Había una vía de investigación por la que aún no habían transitado: la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A.
Aquella conversación en Salzers tuvo lugar una semana antes de que se descubriera una muerte que convertiría definitivamente aquella historia en un verdadero affaire, en el sentido clásico de la palabra.
Pero mi propia labor de investigación, que era como buscar las piezas de una bomba desactivada hacía mucho tiempo, requiere algunos comentarios previos en torno a la Compañía Zeverin S. A.
Debió de ser hacia el 20 de abril de 1975, en una fría y nublada tarde, cuando Leo Morgan tomó el autobús en Slussen con dirección a Skanstull y se bajó en el puerto de Hammarby, una sucia zona industrial de asfalto, ladrillo y ceniza, que muy probablemente aquel día se le antojara más desoladora que nunca. Leo se sentía cansado y febril. No había dormido bien ni una sola noche en las dos últimas semanas. Había tomado somníferos que solo le permitieron conciliar el sueño apenas un par de horas por las mañanas, cuando las pesadillas eran peores. Se sentía completamente inmerso en aquella historia que cada vez adquiría más tintes de tragedia clásica, abocada sin remedio a un desenlace funesto. Cada paso que daba era por su propia voluntad, pero aun así se sentía absolutamente forzado a darlo para no encaminarse hacia una vida de incertidumbre total. Podría haber salido de escena y retirarse hacía tiempo, pero si lo hubiera hecho se habría sentido un miedica, un cobarde y un pelele ignorante. Henry nunca se lo hubiera perdonado. No pararía de incordiarle con aquel maldito asunto del honor y el orgullo, que exigía su tributo a quien se considerase un hombre de verdad; aquello era, de hecho, lo que convertía al muchacho en hombre. Palabras realmente extrañas viniendo de Henry: el eterno desertor, cobarde y perdedor.
El propio Leo confesaba no poseer ni un ápice de orgullo, pero aun así se sentía atraído hacia la verdad como la polilla hacia la luz. Tenía sed de verdad como el nómada que busca el agua en el desierto, aunque todo aquello no fuera más que un voraz fuego devorador o un oasis pútrido y venenoso.
Sea como fuere, Stene Forman había dado instrucciones a Leo de acudir directamente al origen del asunto. El redactor jefe de Blixt había pensado en todo y, con falsos pretextos, había llamado a la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. para averiguar si había algún empleado que llevara trabajando en la empresa más de treinta años. Un expeditivo y servicial jefe de personal le informó con aire complacido de que un tal Berka, que aparecía en nómina como Bertil Fredriksson pero al que todos conocían por aquel apodo, llevaba trabajando en sus talleres todo ese tiempo, desde que la compañía se trasladó al muelle de Sickla. No había ninguna duda: Leo debía dirigirse al puerto de Hammarby para averiguar todo lo que el tal Berka pudiera saber sobre Tore Hansson.
Así que hacia allí se encaminó el enfebrecido Leo Morgan, dejando atrás las instalaciones de General Motors, Hermanos Hedlund -que en la actualidad pertenecía a la Corporación Gränges-, Luma, Osram y otras pequeñas fábricas, hasta llegar a la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A., que había sido absorbida por la Corporación Griffel. Era un edificio de ladrillo visto, con una cubierta en zigzag cuyas sucias cristaleras se abrían sobre cuatro largas naves donde soldadores, torneros y unos cincuenta técnicos y fabricantes de maquinaria de precisión producían un ruido ensordecedor con martillos, limas, sierras, tenazas, tijeras, máquinas pulidoras y soldadoras. Leo retrocedió ligeramente ante el fragor y se tapó los oídos con las manos. Algunos jóvenes en mono de trabajo con el emblema «Zeverin» en la espalda no parecieron percatarse de su presencia y continuaron martilleando al ritmo de su arduo trabajo. Un hombre con delantal azul, una placa de encargado de control y un bolígrafo detrás de la oreja se afanaba de un lado a otro enseñando un nuevo plano. Reinaba un ambiente de actividad febril. Leo se sintió al instante como un intruso, un bacilo, un elemento perturbador en aquel rugiente organismo.
Haciendo acopio de todo el coraje que pudo reunir, se dirigió a un tornero de cierta edad y le preguntó si conocía a un tal Berka. El hombre soltó una risa desganada, sacudió la cabeza y señaló hacia los vestuarios. Allí es donde podría encontrar a Berka.
Pegándose a la pared cuanto pudo para no atraer la atención de nadie, atravesó una de las naves hasta llegar a la zona de vestuarios. Allí encontró una máquina expendedora de café y, delante de esta, a un hombrecillo encorvado y desgarbado de rostro arrugado y piel morena. Llevaba una gorra de pintor en cuya visera levantada se leía «Beckers». Leo le preguntó por Berka y el hombrecillo asintió y gritó que era él, que no era otro que el mismo Berka. Olía a licor rancio.
Berka no mostró la más mínima reticencia. Con gusto concedería una entrevista sobre cómo se sentía ante su inminente jubilación, pero a los jefes no les gustaba que hubiera nadie fisgando por los talleres, así que sería mejor que se retiraran a algún lugar más discreto. Berka tosió como si fuera a echar los pulmones, escupió una flema verde amarillenta en el suelo de asfalto y luego la recogió con una mopa. Señaló hacia el final de la nave, donde se veía una pequeña caseta. Más privado, dijo, intentando guiñar un ojo con aire astuto; pero no lo consiguió, y cerró los dos al mismo tiempo.
Berka iba delante, adoptando de pronto una actitud pomposa y arrogante. Iba a ser entrevistado por la prensa. ¿No había fotógrafo? Bueno, eso podría solucionarse más adelante. Él era jodidamente fotogénico. Cargaba la mopa al hombro y se contoneaba como un chiquillo camino del campo de fútbol. Trató de silbar, pero empezó a toser y solo volvió a salirle esa flema repugnante. Era un resfriado lo que tenía. Había hecho un tiempo asqueroso esa primavera y todo el mundo andaba moqueando. Joder, maldito resfriado de primavera.
Una vez en la caseta, encendió una bombilla desnuda y cerró la puerta detrás de su invitado. Allí dentro había algo menos de ruido, pero aun así Leo tenía que gritar para que el hombre le oyera. Le ofreció tabaco a Berka y se presentó como Peter Erixon. El hombre aceptó el cigarrillo y se presentó a su vez, con total propiedad, como Berka.
Por pura formalidad, Peter Erixon le hizo un par de preguntas sobre su experiencia laboral en la compañía Zeverin, el tipo de cuestiones que supuso que haría un periodista de verdad. Berka hizo un gran esfuerzo de concentración y, cuando por fin procedió a responder, intentó sonar como un político en televisión, empleando palabras que nunca usaba y cuyo significado desconocía. Leo, alias Peter Erixon, intentaba mantener el tipo e iba tomando notas de vez en cuando.
Efectivamente, Berka llevaba trabajando para la Compañía de Mecanismos de Precisión Zeverin S. A. desde los tiempos en que la fábrica estaba situada en la calle de Norra Station, en Norrtull. Por aquel entonces se llamaba Zeverin & Co. y producía también otros muchos artículos, entre ellos piezas de madera. Berka había seguido en la compañía cuando esta se trasladó al muelle de Sickla, y también estuvo presente en la inauguración de los grandes y modernos talleres. Eso fue justo antes de que estallara la guerra, pero el negocio no se resintió. Hermann Zeverin, el presidente, pareció manejar bien la situación. No despidieron a nadie; al contrario. Berka era tornero y había ejercido su oficio hasta principios de los años setenta, pero últimamente las manos le temblaban tanto que se había visto obligado a dejarlo. Debería haberse jubilado hacía un año, pero se negó. Sabía muy bien lo que le pasaba a un hombre cuando se jubilaba y se quedaba en casa: a los seis meses ya estaba senil, seis meses después se le detectaba un cáncer y luego se moría. Todo ese asunto de la «edad de jubilación» estaba astutamente calculado. Pero eso no estaba hecho para Berka. Cuando alguien llevaba todos los días levantándose a las cinco y media desde que era un chaval, no iba a cambiar solo porque a algún capullo se le hubiera ocurrido la dichosa idea de la jubilación. Berka seguiría trabajando hasta los ochenta años, si es que llegaba a aquella edad. Volvió a toser y de nuevo arrojó una cantidad considerable de aquella flema verde y amarillenta, que escupió en una lata de café medio llena que estaba en el suelo. No parecía muy probable que llegara a los ochenta años, al menos en aquellas circunstancias.