño taller cerca de Norrtull hasta las enormes instalaciones del muelle de Sickla en el puerto de Hammarby se realizó con mucha pompa y ostentación. La fábrica fue inaugurada por el ministro de Finanzas del entrante gobierno de coalición, y el presidente Hermann Zeverin pronunció un largo discurso en el que daba las gracias y elogiaba a sus diligentes empleados. Los casi ciento veinte empleados aplaudieron y luego fueron invitados a tomar café y bollos.

Las gigantescas factorías de Hermanos Hedlund, General Motors, Luma y Osram dejaron caer sus sombras sobre los, en comparación, modestos locales de Zeverin. Sin embargo, todo es relativo. Por su parte, la bota alemana dejó caer su sombra amenazante sobre todas ellas, aunque el peligro fue solo mencionado de pasada por los oradores. «Estamos viviendo tiempos inquietantes -dijo el ministro entrante, e incluso se atrevió a mencionar las profundas huellas que había dejado la bancarrota del financiero Kreuger-, pero debemos dar gracias a que las cosas nos vayan como nos van.» El presidente Zeverin habló en términos elogiosos de los contratos de trabajo AK -empleos comunitarios para personas que recibían ayuda social- y de su efecto beneficioso para la industria sueca. No sin cierta satisfacción, el presidente destacó la posición preeminente de su empresa, lo que arrancó los aplausos de los aduladores oficinistas.

Cierto espíritu de fraternidad, confianza mutua y lealtad presidió la fiesta de inauguración al más puro estilo de los años treinta. El fabricante también dejó entrever que iba a haber cambios en algunos aspectos de la producción, para lo cual se organizarían cursos de capacitación. Pronto se destacarían algunos empleados, de eso podían estar seguros. Resultaba fácil leer entre líneas: algunos trabajadores cuidadosamente seleccionados, cooperadores y serviles, serían los elegidos.

Es aquí donde Tore Hansson entra en escena. Tore Hansson, el padre de Verner, solo se mencionaba de pasada en el informe, lo cual lo hacía todo aún más irritante. Tore Hansson tenía que desaparecer.

En la copia que le había pasado a Leo, Hogarth había subrayado el nombre de Tore Hansson cada vez que aparecía. Pero la presión del tiempo le había obligado a concluir apresuradamente su trabajo. La intención, si es que existía alguna, tal vez fuera orientar a Leo en la pista correcta. Pero el único efecto que había producido era irritación.

Stene Forman apenas podía contener su excitación. Durante este segundo almuerzo en Salzers había conseguido llenar el cenicero hasta el borde y las gotas de sudor resbalaban por su frente. Leo había hecho un buen trabajo, aunque tan solo hubiera recibido un montón de papeles con información muy incompleta.

Pero aquello no era más que el principio, según Forman, y su ánimo se iba enardeciendo más y más conforme lanzaba ideas sobre cómo empezar a investigar todo aquel asunto. La Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. todavía tenía su sede en el muelle de Sickla, y la Corporación Griffel seguía siendo uno de los mayores consorcios del país. Allí había mucho que escudriñar: condiciones de propiedad, clientes, transacciones internacionales y así sucesivamente. En todo aquel entresijo encontrarían a Tore Hansson, de eso no cabía duda. Debía ser un trabajo hecho con gran meticulosidad, sin dejar nada al azar, en palabras de Forman, quien se reía casi del mismo modo que en épocas anteriores. El maître parecía preocupado y les dejó la cuenta.

Leo no podía comprender el desmedido entusiasmo de Stene. Lo único que había hecho era relatar una historia fragmentada que acababa con un gran interrogante.

Una persona normal estaría seguramente muerta de curiosidad tras haber llegado a este estadio de la intriga, del mismo modo en que Stene Forman lo estaba por algo que a simple vista parecía curiosidad pero que más adelante se revelaría como codicia. Mas no así Leo Morgan. Debía admitir que sentía un desasosegante cosquilleo en el cuerpo, pero no era suficiente para calificarlo de curiosidad. Como se mencionó anteriormente, había escrito un breve tratado al respecto llamado Curiosidad, inquisitividad y conocimiento. Quien no se espantara ante aquel académico e insípido título -qué lejos estaba de sus brillantes y sublimes títulos de los sesenta: Herbario, Vacas santurronas y Escalada de fachadas y otros hobbies-, podría disfrutar de una excitante, instructiva y entretenida disertación sobre la curiosidad, que, desde la perspectiva de su autor, era uno de los peores vicios del ser humano.

El tratado acaba con una argumentación epistemológica que naturalmente escapa a mi capacidad de comprensión. No obstante, por lo que puedo captar, Leo rechaza el tipo de deducción en que la verdad se convierte en el manifiesto intuitivo de la tesis; el ser humano no puede adivinar o suponer nada, sino solo examinar cada cosa por separado, elaborar categorías y conceptos, y someterlos una y otra vez a examen.

Para un filósofo avezado esto no serían más que perogrulladas, por no decir banalidades, pero en conjunto adquieren un halo de comicidad por el hecho de que Leo Morgan confronta continuamente esas afirmaciones y teorías con nuestra existencia humana cotidiana en este planeta, a fin de demostrar que el cotilleo y la lectura de revistas no nos hacen ni más sabios ni vuelven nuestras mentes más agudas e inquisitivas; al contrario, lo que buscamos es una perpetua confirmación y en absoluto la sorpresa. La salida a esta lamentable situación -y aquí el autor se torna de repente pragmático y didáctico- pasa por un sentido de la serenidad estoico y elevado. Los cotilleos que nacen de la curiosidad son un vicio; la serenidad que produce la indiferencia es una cualidad. Es muy probable que él no quisiera decir esto, pero así lo interpreto yo. Nunca encontré el momento de preguntárselo, pero de algo estoy seguro: el autor de Curiosidad, inquisitividad y conocimiento debía menospreciar, cuando no despreciar, a uno de los más célebres e inveterados chismosos de todo Estocolmo: Henry Morgan, su propio hermano.

Curiosidad, inquisitividad y conocimiento fue publicado como un pequeño folleto por una editorial especializada en filosofía, y resulta prácticamente inencontrable, ni siquiera en librerías de viejo. Me atrevería a afirmar que esta fue la última obra publicada por Leo Morgan.

Conviene tener muy en cuenta este paréntesis que Leo hace en su obra para adentrarse en el terreno de la filosofía. Uno de los médicos del hospital de Långbro hace referencia a los estudios y los trabajos filosóficos de su paciente a fin de establecer una conexión entre el estoicismo como virtud y la catatonia como diagnosis. Nuevos hallazgos en el campo de la psiquiatría aseguran que los síntomas de una enfermedad pueden entenderse muchas veces como mera prolongación del comportamiento de un individuo totalmente «sano». Es natural que a los niños les asuste atravesar una gran plaza desierta, estar en un ascensor lleno de gente, quedarse encerrados en un armario o toparse con una serpiente entre la hierba. Pero, en los adultos, esos miedos y fantasías se manifiestan en forma de fobias: enfermedades que reciben el nombre de agarofobia, claustrofobia y herpetofobia.

Uno de los doctores afirmó que ese era el caso de Leo Morgan. Su pasividad y resignación totales se correspondían plenamente con sus conclusiones filosóficas, desarrolladas desde un punto de vista puramente intelectual. Sus teorías se habían anclado en la praxis.