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Quien alguna vez haya descolgado el teléfono para revelar alguna información a la agencia de noticias sueca TT, y unas horas más tarde haya puesto la radio y escuchado la voz de la TT, la indiscutible voz de la Verdad, leyendo esas mismas palabras convertidas en noticia, en un nuevo dato para archivar en el inmensamente rico banco de datos de la cultura humana, quien haya experimentado eso debe de haberse sentido embargado tanto por un imperioso sentimiento de importancia como por una liberadora sensación de irrealidad. Todas las noticias tienen que haber recorrido el mismo intrincado camino hacia la conciencia colectiva. Las noticias se crean, implantadas por diversos intereses, y luego se retransmiten a través de las agencias de todo el mundo para recalar finalmente en la mente de la gente y hacer que los ciudadanos alcen sus brazos al cielo en señal de grave indignación o de profundo agradecimiento a Dios. Quien haya intervenido en la creación de una noticia de tal envergadura puede acabar sintiéndose vacío, como después de un acto sexual fallido, vacío y aturdido, como si la repentina exaltación hubiese tenido lugar únicamente durante el sueño de una noche.

Stene Forman parecía casi feliz en su febril excitación. Estaba hablando absolutamente off the record, como decían en la Casa Blanca. Mencionaba de forma incoherente el Washington Post y el Watergate, el Fib/Kulturfront y el escándalo de espionaje del IB. De hecho, no fue hasta entonces cuando se bautizó todo aquel asunto como el «caso Hogarth». Fue aquel día cuando hubo auténticas razones para calificar aquella historia como «caso» o «affaire», y Stene Forman no lo dudó ni un momento. Por supuesto, debería ser conocido como el caso Hogarth.

Cuando Leo abrió más tarde el periódico de la mañana en la cocina, donde Henry, vestido con su albornoz y completamente desorientado, preparaba café, tuvo la oportunidad de experimentar aquella paralizante sensación de irrealidad. En una nota necrológica acompañada de una gran foto, leyó que Edvard Hogarth había sido encontrado muerto en su casa hacía tres días.

Uno de los periodistas más prominentes y avezados de la redacción, coetáneo del fallecido Edvard Hogarth, había sido el encargado de escribir el obituario sobre su antiguo amigo y compañero de armas. No sorprendía que Hogarth fuera descrito como «un viejo luchador en la búsqueda de la verdad» y «uno de los últimos grandes periodistas enciclopédicos que ha tenido nuestro país». Como es habitual en estos casos, la necrológica se desarrollaba como un panegírico menor en el que, con frases concisas y términos brillantes, Leo pudo enterarse de muchos datos que desconocía acerca del viejo miembro del club MMM.

Edvard Hogarth había nacido con el siglo veinte, hijo único de un jurista. Había estudiado en Uppsala en los años veinte, y pronto se labró cierto renombre dentro de la facultad gracias a su excelente dominio del estilo en el periódico estudiantil, donde publicaba artículos ligeros de contenido humano y social. Tras graduarse con brillantez, dirigió sus pasos profesionales al campo del periodismo y en los años del crac bursátil ya era redactor de uno de los periódicos más importantes de Estocolmo, donde demostró perspicacia y vastos conocimientos publicando artículos que abarcaban desde la historia, el arte y la literatura hasta la economía y la ciencia moderna. Muy pronto se convirtió en un elemento incómodo para quienes no soportaban que la verdad saliera a la luz y su entrevista en exclusiva con Kreuger, justo antes del desmoronamiento de la bolsa, sirvió como modelo para generaciones de futuros periodistas. Hogarth poseía una capacidad única para lograr que la gente confiara en él. A raíz de esa observación venía a colación la descripción como «un viejo luchador en la búsqueda de la verdad», ya que prefería luchar antes que huir. Siempre presentaba batalla, y casi siempre salía victorioso. Pero también era en esa infatigable y comprometida lucha donde había que buscar el origen de la tragedia de Hogarth.

Con la muerte de su esposa, poco después de acabar la segunda guerra mundial, su espíritu se volvió incluso menos servilista. Tras una serie de artículos sobre la guerra fría, ante la cual adoptó una posición que no complació en absoluto al legendario redactor jefe, se convirtió en una persona de trato difícil y abandonó la escena pública. Hogarth estaba muy descontento con la evolución de la ética periodística en su país. A la edad de cincuenta años optó por el silencio, lo cual se interpretó como una retirada tan prematura como altamente reprochable. En numerosas ocasiones el autor de la necrológica había pedido a Hogarth que entrara en razón, se tragara su orgullo y regresara al periódico que tanto necesitaba de hombres de su talla, con su pasión por la verdad y sus colosales conocimientos. Pero Edvard Hogarth perseveró y continuó fiel a su silencio… y en eso radicó su «tragedia». Un epitafio apropiado podría ser «Melius frangi quam flecti», mejor morir de pie que vivir de rodillas.

Aquella necrológica causó una fuerte impresión en Leo. Entre el resto de obituarios respetuosos, aquel hombre peculiar había adquirido de pronto un perfil, un pasado que él desconocía. De repente, después de su muerte, Edvard Hogarth parecía estar más vivo, mucho más presente.

Leo se acostó en la cama para reflexionar. Podía imaginarse perfectamente la escena: el cuerpo de Hogarth tendido en algún lugar de la casa cuando la asistenta llegó el miércoles y lanzó un grito desgarrador. Llamó a la policía y, entre sollozos, se arrojó a los brazos de algún desconcertado agente. El señor Hogarth había sido un noble caballero y nadie podría comprender cómo había podido escribir toda aquella basura repugnante que llenaba todo su estudio, porque estaba claro que la novela pornográfica no habría escapado a la atención de la mujer. Así es más o menos como tuvo que desarrollarse la escena, y con esos pensamientos Leo llegó a la conclusión definitiva de que aquello era realmente un caso: el caso Hogarth.

El hierro ya estaba caliente y ahora había que empezar el trabajo de forja. Acuciado por la asfixiante presión de Stene Forman y la revista Blixt, Leo Morgan, en una especie de coma creativo, debía compilar toda la extraña información que había logrado reunir procedente de diversas fuentes, a fin de obtener una visión de conjunto coherente que le permitiera escribir el relato del escandaloso caso Hogarth. En un insólito estado de furia candente, tuvo que escudriñar en diversas bibliotecas, archivos y colecciones de registros públicos para completar los datos fragmentarios que el propio Hogarth y el peculiar Berka le habían suministrado.

Como Henry el actor había tenido que regresar a Skåne para rodar tomas adicionales de la película en la que tenía un papel, en el apartamento de la calle Horn reinaba una gran calma. Leo disponía de paz y tranquilidad para trabajar, y había convertido su sección de dos habitaciones en una redacción provisional con línea directa con la revista Blixt. El redactor jefe Forman lo llamaba un par de veces al día para mantenerse informado sobre cómo avanzaba el trabajo. Aquello ya no era dinamita, como decía Forman, ahora ya era pura nitroglicerina. Después de aquel asunto Leo sería conocido a nivel mundial, Verner obtendría justicia y el semanario Blixt lograría tener tanto renombre como el Washington Post.

Hacia finales de abril -Leo había perdido la noción del tiempo y el espacio-, había logrado reunir toda la información en una pulcra carpeta que contenía unos cincuenta folios mecanografiados. Stene Forman emitió ruidos guturales y resolló, a punto de explotar por la curiosidad; le pidió a su sabueso que se presentara en la redacción a última hora de la tarde. Todo sería off the record, y la nitroglicerina tenía un mayor efecto en la oscuridad de la noche.